lunes, 12 de junio de 2017

Quinta sinfonía en Mi bemol Mayor opus 82 (1915-19): (9) Discografía (2)

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Orquesta Sinfónica de Pittsburgh
Lorin Maazel
- SONY (1990)

Como años antes en su primer y añejo registro, Maazel pone en esta sinfonía toda la pericia de la que es capaz, y con una orquesta más dispuesta (y en general excelente, aun con sus pequeñas pifias) y un sentido sibeliano más pronunciado, consigue hacer una versión capaz de estar entre las notables, lo que la convierte excepcional ante este esforzado pero un tanto ajeno director para Sibelius. Sólo una mayor implicación emocional habría logrado un resultado incluso mejor. En todo caso, "a pesar" de Maazel, este es un registro de gran calidad. 
El tempo inicial debuta con una dimensión serena y a la vez olímpica, gloriosa, llena de luz. Al oscurecerse la música, Maazel sabe mantener la continuidad, y dar brillo al naciente drama. El tema ondulado se presta al carácter heroico del movimiento, como el comienzo del desarrollo, que sabe entroncar los solos del viento apelando a su origen en las fanfarrias iniciales. El director estadounidense ha sabido aquí crear el manto de las auras de manera brillante, y su progresivo dominar de la continuidad musical. Ese clima panteísta se corona con el lamento del fagot, entonado aquí como la desolada aria de un bajo, para dar paso a todo el drama de la cuerda, el clímax bien entendido como tal por el director. La transición, aunque lenta y ampulosa, tiene una grandiosidad única, y deriva con naturalidad (y cierta calma) hacia la reexposición-scherzo. Éste tiene una dimensión de felicidad y plenitud antes que un delirio rítmico, aunque los pizzicati del acompañamiento están deliciosamente bien interpretados. Con en el clímax central, Maazel sabe sacar toda la fuerza dramática al caos de este final del movimiento, con un refinado intercambio instrumental y un pulso capaz de enlazar a la perfección todo el conjunto. La coda, aunque un poco caótica entre los registros, sabe ser espectacular por los acordes a contratiempo y la contundencia de sus ritmos.
El segundo tiempo también es un poco lento, pero con una atmósfera lírica, intensa, romántica y luminosa, llena de finos detalles instrumentales, donde todo suena como debe sonar. Maazel sabe mantener el fluir musical continuo, explotando los contrastes entre variaciones, pero siempre bajo la premisa de la unidad. Además encuentra los ritmos nerviosos y las tensiones necesarias para acercarse más aún al estilo del compositor.
El final cae también en cierta lentitud, pero no carece de magia y de poder, con una instrumentación de planos perfectamente separados e integrados a la vez. El tema de los cisnes se alza con la majestad del primer tiempo, y de nuevo pleno y feliz. La repetición de temas está surcada por olas de gran intensidad, que devienen en una serenata solar con el contratema, para derivar finalmente en la queja, muy amarga aquí, del tema en menor. La melancolía atenaza el pasaje que antecede al caos del tema de los cisnes, que desemboca en una proclama de esplendor y gloria, hasta los implosivos acordes finales. ¡Buena versión!

Interpretación: 8  · Estilo: 7,5  · Sonido: 7


Orquesta Sinfónica de la BBC Northern
Jascha Horenstein
- BBC Legends (1970, ed.2009)

Grabación en directo del director de origen judeo-ruso, de formación germánica y finalmente nacionalizado americano tras huir del III Reich. Autor de magníficas grabaciones del "gran repertorio", Horenstein nos dejó apenas un par de valiosas lecturas sibelianas, en este caso con una orquesta británica (lo que justifica en parte el programa), de la que fue frecuente director invitado, un concierto retrasmitido por la BBC que nos llega con el sonido esperable. Su lectura no es la más idiomática posible, pero sí entiende muy bien las intenciones del autor, dando un impulso de grandeza y de enorme fuerza a todo el conjunto. Una grabación, con sus carencias y presupuestos alejados de Sibelius, inesperadamente brillante por el vigor de su interpretación. 
Desde el comienzo de la obra está claro que Horenstein opta por un enfoque dramático, llenando de cierto clima de expectación el primer grupo de temas, y acentuando los puntos más incisivos del drama del segundo. Todo el pulso del movimiento tiene un considerable empuje, con rasgos de gran sinfonismo. La transición apuntala la grandeza del movimiento (con algunos fallos en los metales: el director está varios niveles por encima de la pericia de la orquesta), que se disuelve en un scherzo imaginativo, mágico incluso, que culmina con coda heroica.
El segundo movimiento se llena de agitación y nerviosismo interior, latente bajo cada registro de la instrumentación, hecha de trazo algo grueso pero de bellos sones. Hay cierto clima beatífico en general, pero el director sabe aprovechar la interrupción de las oscuras fanfarrias y los momentos más introspectivos. 
El tercer movimiento sabe de nuevo a grandeza y majestad, con su primer tema vibrante y segundo tema olímpico y grandioso. En la repetición el director nos sorprende sacando mucho efecto a las peculiaridades de la orquestación sibeliana, como las sordinas de la cuerda y los stacatti de las maderas, y después los divisi que llegan a ser ciertamente emocionantes. El pasaje en menor, aunque algo rápido, llega a herir profundamente, como la suavidad con la retorna el tema de los cisnes. El final es imponente, lo que provoca el aplauso entusiasta del público asistente a aquel concierto de hace un tercio de siglo. Una rara grabación (en muchos sentidos) que, aunque no es una primera elección, les sorprenderá gratamente si se hacen con ella.

Interpretación: 8  • Estilo: 6,5  • Sonido: 5,5 (toma radiofónica)


Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca
Sergiu Celibidache
- DEUTSCHE GRAMMOPHON (1971, ed. 2009)

El titán Celibidache tuvo muy buenos acercamientos a Sibelius, a los que impuso tanto su gran calidad interpretativa como su propia visión musical, cargada de ese camino ascensional hacia lo trascendente. Aquí el ansiado nirvana del director rumano se presta para dar una lectura serena al tiempo que grandiosa, no siempre de acuerdo a la intención del autor, pero llena de enormes momentos musicales. 
El primer movimiento se inicia con un clima calmo y etéreo, que pronto roza la mística habitual del director, a la que esta sinfonía se presta sumisamente. El tema cromático se muestra con gran lentitud, lo que reduce su capacidad dramática pero le da un mayor aire de trascendentalidad. Su contrapartida en el desarrollo-repetición adquiere un grado bruckeriano, parsifaliano incluso, con honduras y sublimaciones hacia lo absoluto. La transición (con algún desajuste en la orquesta) se hace sin ningún dramatismo, con naturalidad y facilidad, evitando así una marcada diferenciación entre movimientos. Al contraerse la música pasamos del sentimiento de felicidad a un clima, verdaderamente scherzante, de gran desasosiego y extrañeza, creando una tensa progresión final hacia una coda de gran poder y decisión.
El clima del segundo movimiento retorna al comienzo de la obra, pero quizá ahora Celibidache no sabe darle la sencillez que necesita, adquiriendo un toque algo vacilante, y de resonancias beethovenianas. La música va ganando seguridad según transcurre la pieza, resaltando la limpieza de las cuerdas y de la orquesta en general. Los oboes transmiten una gran dulzura para redondear el movimiento.
El final adquiere un gran empuje inicial, con unas texturas muy correctas. El tema de los cisnes aparece dorado, muy ligado, con un brillo muy especial y una atmósfera mágica, quizá no perfectamente sibeliana pero hermosísima en cualquier caso. La repetición de los temas adquiere una magia semejante, dejando lo mejor de la interpretación del músico de origen rumano al pasaje en menor, cargado con una enorme emotividad, casi lacrimosa y de nostalgia infinita. Los acordes finales adquieren, como la coda del primer tiempo, una dimensión definitoria y absoluta, un verdadero triunfo de la voluntad. Buena lectura, imprescindible para los fans del director, y recomendada sin más para los sibelianos.

Interpretación: 7,5  • Estilo: 6,5  • Sonido: 7 (directo)


Real Orquesta Filarmónica
Ole Schmidt
- (1996), varias eds. incluyendo MEBRAN MUSIC (2011)
El director danés nos propone una lectura muy fiel en estilo y fondo a la partitura, que podría ejemplificar a la perfección una "guía de la audición", pero sin embargo le falta la "chispa" y la inspiración necesaria para lograr una interpretación que conmueva realmente. La grabación puede encontrarse en multitud de discos, desde series económicas hasta alguna edición en SACD.
El comienzo ahonda en un espíritu sereno, contrastando con la irrealidad del segundo grupo. Schmidt va a explotar más las luces que las sombras en este movimiento, con timbres muy limpios pero un tanto frío y hasta desangelado. La transición suena pomposa con su golpe de timbal, aunque la aceleración (muy repentina) le da una gran vida y agitación, frente a todo lo anterior. El scherzo en suma suena bastante eléctrico, muy efectivo, hasta de una coda de nuevo grandilocuente (con la misma insistencia en la percusión).
El segundo tiempo tiene algo más de corazón, de nuevo con timbres pulcros y bien separaron, lo que redunda en el efecto que Sibelius quería buscar. La orquesta está soberbia, aunque de nuevo le falta algo de alma a la dirección.
El final de nuevo es muy correcto, con un primer tema agitado y un segundo que equilibra la hondura del ostinato "de los cisnes" con el contratema en un registro tan distinto como complementario. La versión del tema de las corcheas en los vientos y después en las cuerdas asordinadas (muy cuidadas en todos sus efectos) es una delicia al oído, con un efecto muy luminoso. Quizá la falta de sentimiento se note sobre todo en el pasaje en menor, que aunque muy bien entonado transcurre sin llegar a emocionar (y muy rápido, quizá sea el único momento destacado en que Schmidt no respete totalmente la partitura). Los acordes finales resultan redondos, perfectos. Como decimos, una interpretación que nos parecía ideal en muchos aspectos... si no fuese tan fría, y sobre todo, si no conociésemos otras.

Interpretación: 7,5 • Estilo: 8,5  • Sonido: 7


Orquesta Sinfónica de Londres
Alexander Gibson
- DECCA (1959), varias reed.
Antes de su ciclo completo con la Nacional Escocesa, el director escocés nos dejó varias grabaciones sibelianas, en el comienzo de la era estéreo (muy buen sonido para la fecha de la grabación), de notable interés. En este caso se trata de un lectura muy buena, aun cuando su segundo movimiento resulte particular débil, pero que globalmente deja buen sabor de boca por su vigor.
El arranque del primer tiempo tiene cierta urgencia, explotando esa velocidad como un factor dramático, como el diálogo que se define entonces, que caracterizará buena parte del desarrollo-segunda exposición. Los timbres de la sensacional orquesta están bien distinguidos, y la música tiene fuerza y mucha carga depositada en los contrastes, incluyendo la sensación de "magia" que flota en el ambiente. El lamento del fagot y el tema de las cuerdas se llena de una tensión increíble, casi eléctrica, lo que hace que la transición se viva con un espíritu de redención hacia una alegría feérica, pero muy pronto ensombrecida, de nuevo hacia toques muy dramáticos. La coda es vibrante a más no poder: atentos a poder de las cuerdas frente a los metales belicosos.
El tempo del segundo movimiento también es rápido, con sus pizzicati especialmente rítmicos y animados, aunque las cuerdas ligadas no resulten lo suficientemente delicadas. En general aquí el trazo es un tanto grueso, aproximándolo más un intermezzo que un movimiento lento, y aligerándolo por tanto. Como para compensar, Gibson cultiva con cuidado los pasajes más dramáticos, pero el movimiento casi parece número transitorio en su versión de la sinfonía.
El fuego vuelve al final de nuevo con un toque otra vez feérico en la carrera de las cuerdas hacia un "himno de los cisnes" glorioso y lleno de majestuosidad intemporal. La repetición del tema inicial pasa a ser muy buena en las maderas, y hasta verdaderamente mágica en las cuerdas (aunque de nuevo algo tosca).  Con un espíritu ya embriagado penetra en las soledades del lamento en mi bemol menor, bajo una buena progresión dramática, que torna a un mundo casi del "grupo de los cinco" y sus acordes superpuestos. Quizá en los acordes finales la expectativa sería de una mayor contundencia, pero solo resultan secos en su grado justo. No obstante, una notable grabación, especialmente recomendada a los que gusten de Sibelius más tradicionalmente anglosajón.

Interpretación: 7,5  • Estilo: 6,5  • Sonido: 6,5



Orquesta Filarmonía (de Londres)
Herbert von Karajan
- EMI (1952)
La grabación más antigua de las cuatro que realizara el maestro de Salzburgo contó con el aprecio personal del propio Sibelius, a quien le complacieron mucho las interpretaciones del joven Karajan. Es una grabación que tiene ya "mucho de Karajan" antes que Sibelius, sin embargo su musicalidad no se puede poner en duda, y su indiscutiple porte dramático. El sonido no es muy bueno ni para la época, a pesar de que tenemos al mítico Walter Legge como productor.
El primer movimiento se vive como una historia dramática, trabajando en profundidad los contrastes entre secciones, no así los de instrumentación, que siguen bien instalados en la escuela romántica alemana. El pasaje más sobresaliente es precisamente el lamento del fagot, con una desolación que lo aproxima muchísimo al clima de la Cuarta, subrayado por Karajan por un pulso rítmico algo libre, rubato, pero de gran intensidad siempre. Gracias a esa intensidad Karajan logra una mayestática transición, redentora y triunfal, que deriva hacia un scherzo que recoge algo del drama anterior, con ciertos toques inquietantes, tensión que se agudiza hasta prácticamente la coda, que de nuevo resulta liberadora y gloriosa.  
El movimiento lento se encara con un sentimiento de felicidad, también de redención y plenitud, sin detenerse el músico de Salzburgo en detalles instrumentales, pero siempre enfocando la música hacia la máxima expresión. Un Karajan joven que no se elonga tanto como el de grabaciones posteriores, y que sabe crear gran fuerza con el ritmo de pizzicati centrales y remarcar a la vez los momentos trágicos con gran naturalidad, aunque algunos momentos puedan resultar en exceso serios. 
El tercero en general se dibuja como el más débil de los tres, por ciertoa¡s errores conceptuales. Comienza quizá con un exceso de peso, una densidad que en el tema de los cisnes, al que se le quiere dar demasiada grandeza, no le sienta del todo bien, aun cuando no carece de sentimiento, por supuesto. La repetición como es natural resulta algo más ligera, pero todo lo anterior la ha descompensado. El tema lírico, aun cuando junta demasiado los timbres, tiene un noble y elevado sentimiento, con toques de mirada al pasado... eso permite una progresión dramática como en el primer movimiento, muy bien llevada de lo trágico a lo triunfal, con compases muy bellos, hasta una conclusión firme. Buena versión añeja.

Interpretación: 7,5  • Estilo: 6  • Sonido: 3,5 (mono)


Orquesta Filarmónica de Helsinki
Paavo Berglund
- EMI (1986), reed. Warner Music

La integral con la orquesta de Helsinki es general la menor de las tres completas que realizara Berglund, y en este caso el registro se corresponde también con el resultado medio. No obstante, Berglund es uno de los mejores directores sibelianos, y a pesar de algunas cosas no del todo correctas, su interpretación es grande y muy valiosa.
El primer movimiento se inicia con un toque de melancolía, que se pliega hasta llegar el primer episodio de tragedia, donde el director finlandés va a saber extraer más el sentido de esta sinfonía. Aunque los timbres no están lo suficientemente separados, Berglund sabe exprimir muy bien las distintas atmósferas y bloques sonoros, dando lugar a un torrente continuo de sensaciones cambiantes. Quizá solo algunos miembros de la orquesta fundada por Kajanus anden algo desajustados en ocasiones. El pasaje del fagot como era de adivinar cobra una gran intensidad, aproximándose con total acierto, en sus vacilaciones y espectrales auras, al mundo de la Cuarta sinfonía. Por cierto, el solista hace un trabajo magistral con su toque sonámbulo e hipnótico, continuado con una angulosa entonación del tema en las cuerdas. La transición es un poco brusca, y no del todo bien integrada con lo anterior, caminando con ligereza valsística al scherzo. Nuestro director parece poco interesado en la alegría desbordante y vuelve a hacer más sobresalientes los momentos en modo menor, y la carrera alocada de sus descomposición antes del final, que sorprende la expectativa con una triunfal culminación.
El tempo del segundo movimiento es algo rápido, dando al tema principal cierto carácter de intermedio, aunque de nuevo Berglund sabe recoger bien la atmósfera múltiple de la instrumentación sibeliana. Todo resulta animado y colorístico, aunque no se desdeña la ternura. Los pasajes más apasionados se llenan de ansiedad y de puro nervio, completados con momentos de melancolía. 
Aunque en el Finale hubieran resultado mejor una separación más nítida de las cuerdas del principio, el director finlandés sabe crear una sensación de trepidante emoción, que desemboca con solemnidad en un "martillo de Thor", combinado lo hipnótico en el ostinato con el tono agridulce del tema, amalgama que resulta una imagen extravagante pero magnífica. Los timbres de las maderas al regreso del primer tema nos devuelven a la tierra, pero la sensación etérica y fantástica retorna con las cuerdas, en el pasaje sublime de esta grabación. La melancolía inunda el regreso del tema de los cisnes y su expansión, que adquiere de nuevo la dimensión de una intensa tragedia, con tonos de un romanticismo desbordante. Los acordes finales son secos y contundentes, sin posibilidad de réplica. Buena versión, con algunos momentos sobresalientes.

Interpretación: 7  • Estilo: 8  • Sonido: 7


Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham
Sakari Oramo
- WARNER CLASSICS  (2001)

Oramo ofrece aquí una lección de estilo con una versión muy finlandesa por lo austera y hasta por su cierta frialdad, pero al tiempo con cierto toque de modernidad y atrevimiento, lejos del clasicismo beethoveniano que entrevén otros directores. 
El joven director comienza su primer movimiento con una formación de temas austera, y con cierta tensión subyacente, que se libera como una explosión de luz con el comienzo del desarrollo-repetición. Aunque todo resulte contenido, casi temeroso, no se evitan nunca los contrastes dramáticos y tímbricos, que Oramo sabe cultivar especialmente. El pasaje más sentido es el sombrío y desolado solo de fagot, que da paso a un gesticulante pero efectivo tema cromático de la cuerda. Este prepara con gran efectividad la transición, de nuevo luminosa pero tímida. El scherzo se inaugura con buenos apoyos rítmicos, que es una auténtica joie de vivre, convertida en inquietante y casi diabólico scherzo infernal antes de la coda, frenética y desenfada.
El segundo movimiento presenta una lectura muy límpida y delineada, animada en lo rítmico (el tempo se nota acelerado, más que lo que en realidad es), y mucho más atenta a los colores, con un trabajo formidable de la cuerda. Tampoco faltan momentos de cierta dulzura y beatitud, siempre con un color bruñido y suave.
El tercer movimiento centra en lo rítmico de nuevo parte de su fuerza, logrando un efecto torrencial en el comienzo y un sentido hipnótico, sonámbulo en el tema de los cisnes, que crece hasta convertirse en una especie de engranaje que maneja todo el universo... La repetición pierde algo de fuelle, dejando transmitir cierto pesimismo y abatimiento, llevando a un final de nuevo tenso y contenido. Los secos golpes de los últimos compases dan punto final a esta versión atractiva, sin demasiado entusiasmo por otra parte.

Interpretación: 7  • Estilo: 7  • Sonido: 8


Orquesta Sinfónica de la BBC
Malcolm Sargent
HMV (1958) - ed. GUILD (2014)


La historia quiso que Jean Sibelius se despidiera del mundo justo escuchando una interpretación del maestro Sargent de esta sinfonía, desde su radio de Ainola, que el director británico dirigía desde la Sala de la Universidad de Helsinki. Se trata de una versión llena de dramatismo y dinamismo, resaltando sus tensiones subyacentes en una lectura bastante moderna (aunque se siente también en la tradición británica) y cierta nostalgia, lo que da como resultado una visión un tanto pesimista de la sinfonía quizá más optimista del autor.

El comienzo cultiva con cierta animación el diálogo entre partes gracias al recién estrenado sonido estereofónico, con una tensión excelentemente llevada, que desemboca con gran fuerza en el motivo de las cuerdas. El tema del fagot se alza especialmente sombrío y errabundo sobre un fondo inquietante de las cuerdas, hasta desembocar en la tragedia del tema sostenido por los arcos. La transición está bien dibujada en el tempo, pero se desaprovecha un poco su cualidad emocional. Todo el scherzo se llena del dramatismo del desarrollo más que de su poder dionisiaco, y de hecho las derivas de motivos en la cuerda resultan casi diabólicas. Una gran tensión lleva a la coda, que se resuelve con un toque de metales y un timbal casi olímpico.
En el segundo tempo Sargent articula con gran poder el contrate entra stacatti , pizzicato y las notas prolongadas de los demás instrumentos, dando una sensación extraña y de nerviosismo contenido. Todo el movimiento se mueve entre esa presión y el lirismo de los motivos ligados, bajo una orquesta de timbres bien separados que deja destacar a los magníficos instrumentistas. El comienzo del tercer tiempo es algo contenido, tumultuoso casi como una fuga, pero algo apagado. Sargent se reserva más para el tema de los cisnes, que ejecuta solemne, casi majestuoso. Durante la segunda aparición del segundo tema las cuerdas de la orquesta hacen magia con sonidos brillantes y muy bien equilibrados, para desembocar en un segundo tema elegante, donde de nuevo vuelven a brillar los pasajes más nostálgicos. La coda sin embargo está de nuevo algo desaprovechada. En la información del disco leemos que la sinfonía se grabó en dos días de sesiones: ¿quizá este movimiento se hizo en un momento más agitado que los dos anteriores? No lo sabemos. En cualquier caso un registro destacado.


Interpretación: 7 • Estilo: 6,5 • Sonido: 5,5



Orquesta Filarmónica de Helsinki
Jorma Panula
- DECCA (1968), varias ediciones, p. ej. FINLANDIA RECORDS (1987)


Panula es una prominente figura de la dirección finlandesa, aunque probablemente más por ser el decano y maestro de dirección de orquesta en la Academia Sibelius de prácticamente todas las grandes figuras posteriores: Esa-Pekka Salonen, Jukka-Pekka Saraste, Osmo Vänskä.... junto con los directores más jóvenes que ahora triunfan en Finlandia y por todo el mundo, como Sakari, Rasilainen, Storgårds, Lintu, Oramo, Ollila, Inkinen, Franck... Su labor interpretativa y sobre todo discográfica ha sido sin embargo más modesta, y ha quedado sobre todo relegada al ámbito nacional, llegando al exterior unos pocos registros al frente de la Filarmónica de Helsinki, en la que estuvo unos años antes de pasar la batuta a Berglund, y otras orquestas, principalmente la de Turku. Este registro aislado nos ofrece una magnífica lección de estilo y color finlandés, un trabajo interpretativo correcto, quizá más bien artesanal, pero en cualquier caso una versión muy apreciable. 

Un comienzo luminoso, lleno de colorido y de una sensación de completo abandono da paso a un desarrollo lleno de contrastes entre brillo y oscuridad, bellamente dramático y listo para la estallar en cualquier momento. La negatividad del tema cromático da paso a una transición correcta y muy natural, hacia un scherzo ingrávido y de nuevo con un colorido pleno, desembocando en una coda sin excesos. 
El segundo moviente es especialmente sereno y repleto de felicidad, de nuevo con gran naturalidad y gracia, que adereza con las tensiones rítmicas nítidamente sibelianas, hasta fluir en la misma calma del comienzo, con un fino juego de timbres. 
El tercer movimiento comienza con un punto bajo de la sinfonía: un tempo poco animado y un tanto desangelado, que da paso a un nostálgico tema de los cisnes, también afectado por la falta de dinamismo. El director finlandés no abandona su postura en la repetición, que sin embargo gana por su mayor delicadeza y encanto, para dar paso a un pasaje en menor completamente vencido por la melancolía, rozando incluso el pesimismo más nórdico. El motivo triangular cierra con un indudable recuerdo del sonido de campanas, coronado por los martilleantes acordes finales. Una versión como decíamos muy estimable, aunque menor.


Interpretación: 7  • Estilo: 8,5  • Sonido: 6,5



Orquesta de Minnesota
Osmo Vänskä
- BIS (2011)

En su segunda integral, esta vez con su nueva orquesta americana, el maestro finlandés se muestra desigual, superando sus versiones con la orquesta de Lahti en algunos casos, pero no en otros como el siguiente, donde se muestra algo carente del necesario hechizo que lograba al otro lado del globo. El registro es eficiente, a ratos muy bueno y lleno de sibelianismo, al menos si lo observamos por separado, pero algo débil, monótono y falto de entusiasmo si lo comparamos con sus competidores, incluyendo su propio registro de década y media antes. 
El comienzo es brillante y sereno, sin aristas ni recovecos tensos. La orquesta suena refinada y atinada, aunque quizá le falta algo de intensidad en este punto. Pero lo ganará a medida que transcurre la primera parte del desarrollo, con la aparición plena del motivo ondulante como punto álgido. Llega la zona crepuscular de la deriva cromática de la cuerda, que se diluye con un claro sabor a las interpretaciones del director de la Cuarta, y un espléndido solista de fagot insinuante y contenido para dar mayor drama. Tras recoger ese drama, las cuerdas conducen a una transición efectiva y llena de vitalidad, desbordada en sana alegría con el scherzo, algo feérico. Cuando la música se sumerge en los recovecos más oscuros, Vänskä demuestra su conocimiento del estilo con una agitada carrera en el caos, caleidoscópica y llena de nervio, alcanzando la coda triunfal final, donde sobresalen los ritmos a contratiempo y un timbal que se deja escuchar como nunca. 
El segundo tiempo se muestra algo más cálido y efectivo, con contornos refinados pero al tiempo llenos de placidez y bellos sones. Lo mejor viene cuando la música se vuelca en la emoción, con el acompañamiento de los pizzicati graves, y en el modo como transitan los trémolos de la cuerda en el pasaje siguiente. El oboe se muestra un poco ambicioso en su pequeño solo, pero lleva a una esplendorosa conclusión.
El finale impone su carrera con precisión y un gran ánimo, pero con el himno de los cisnes Vänskä parece perder un poco su habitual perfilado por un trazo más grueso y voluminoso. Con la reexposición de los vientos se recupera un tanto, en este ocasión los oboes hacen un magnífico trabajo, hasta llegar a la mágica cuerda asordinada, donde el maestro finlandés vuelve a hacer su mejor trabajo. No tanto en el extenso tema en menor, en el que baja la intensidad, y suena más derrotado que trágico. El "ahogamiento" sabe colmar las sonoridades sibelianas, pero no logra la tensión necesaria, y los acordes finales pesan más que resuelven. Como decimos no es una mala versión, pero desde luego vemos muchos fallos ahí donde podíamos esperar más. Mucho más.

Interpretación: 7  • Estilo: 8  • Sonido: 9 (SACD)


Orquesta Filarmónica de Oslo
Mariss Jansons
- EMI (1994)

El director letón dirige a una buena orquesta noruega en esta grabación que cuando menos llama positivamente la atención. Una versión algo fría, pero correcta y bien equilibrada sonoramente, y mucha fuerza, sobre todo por la fuerza trepidante de sus ritmos (y tempi en general acelerados). Quizá la toma de sonido algo confusa no ayuda mucho a la que es una bastante buena interpretación, aunque hay reconocer que le falta un poco de "alma" y de conexión con las intimidades de la obra.
El comienzo expone cierta tensión subyacente, con un pulso y una articulación más dramática de lo habitual. Eso hace especialmente tenso y efectivo el segundo tema, así como el tema ondulante. Bien equilibrado está el diálogo con el que arranca el desarrollo, recreándose Jansons en las combinaciones tímbricas más inusuales. Las finura tímbrica continúa con la aparición del lamento del fagot, que rinde como verdadero protagonista con una evocación sobre todo nostálgica, aunque el manto de las cuerdas le dé una sonoridad más bien siniestra. Su respuesta en la cuerda es angulosa y potente, aunque se gesticule un poco. La transición es muy animada, rápida y efectiva, hacia un scherzo eléctrico y ligero, que llega a ser altamente inquietante al descomponerse. 
El segundo movimiento también impone su tempo algo acelerado, pero a cambio el letón encuentra aquí su mayor expresividad y lirismo, dando un tono pastoral y beatífico a la pieza (aunque no le sobran tonos de danza). El dramatismo también está bastante logrado, realizándose un estupendo trabajo sibeliano al saber diferenciar las variaciones y pasajes sin perder nunca la unidad.
Jansons arranca el tercer tiempo con fuerza y con un tema muy nítido y vibrante, y una segunda sección también potente pero sin pompa ni grandiosidad. La repetición también nos ofrece buenas sutilezas sonoras, dando paso a una sección in minore muy destacada por su melancolía, pero no lo necesariamente honda. La derivación del tema de los cisnes consigue una gran tensión, resuelta en los secos acordes finales. Buena versión, como decimos algo fría, pero merece la pena.

Interpretación:  7 • Estilo: 7,5  • Sonido: 6,5


Orquesta Sinfónica de Nueva Zelanda
Pietari Inkinen
- NAXOS (2009)

Como hemos comentado en otras ocasiones, el ciclo del jovencísimo Inkinen con la orquesta de las antípodas es muy notable por su considerable esfuerzo y por su calidad por encima de cualquier consideración apriorística, y aunque podríamos pensar no pedir más a una serie económica que cierta dignidad, el director finés logra aquí una lectura verdaderamente notable y válida por sí sola, por encima de otros registros con firma. 
El primer movimiento comienza con una clima pastoral e idílico, con gran calidez y humanidad, y los sonidos telúricos del timbal lo atan a la tierra. Durante el desarrollo sin embargo hay un fantasioso manejo de los timbres, y un dominio de atmósferas y contornos de los registros sibelianos verdaderamente admirable. El lamento del fagot llega a emocionar con su canto vacilante y sus vivos y tenebrosos rumores de auras que lo rodean. La transición es correcta, invisible aunque al tiempo no se aprovecha dramáticamente, y da lugar a un scherzo ligero pero con una vena nerviosa y vibrante. Sin embargo el final del movimiento suena algo precipitado, como si la orquesta no pudiera mantener el mismo nivel toda la sección.
El segundo movimiento tiene buen ánimo, mucha paz, aunque falte algo de brillo y acuse de ciertas robusteces en ocasiones. Pero no faltan finas expresiones, como el canto de los oboes antes del pasaje en menor del final. 
Para el cierre de la sinfonía Inkinen de nuevo acierta plenamente con el sentido de la sinfonía, con su brío del primer tema y el hipnótico motivo de carrillón sobre el canto general de las maderas, llevado poco a poco hacia lo majestuoso (sin demasiada pompa). Los momentos más dramáticos del pasaje en menor también dejan señal de pesimismo nórdico, aunque le falte el suficiente desgarro para lograr el cuadro completo. Como en el primer movimiento, los últimos compases se notan algo exhaustos, y los acordes últimos finalizan sin la necesaria fuerza. No obstante, y en términos generales, buena versión que dobla su precio en calidad y satisfacción. 

Interpretación: 7  • Estilo: 8  • Sonido: 7

Orquesta Sinfónica de Gotemburgo
Neeme Järvi
- BIS (1982, p.1985)

La primera grabación del maestro estonio, dentro de su integral para el sello BIS. Järvi hace una demostración de buen hacer, pero quizá la obra le viene en ese momento algo grande. Aunque la grabación cumple, y a retazos resulta hasta de gran altura, en otros en cambio patina, dando una sensación global de suma irregularidad. 
El tempo inicial debuta con un sentimiento pastoral, incidiendo en los largos acordes que acompañan la madera hasta el momento del tema cromático, para el que Järvi reserva el comienzo del fuego de la pieza, muy agitada a partir del desarrollo-repetición, con buenas prestaciones solísticas y un buen manejo de las auras, aunque la sensación es algo pálida y lejana, cuando no heladora. El buen manejo atmosférico del director deja huella en el excelente lamento cromático del fagot, con una agitación casi gótica bajo su canto agarrotado, pero después las cuerdas tienen un toque demasiado chaikovskyano. De nuevo una de arena con la transición, excelente, amplia y muy emocional. El scherzo es vívido y lleno de drama y agitación, aunque de nuevo el débil sonido y cierto toque masivo en las cuerdas no ayuda del todo. En la coda del movimiento combinado logra un magnífico brillo. Y aunque a las trompetas les cuesta un poco la rapidez, lo hacen con verdadera furia celestial.
El segundo movimiento acierta en su equilibrio entre cierto lirismo sin excesos y una nobleza modesta, sin grandilocuencias, aunque los micrófonos o la remezcla afean lo que se adivinaba un sonido francamente más hermoso. Se mantiene una notable cohesión a lo largo del tempo, mucho mejor que el desigual primer movimiento. 
El tercer movimiento empieza con fuerza, aunque también, hay que decirlo, con un trazo grueso que no deja oír todo en su justo plano. El segundo grupo de temas en cambio resulta solemne y grandioso, con los contrapuntos dramáticos muy bien perfilados. El impulso se mantiene con la repetición del tema inicial, donde las cuerdas sufren algo de atropello, no perjudicando demasiado su expresión jubilosa y dionisiaca. La música se oscurece con tristezas cósmicas al final, hasta la llegada los acordes finales, expectantes y más que adecuados. Versión irregular, aunque buena... si no hubiese unas cuantas buenas versiones más.

Interpretación: 7  • Estilo: 6,5  • Sonido: 6

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miércoles, 22 de marzo de 2017

Quinta sinfonía en Mi bemol Mayor opus 82 (1915-19): (8) Discografía (1)

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Iniciamos con este post una subserie donde comentaremos la discografía de esta obra dentro de nuestro ciclo dedicado a la Quinta sinfonía. La grandiosidad y popularidad de la pieza, como sabemos, ha quedado plasmada en el hecho incontestable de ser una de las obras "mayores" del compositor más grabadas, una partitura a las que los directores sibelianos se han acercado varias veces (hasta cuatro grabaciones de estudio registraron Berglund o Karajan), y que otros directores, al ser parte del repertorio internacional, también nos hayan brindado grandes grabaciones. En nuestro recorrido nos dejaremos por lo menos una veintena de ellas, aunque a cambio nos acercaremos a unas seis decenas de ellas, estimadas en general como las más importantes o características de este título. Como sucede con el resto de discografías, iremos aumentando con el tiempo los comentarios, incluyendo novedades discográficas (todos los años aparece un nuevo disco con esta obra) así como nuevas adquisiciones a nuestra cedeteca.



Orquesta Filarmónica de Viena
Leonard Bernstein
- DEUTSCHE GRAMMOPHON (1987)

Esta interpretación del inacabado segundo ciclo de Bernstein, junto con la Séptima, constituye uno de los pináculos de todo el arte sibeliano (ya hablamos en su día brevemente). Aunque repleta de la personalidad ya otoñal del director americano, grandiosa y hasta excesiva en ocasiones, este registro es sin duda una referencia absoluta de la altura artística a la que es capaz llegar esta sinfonía y la música del propio Sibelius, entre los grandes gracias a interpretaciones como la que escuchamos en la grabación.
Una serenidad penetrante, apolínea, repleta de sensibilidad y grandiosidad al mismo tiempo da comienzo a la obra, con un tempo sosegado en cuanto a la velocidad, pero muy vibrante. El rasgo arrugado del segundo tema se convierte en la explosión de rayos solares del tema ondulante, soberbio como pocos en toda la discografía de la sinfonía. El desarrollo no sepulta las auras a pesar de las sonoridades ampulosas, y los solos se escuchan plenamente en la corriente continua, enormemente vitalista. En la segunda parte el tema cromático tiene cierto aliento mahleriano, pero su nerviosismo y su expresividad se torna plenamente sibeliana, hasta el paroxismo del tema en las cuerdas. Con toda la tragedia alcanzada, la fanfarria de transición se vuelve majestuosa, celestial, cósmica... alcanzando el cielo más emocionante de nuevo de toda la discografía. Desemboca sin prisas en el scherzo, también de una belleza apolínea y absoluta. No obstante, Bernstein no desprecia acentuar sus sombras dramáticas, sus demonios escondidos entre las proclamaciones de felicidad absoluta. Al llegar el trío, con su solo de trompeta y los intercambios posteriores, se aqueja un tanto la lentitud del tempo (también unos de los más lentos de la discografía, como el resto de movimientos). Las criaturas elementales que asomaban anteriormente se revuelven en el colapso final, muy bien sostenido por el director, hasta las poderosísimas fanfarrias finales, frenéticas y excitantes al máximo. 
Con la simple introducción del segundo tiempo podemos intuir que ni va a tener un espíritu clásico ni el de intermezzo que escuchamos en otras interpretaciones (incluyendo su propia grabación en Nueva York, ver más abajo): para Bernstein este movimiento es definitivamente una beatífica y profunda contemplación de lo humano, de la inocencia primigenia ya perdida, de la nostalgia de edades doradas. Con sus timbres refinadísimos, bruñidos al máximo sin toques apastelados, el director de raíces hebreas explora un devenir continuo en la obra, un fluir constante, una corriente en el río del tiempo, capaz de ofrecer mil y un aspectos diferentes sin perder la sensación de constante caudal. Quizá de nuevo un tempo algo más rápido hubiera podido dar más fuerza a algunos pasajes, pero con el pulso en esa medida Bernstein crea la sensación de la visión cósmica, desde arriba, de algo en lo que nos reconocemos sin embargo desde las alturas. Las cuerdas de la orquesta austriaca son especialmente sublimes, y el director sabe crear los diferentes planos en los que contribuyen sin la tendencia romántica a dominarlo todo. También a destacar las inflexiones a menor, en especial la última antes de los compases finales, que está teñida de una melancolía especialmente sentida. 
Con ligereza, vivacidad y sobre todo un vibrante espíritu de expectación y de carrera hacia lo absoluto comienza Bernstein el finale, donde el tema de los cisnes de nuevo va a estar entre los momentos más sublimes de entre todas las grabaciones de la obra. Sus notas en las trompan suenas redondas, únicas, puras, como portadoras de un único elemento... contra ese contratema triunfal y a la vez trágico, lleno de lirismo y recuerdo. Con continuidad pero al tiempo con cierto contraste, la reexposición de las maderas es intencionalmente pálida, dramáticamente contrastante para adquirir progresivamente una agitación y una disgregación más pronunciada. Por ello, cuando llega el gran tema en menor, solemne, trascendente, todo parece adquirir una cualidad inmensa, telúrica, elemental como las trompas de la exposición. Así, el desarrollo de este tema de los cisnes adquiere la superlativa dimensión, con honduras trágicas infinitas, esencialistas, con un toque muy moderno y de un poder indudable. Los acordes finales solo pueden coronar con su rotundidad a la sinfonía como una diosa de la música. Sublime y, por supuesto, imprescindible grabación.

Interpretación: 9,5  • Estilo: 6,5  • Sonido: 7,5




Orquesta Sinfónica de Lahti
Osmo Vänskä
- BIS (1997)

El primer registro de Vänskä (habiendo grabado anteriormente la versión original de la sinfonía) pertenece al momento más brillante de su etapa con la sinfónica de Lahti. Aunque en su primer ciclo el director finlandés parece acercarse con temor a las sinfonías más célebres, en este caso (como en la Séptima, aunque incluso más) logra una lectura perfecta virtualmente de la partitura, con fidelidad absoluta a letra y al espíritu. Solo le falta ese "poco más" en la interpretación en sí para que pudiera considerarse perfecta. Pero dejando la transcendental visión de Bernstein en Viena, esta versión lo es.
La atmósfera inicial de la sinfonía, se tiende entre una majestuosidad lejana, como en un reino de magia, y una serenidad más cercana, más íntima y humana. El tono bruñido de la orquesta permite atravesar la primera zona de sombras sin demasiada inquietud, pero aun así el tema ondulante posterior suena bajo un optimismo apolíneo y de gran esplendor. El desarrollo por supuesto sitúa su centro de gravedad en las auras y atmósferas de la cuerda, mientras los solos y demás grupos instrumentales entran y salen del continuo devenir, como saltos en río. El director finlandés opta por el equilibrio y no dar protagonismo a ningún instrumento o combinación en concreto: es un millón de voces de la naturaleza (o del corazón) las que cantan, pero siempre con nitidez, separadas en su individualidad. En este desarrollo de nuevo el tema ondulante, ahora algo afectado, vuelve a resultar trascendental, fluyendo con absoluta naturalidad hacia el tema cromático, que se disgrega en trazos de magia. El fagot en su lamento es el primer solo real de la interpretación de coral de Vänskä, un lamento solitario de enorme fuerza, de un canto que pretende alzarse sin conseguirlo... toda esa fuerza la recoge el tema en las cuerdas, rotundas, amenazantes y muy trágicas. El director imprime además muchos detalles en la dinámica y el fraseo, dando verdadero tono de voz humana a los arcos. El retorno de tema o transición es virtualmente perfecto, lleno de entusiasmo y de sensación de amanecer o de claro entre nubes... aunque no glorioso, cumple su objetivo hacia un scherzo jubiloso, sin perder de vista los tonos más sombríos... Vänskä hace aquí magia con la Lahti, tanto las maderas como la parte superior de la cuerda tienen un toque tan fino que casi duele por su belleza. La coda, como la transición, roza la perfección sin llegar al gigantismo, aunque en este caso con toques del metal muchos más telúricos y poderosos.
El segundo tiempo es un recorrido emocional, lleno de drama y dinamismo, con momento de gran calma que contrastan con pasajes frenéticos de una gran intensidad. Vänskä es consciente de que este movimiento tenía que ser amplio y muy sentido, y para nada el intermedio lírico que proponen algunos directores. De nuevo los de Lahti resultan geniales, a ratos sublimes (como por ejemplo el oboe antes de la coda, con tu tono cantabile tocado por la melancolía...), pero es la cuerda la que enlaza todo con su perfecto espesor. 
Ni decir tiene que esa sección logra hacer el primer tema del finale a la perfección, con cada nota medida, y el pulso marcado desde el podio con un poder absoluto. El tema de las trompas resuena redondo, incapaz de mostrar ninguna fisura hasta el final. Vänskä adopta un tejido denso con ellas y el contratema, pero separando de nuevo bien los timbres, para lograr un conjunto pleno y absoluto, omniabarcador y majestuoso... que deja sin aliento. El director logra diluirlo con gran naturalidad otra vez cuando el tema se fragmenta finalmente, y la reexposición de los vientos ofrece un sonido nuevo y lleno de vida, sostenido por las sobrenaturales cuerdas de la orquesta. Cuando se llenan de sordinas, la sonoridad se hace casi imperceptible (algo típico en las grabaciones de BIS de la época), pero se escucha suficiente para sentirse como verdaderamente inmateriales y en comunión con la atmósfera. La entonación del contratema se convierte en antológica, quizá la mejor versión del pasaje de toda la discografía... hasta la llegada del tema en menor, profundo y lleno de tristeza nórdica, emparentado como nunca con el clima de las dos últimas y futuras sinfonías por su toque trascendente. El ahogamiento del tema de los cisnes ralentiza el tiempo (¡como bien indica la partitura!), y crece en tensión y en volumen (ídem) para crear el punto álgido y majestuoso que prepara el final. Final que llega con unos acordes finales perfectos. Referencia absoluta, y sin duda la versión más plena de la obra de acuerdo al pensamiento del autor. 

Interpretación: 9  • Estilo: 9  • Sonido: 7,5



Orquesta Sinfónica de San Francisco
Herbert Blomstedt
- DECCA (1989)

Llama la atención como este ciclo completo de Blomstedt no tiene mucho más renombre, teniendo todas sus grabaciones una interpretación formidable, y en especial a este registro a un logro inmejorable, de la que sólo es posible reprochar, por poner algún pero, una dimensión en exceso divina, no lo necesariamente humana, a cambio de una finura y belleza realmente celestial.
La visión con la que comienza el director americano nacido en Suecia la sinfonía es de majestuosidad y serenidad apolínea, amplio sinfonismo y gran brillantez. La pulcritud y la plenitud de las combinaciones instrumentales, aun en su individualidad, crean un grupo de sonoridades mágicas, repletas además de un gran sentimiento y profundidad. ¡Todo en su lugar adecuado! De la gloriosa proclamación del motivo ondulante al inquietante lamento cromático hay una fabulosa transición de colores, hasta llegar al canto del fagot, distante y desesperado, como ahogado en el abismo... Tras su ampulosa amplificación con toda la cuerda, de toque mahleriano, toda la bendición del cielo kalevaliano se descarga en la gloriosa transición, triunfal y liberadora, hasta el scherzo de ritmos delicados y animados al mismo tiempo, con una progresiva aceleración y nerviosismo de ritmos. Blomstedt sabe además cuidar mucho de los rumores y auras informes que acompañan los temas. La coda es afirmativa y decidida, y da el necesario cese a toda la energía.
El movimiento central mantiene el sonido mágico y cristalino del comienzo, con los pizzicati en su justo punto, ni dulces ni secos, contra el legati ágil y nada difuminado que podemos escuchar en otras versiones. A pesar de la serenidad que desprende, la emoción es tal que no deja de tenernos siempre en un puño, y todo gesto delicado adquiere tal intensidad que casi promueve la lágrima. Cada nota, cada pasaje quiere vivir su momento, y nada parece secundario o sin medir. 
Para el finale Blomstedt no quiere un arranque frenético, sino que de nuevo deja oír cada nota y cada color, lo que provoca un contraste con su hipnótico tema de los cisnes, que hace simultáneo con la constancia del ostinato y el lirismo glorioso del contratema, alcanzando en su crecimiento alturas cósmicas. Magia con la que consigue también con unos pocos de transición sonora llegar a la repetición del viento, de nuevo enormemente colorística e intensa sin precipitaciones, hasta la aparición de las chispeantes cuerdas asordinadas y el himno en ostinato. El tema en menor cruza con intensidad el abismo hacia la más honda desesperanza, hasta retorcerse en el "ahogamiento" del tema de los cisnes con un espíritu de absoluta grandiosidad. La intensidad sonora crece al máximo, sin exageración ni teatralidad sino hondo sentimiento, hasta los acordes finales, martilleantes y rotundos. De sobresaliente, imprescindible.

Interpretación: 9  • Estilo: 8 • Sonido: 7,5



Orquesta Filarmónica de Londres
Jukka-Pekka Saraste
LPO (2008, ed. 2011)

Grabación en directo, dentro del sello de las propia filarmónica londinense. El director aporta idioma y un gran impulso dramático muy nórdico, la orquesta se toma muy en serio el sinfonismo de la pieza, que hace propia y lleva a grandes alturas interpretativas. Aún más apreciable por ser una de esas versiones inesperadas, donde el a priori podría augurar algo más convencional, para encontrarnos sin embargo con un registro más que destacable.
El comienzo de la obra establece un clima sereno y lírico, casi idílico, que se prolonga con una mayor vitalidad e intensidad con la llegada del discurso de los vientos, una plenitud que se arruga con las aventuras hacia las profundidades oscuras... el resultado es muy dramático, magnífico interpretativamente. Si el lamento del fagot suena pleno de la elegía oscura de El Cisne de Tuonela, al ser tomado por la cuerda aumenta aún más si cabe su valor. La transición por tanto es muy efectiva, transcurriendo tranquila y suavemente. El scherzo poco a poco se va tiñendo de tensión acumulada, y tiene un aspecto mucho más inquietante, nada ligero, tensión que se resuelve finalmente con la proclamación triunfal de la coda. 
El segundo tiempo se sirve a la perfección de ser una consecuencia de todo lo anterior, dialogando ese anhelo de paz con los dolores pasados, como sombras de tormenta a punto de estallar. Los diálogos de instrumentos y los timbres diáfanos logran una atmósfera de gran belleza sonora. Sobresaliente el pizzicato de las cuerdas y unos oboes especialmente punzantes. 
La dinámica y el fresco que dibuja el tercer tiempo de nuevo encaja perfectamente con la progresión dramática, como un animada proclamación del universo dionisiaco que se revela en todo con la majestuosidad de los cisnes, que dibujan toda una bóveda celeste. La reexposición resulta ejemplar con sus hipnóticos dibujos que van y vienen a través de toda la eternidad, y las sombras del tema de los cisnes nos devuelven a las tinieblas de la Cuarta sinfonía. Los acordes finales resultan firmes sin ser cortantes, verdaderas columnas que sostienen todo el edificio. Excelente versión.

Interpretación: 8,5 • Estilo: 7,5 • Sonido: 7,5



Orquesta Sinfónica de Londres
Robert Kajanus
HMV (1932) - varias ediciones, incluyendo NAXOS (2013) y WARNER CLASSICS (2015)

La primera grabación absoluta de la pieza tuvo la suerte de contar con el campeón de la dirección sibeliana, Robert Kajanus, gracias al patrocinio de la Sociedad Sibelius británica y al propio gobierno finlandés, y la producción del sello Columbia.  
El primer movimiento se impone con una gran energía y empuje constante, bajo el nerviosismo constantes de los ritmos y los contrastes dramáticos, muy intensos. La batuta de Kajanus se muestra firme y poderosa, sin llegar a gesticular pero no carente del todo de cierta teatralidad. El tempo inicial es bastante acelerado, por lo que el comienzo del Allegro moderato pierde algo de su expectación. Sus auras suenan verdaderamente mágicas, y cuando se apoderan del movimiento al final del mismo, el director da una verdadera lección de estilo. La coda es gloriosa, verdaderamente frenética y divina.
El tempo de segundo movimiento también es algo acelerado, pero acertadamente oscilante entre la serenidad y la tensión, y un delicado lirismo en las maderas (que se pierde algo por desgracia en la vieja grabación). 
La carrera con la que debuta el tercer movimiento es espectacular, en cambio el tema de los cisne parece atenuado por cierta regularidad, un poco pomposa y grandilocuente, dejando la expresividad para el extenso final, coronado con esplendor por los secos acordes finales. Referencia absoluta desde luego, aunque no roce la perfección marca una serie de líneas que todo director debería seguir.

Interpretación: 8,5   • Estilo: 9  • Sonido: 3,5 (mono)



Orquesta Sinfónica de Lahti
Okko Kamu
BIS (2014, p.2015)

Kamu vierte aquí todo lo mejor de su batuta. Quizá sólo le falte algo más de ímpetu y hasta de majestuosidad, pero sólo por la belleza y el profundo sentimiento que la recorre, merece su puesto aquí.
Como su grabación de la Cuarta, Kamu inicia el movimiento con gran serenidad y espíritu cristalino, casi místico, aunque aquí la agitación torrencial de todas las auras que sirven de base al tema del lamento adquiere el rango de verdadera explosión de poder olímpico cuando llegan a su culminación. Su versión del lamento adquiere una monotonía y una gravedad auténticamente finesa, preparando el drama cuando toda la cuerda toma sus intervalos. La transición en cambio no cumple las expectativas, en parte quizá porque se percibe poco la aceleración, aunque el excelente pulso rítmico, con todo su nervio, marca la diferencia. Deliciosos diálogos instrumentales en cualquier caso, con una sección de maderas especialmente lúcida. La coda de nuevo gloriosa y jubilosa.
El segundo tiempo continúa con el clima tranquilo y trascendental del primero, lo que le convierte en uno de los más hermosos de la discografía, con un ánimo de expresividad hacia lo maravilloso y un refinamiento instrumental sin parangón, que deja brillar a cada una de las combinaciones y planos sonoros de la orquesta sibeliana. En realidad poco se puede glosar sobre una interpretación quasi perfecta.
El final se inicia con una carrera frenética sin atropellos, dejando oír todas las notas, pudiendo captar así la bella melodía que se dibuja casi inadvertidamente en el rápido fluir instrumental. El tema de los cisnes adquiere un aspecto majestuoso, con el que Kamu trata de resaltar de nuevo todos los planos, por lo que la melodía flotante adquiere un insospechado protagonismo. En la versión de los vientos del tema inicial el director finlandés logra con enorme acierto (no siempre se hace) el necesario contraste de color respecto al comienzo. Se logra así también un sensacional cambio de atmósfera cuando vuelve a la cuerda, y la excelente toma de sonido nos permite escuchar todos los matices con gran precisión. La melancolía inunda el nuevo tema de los cisnes, y poco a poco el sentimiento se arruga y roza la tragedia con su desarrollo, hacia zonas casi inexploradas incluso en el primer tiempo. Los últimos pasajes parecen algo apagados por el drama anterior, y los acordes finales no consiguen redondear de todo este por lo general magnífico, pero quizá más personal interpretación. En cualquier caso deber ser una referencia, una de las grandes.

Interpretación: 8,5  • Estilo: 8  • Sonido: 9,5 (SACD)



Orquesta Sinfónica de Londres
Anthony Collins
- DECCA (1955)

Si en general es este ciclo del maestro británico es toda un ineludible clásico sibeliano, su Quinta constituye una de las mejores grabaciones internacionales, vibrante pero sin excesos, llena de estilo, y a la vez universal y muy expresiva. 
El músico británico inicia la partitura con un calma tensa, en espera, que se llena de pasión con las primeras sombras y las primeras exaltaciones, creando un clima de gran contraste al comienzo del desarrollo, como un rayo de luz en medio de las nubes. Sin embargo Collins impone una visión en general oscura y dramática, de enorme fuerza. Precisamente el gran momento abisal de la pieza, el lamento central, es el centro neurálgico de su primer movimiento, con unas figuras retorcidas en los arcos, creando un clima de pesadilla sobre el canto rapsódico y sonámbulo del fagot, que se traduce en el dominio de la oscuridad al pasar a la cuerda, con una estilización máxima. El clímax se consigue pues con gran eficacia, y la transición se convierte en ejemplar por su colorismo, su adelgazamiento perfecto de las texturas y el relieve que pone a todas las figuras del acompañamiento sobre el tema del scherzo, a ritmo de felicísimo vals. Las cuerdas durante la disposición del mini-tempo resultan sublimes, y la superposición de timbres casi exquisita. La coda deviene en verdadero triunfo.
La sensación optimista con la que finaliza el primer tiempo permanece en el animado movimiento central, con un tono sano y de plenitud, y con dinámicas muy refinadas y muy expresivas en el detalle. Los timbres también se cuidan mucho, con excelentes pizzicati y stacatti de las flautas, y unos oboes siempre dulces y delicados, sin llegar nunca a perder el toque amable antes que romántico. Las distintas variaciones fluyen con naturalidad unas en las otras sin necesidad de trabajar demasiado los juegos de contrastes, pero no se desaprovechan los momentos más oscuros, como en el primer tiempo. 
Collins demuestra con el tema de arranque del final su perfecto conocimiento del estilo del compositor, resaltando cada nota de las rapidísimas figuras de la cuerda, apuntaladas por los matices aquí y allá de los demás instrumentos. Con toda naturalidad de nuevo llega el tema de los cisnes, que con el director británico se presta en seguida a la grandeza llena de una nobleza sin par. La repetición desarrollo adquiere un clima mágico, feérico incluso, como los toques del contratema en las maderas, derivando a un pasaje en menor especialmente impetuoso (algo rápido) y avasallador. El pasaje modulatorio crea un clima extraño, para terminar en unos acordes finales contundentes pero sin excesos. Muy buena versión.

Interpretación: 8,5  • Estilo: 8  • Sonido: 4,5 (mono)




Orquesta Filarmonía (de Londres)
Vladimir Ashkenazy
- DECCA (1980)

Una gran lectura de Ashkenazy la que se presenta aquí. El director, un gran entusiasta de Sibelius que, sin embargo, ha realizado irregulares contribuciones a la discografía (que van de lo sublime a lo más convencional), aquí se presta a uno de las mejores Quintas del presente recorrido. Parece entender la sinfonía a la perfección, tanto en su sentido dramático y emotivo, como formal e instrumental, y ofrece siempre un maravilloso fresco.
El primer movimiento debuta con lirismo y un sentimiento de gran placidez, con timbres bien bruñidos y colores muy vivos, pero al llegar el tema cromático nos muestra también la capacidad dramática del director de origen ruso, capaz de pasar en pocos instantes a la más absoluta plenitud y felicidad. La intensidad es máxima con los cromatismos del fagot y su canto existencialista y náufrago, y la tragedia de las cuerdas. Con gran expectación y grandiosidad llega la magnífica transición, que se resuelve de nuevo con una felicidad gloriosa y olímpica. El scherzo desvela también su lado dionisíaco más perverso, retorciéndose y plegándose y su propia nerviosa oscuridad (aunque las cuerdas suenen un poco solapadas entre sí), para desembocar en unos frenéticos compases finales.
El movimiento lento se dibuja con una mezcla de delicadeza tímida y lirismo sereno y condescendiente, sin demasiada agitación, y aún una más maravillosa emoción (aquí existen algunos desajustes, incomprensiblemente, en la grabación). Ashkenazy sabe manejar a la perfección la instrumentación sibeliana separando los planes sonoros siempre, lo que logra un sensacional colorido y además sabe recrear su rol dramático, no puramente estético. Atentos a las sonoridades del pizzicato, siempre bien delineadas, aunque algunos stacatti en general de las maderas pueden resultar algo excesivos. Una elegantísima coda da cierre al movimiento.
El Allego molto final arranca con frenesí y enorme vitalidad, cuidando siempre de no perder la menor nota entre la lluvia de sonoridades, y siempre haciendo vibrar las emociones. El himno de los cisnes suena majestuoso y todopoderoso, pleno de una fuerza que además no deja de crecer. Sin embargo, el contratema de las maderas quizá debía tener algo más de legati. La vuelta al tema inicial se hace de nuevo trasluciendo todos los rumores de fondo, con lo que se consigue que su entonación por las cuerdas asordinadas sin esas auras perdidas resulte especialmente mágicas. La elegía antes del final resulta grandiosa, enormemente sentida (quizá un poco en exceso sentimental). La sensación de redención se deja a la vuelta del carrillón en los metales, donde la grandiosidad es total, dejando casi sin aliento al oyente. Los acordes finales resultan además perfectos. Formidable, aun sin llegar a ser perfecta, una grabación altamente recomendable.

Interpretación: 8,5   • Estilo: 7,5  • Sonido: 7



Orquesta Filarmónica de Helsinki
Leif Segerstam
- ONDINE (2003)

La segunda integral de Segerstam, grabada con la orquesta que en su día fundara Kajanus, que sus componentes de seguro podrían interpretar esta sinfonía casi de memoria. Hay gran conocimiento y amor por la partitura en todos, y el director finlandés aporta un tono dorado y brillante, muy lírico y feliz.
La obra se inicia con bellas sonoridades del viento, plenas de una sensación plácida pero en la que se adivina cierta tensión, una lágrima a punto de caer, que se desborda en el tema cromático, bien subrayado por el timbal y los rasgados bajos de la orquesta. Esta se exalta con el tema ondulante, glorioso, y no pierde ímpetu con el comienzo del desarrollo, que deja vibrar con gran fuerza y trazo poderoso sus auras. El espíritu continúa sin diluirse durante el lamento central, aquí transformado en una sombra inquietante al errabundo canto del fagot. Al recoger el tema de la cuerda parece afectado, doliente antes que en exceso trágico. Con serenidad y elegancia el director finlandés establece el nuevo tempo en la transición, y el scherzo arranca tranquilo y feliz, con un tono de inocencia incluso, que solo muestra su lado más siniestro en el tema cromático, de nuevo más nostálgico que trágico. La coda es jubilosa antes que triunfal, lo que no desentona con el sentimiento de sana plenitud general.
Con el carácter muy lírico y dorado que se ha dado al primer tiempo, era lógico que el segundo lo fuera aún más, con un tempo en inicio muy correcto que permite resaltar tanto el fino melodismo del tema como su carácter grazioso y amable. También con el primer movimiento Segerstam consigue hilvanar el continuum musical con fluidez y al tiempo explotando las atmósferas distintivas de cada variación.
El finale no arranca con la agilidad mercurial de la partitura, pero sintoniza bien con la visión general de este registro, y el tema de los cisnes así suena aún más solemne y brillante, con toques de extravagancia que llenan de autenticidad la interpretación. El desarrollo también contempla algo pesadas las cuerdas, pero las da mayor fuerza y de nuevo cierto tono rasgado y pasional. El tema en menor es la infinita nostalgia, sin aristas ni exageraciones, lleno de belleza y tristeza nórdica. El ahogamiento del tema peca de lentitud y de falta de empuje, haciendo de este movimiento definitivamente el más flojo del conjunto, aunque la rotundidad y la nobleza imperan para dar un final absoluto y glorioso. Más que recomendable, y una de las joyas de la integral de Segerstam.

Interpretación: 8,5  • Estilo: 7  • Sonido: 8




Orquesta Sinfónica de Islandia
Petri Sakari
- NAXOS (1998)

La saga islandesa del director finlandés impone aquí uno de sus mejores e inesperados logros, un David que con su honda de devoción a la obra consigue derribar a algunos de los "gigantes" con los que compite, y a los que consigue sobrepasar con una lección de estilo y de conocimiento profundo de los significados, objetivos y subjetivos, de la Quinta sinfonía. Sólo el no disponer de la mejor orquesta posible (aunque los islandeses demuestran ser músicos de primer nivel, sufren de algunas pequeñas dificultades a veces) nos hace olvidar la excelencia... Aunque quién sabe si precisamente ahí estaba el reto y la alegría, que sólo desde la modestia permite a la música fluir con mayor libertad.
Un espíritu de beatitud recorre los primeros compases de los vientos, beatitud que se tiñe de melancolía y de profunda tristeza después. Sakari realiza un trabajo excelente con la cuidada instrumentación y una sensación siempre de gran emoción y reverencia de los músicos por lo que están interpretado, como se refleja en la aclamación del motivo ondulante, que llega a ser exultante y lleno de magia. Como suele ser habitual en el director, es en los pasajes de auras del desarrollo en los que se disuelven los motivos principales en los que Sakari brilla especialmente, con un trabajo muy atento y de estilo limpísimo. Por ello los compases que anteceden al lamento del fagot llegan a ser inesperadamente espectaculares, y el solo de aquel instrumento tiene un efecto verdaderamente mágico. La tensión acumulada se libera en la torrencial transición, un éxtasis absoluto del que sólo caben desaprovechar algunos desajustes instrumentales, que compensan la falla técnica con pasión. Pronto las sensaciones panteísticas, del devenir de la vida, vuelve a llenarlo todo, y sobre el vital scherzo suenas dorados los acordes de las trompas, creando una aureola llena de esplendor sobre la música. La oscuridad que le sigue también participa con su sombra apolínea, y la progresiva disgregación atómica cobra todo el sentido en la dirección muy sibeliana de Sakari, creando una tensión que de nuevo se libera adecuadamente en la rotunda coda final (también con algunos problemillas de entonación en el metal), que deja una sensación majestuosa.
La beatitud de nuevo marca el espíritu inicial del segundo movimiento, un canto amoroso y lleno de sensibilidad, con detalles muy cuidados y timbres perfectamente pulidos y ensamblados sin perderse unos con otros. A destacar también el buen sentido del ritmo, con vibrantes pizzicati en los bajos, y compases inquietos, de juvenil ardor. Ejemplar el paso de la variación del oboe, chispeante y amable, a las inflexiones en menor hasta el delicado final.
El final comienza con una carrera tempestuosa y jubilosa, con un colorido torrente de notas que se transforma de nuevo en oro con la llegada de las trompas y el bruñido "tema de los cisnes", que Sakari sabe acentuar con perfección (atentos también a los cuidados gestos de la cuerda grave), y un contratema que cobra su papel hímnico. La repetición en los vientos aporta cierto tono de nostalgia, preparando el terreno a toda la magia de los pasajes posteriores, hasta que el "tema de los cisnes" llega con las cuerdas asordinadas a una nostalgia aún mayor. La melancolía nórdica prepara con naturalidad el tema en menor, nunca trágico pero muy sentido. La descomposición del carrillón tiene un toque atmosférico, y una atmósfera que crece como si estuviera en el fondo de la música, nunca visible... realmente magnífico. Los acordes finales, secos y directos, no dejan lugar a la duda. Magnífica interpretación, llena de vitalidad y magia, y además una joya "low cost". Muy recomendable.

Interpretación: 8,5  • Estilo: 8,5  • Sonido: 6,5




Orquesta Sinfónica de Boston
Serge Koussevitzky
VICTOR - RED SEAL (1936) - varias reed., incluyendo NAXOS Historical (2001)

El segundo registro absoluto de la obra apenas se realizó 4 años después de la de Kajanus, y da cuenta tanto del entusiasmo americano y del director que pudo haber estrenado la Octava. Un punto álgido de la fama sibeliana en los 30, que encontraba en esta sinfonía una de sus máximas expresiones. Absoluto "fan" de la música del maestro finlandés, Koussevitzky pone en esta grabación todo su arte y amor por la partitura, aun cuando - como escucharemos - se toma libertades que Sibelius probablemente no compartía, pero que eran "perdonadas" ante la acogida que tuvieron sus grabaciones: “todo era tan lleno de vida y natural que no puedo agradecértelo lo suficiente”, afirmó el propio compositor de sus interpretaciones.

La sinfonía debuta con un clima expectante, tenso incluso, arrugado con el tema en menor y que se convierte en absoluta proclamación con el tema ondulante, convirtiendo el diálogo de los vientos con el motivo de la fanfarria en el auténtico centro expositivo, sobre todo por su carácter luminoso y emotivo. Cuando las auras se adueñan del movimiento todo parece aproximarse a un apocalipsis, enlazando a la perfección con el mundo de la Cuarta. El lamento del fagot se diluye en ese torrente como salido de Tuonela, poniendo el director de origen ruso toda la fuerza, como corresponde, en su respuesta en las cuerdas, dominadoras y poderosas en su angustia. La transición se esboza con relativa calma, dando paso a un scherzo ligero, feérico y mendelssohniano en principio, que se torna siniestro y nervioso con un ligero acelerar y una progresiva presencia de ritmos y auras que acechan en la sombra, hasta la coda desenfada y feliz.
A pesar de la calidad del sonido podemos vislumbrar un excelente perfilado de los contornos tímbricos al comenzar el segundo tiempo, donde pizzicati y flautas brillan con la luz de un atardecer, plácido y agradecido. Koussevitzky elige un tempo correcto y cómodo, y se centra en dar relieve a las emociones contrastantes entre las variaciones, animadas bajo un ritmo intenso y arrebatador, que nunca se pierde y da gran intensidad a los pasajes en menor.
Al dionisíaco primer tema del finale le responde un glorioso "himno de los cisnes", campanas de catedral celeste dispuestas a abrir el cielo al mundo... en un pasaje quizá un poco excesivo pero, ¡caramba, qué esplendor! Koussevitzky no deja que se baje la guardia como se esperaría a continuación, y refuerza las sonoridades de fondo para continuar con el clima apoteósico anterior, como un descanso en un larguísimo suspiro... hasta el pasaje de las sordinas suena repleto de pequeñas luces y pasiones. Pero por supuesto, el centro de gravedad del melancólico director debía estar en el pasaje en menor, también algo masivo, pero muy poderoso e intenso, que deriva en un apocalíptico pasaje modulatorio, dispuesto a crear el clímax terrible antes del triunfo final. Triunfo que se corona con esos conocidos acordes finales, donde Koussevitzky recorta los silencios indicados en la partitura para dar una rotundidad absoluta. Un clásico sin discusión.

Interpretación: 8,5  • Estilo: 7 • Sonido: 3,5 (mono)




Filarmónica de la BBC
John Storgårds
- CHANDOS (2013)

Storgårds consiguió en su grabación de Chandos una integral muy destacada, que se vino a sumar a la lista de las más recomendables. Y en esta sinfonía realiza una interpretación de gran altura, llena de grandiosidad, luminosidad y un espíritu de gran nobleza y fina belleza, quizá sólo a veces un tanto helénica y alejada más que tierna, pero muy profunda en cualquier caso.
El director finlandés arranca su interpretación con una límpida lectura de los vientos y un clima apacible, casi de ensoñación, que se vuelve misterio en el tema cromático, y exaltación serena y esplendorosa con la llegada del tema ondulante y el subsiguiente desarrollo, salpicado por los excelentes solos de la orquesta. Storgårds maneja muy bien las dinámicas, desde el camerismo del comienzo del movimiento hasta las sonoridades más amplias y sinfónicas del clímax de la primera parte del desarrollo, que fluye con gran fuerza hacia la red siniestra de la cuerda y el lamento del fagot, muy tenebroso. La transición es grandiosa y llena de poder, y transita con serenidad hacia el scherzo, amable y lleno de felicidad, y las sombras de la segunda parte no logran abatir el sentimiento general hasta que la descomposición temática llega a crear contornos sobrenaturales. La coda culmina el movimiento sin excesivo frenesí.
Con gran delicadeza comienza el segundo tiempo, que opta por un carácter lírico y de nuevo amable. Los staccati de las flautas así resultan deliciosos, como pequeñas hadas revoleteando en un prado iluminado del atardecer. Los pasajes más vibrantes y los perfiles instrumentales más originales son especialmente ensalzados, sin recrearse nunca en sus oscuridades, sino más en las emociones más positivas. 
El comienzo del finale es de nota por su fidelidad a la pretensión del autor, con todas las notas en su sitio, un ritmo cuidado y nunca excesivo y las distintas sonoridades sin superposiciones y solapamientos (se pueden oír muy bien las maderas, cosa que no siempre sucede). Las trompas, perfectas, dan soporte al gran tema de los cisnes, que causa el mismo efecto de plenitud de la transición del primer tiempo, y que nos deja a veces sin palabras por su altura trascendental. La repetición del primer tema en los vientos corresponde de nuevo muy bien al comienzo, aunque al principio quizá le falte algo más de "sal y pimienta" en la cuestión rítmica. El gran tema en menor aborda un inédito lirismo, y de nuevo Storgårds no pretende tragedia, y se reserva en la melancolía al efecto de retorno del tema de los cisnes, quedando su ahogamiento en un terreno secundario. Así, el director finlandés crea el efecto contrario a lo esperable en la partitura, pero no obstante funciona. Todo culmina con la explosión y contundencia de los acordes finales, nunca exagerados. Excelente versión.

Interpretación: 8,5  • Estilo: 8  • Sonido: 9




Orquesta Sinfónica de la Radio Finlandesa
Jukka-Pekka Saraste
RCA (1987, reed. 2013) 

Esta grabación pertenece a su primerizo ciclo completo con la misma orquesta (a la que se acababa de incorporar como titular), del que sólo se han reeditado por el momento la presente sinfonía, la Sexta y Tapiola, aunque esperamos que llegue a serlo al completo, dado que estamos ante una serie más que interesante, por lo que intuimos en este registro que rezuma el buen color patrio y una interpretación sentida y de hondo calado, incidiendo en las posibilidades más dramáticas de la obra.
Saraste inicia la obra con un sentimiento plácido, de calma antes de la tormenta, pero pronto los rumores llevan a un drama muy intenso y poderoso, lo que nos deja adivinar una versión de grandes contrastes, mostrándose con gran limpieza de timbres y finas y bellas líneas instrumentales en el desarrollo, en el que se manejan con gran magia las auras y las sonoridades más características sibelianas. El solo de fagot se alza con una majestuosidad oscura sobre todo el tupido trasfondo de cuerda, que toma su revancha de forma poderosa a continuación. El drama alcanza su punto álgido entonces, dando lugar a una transición redentora llena de bendiciones y felicidad, que desemboca en un scherzo de desbordante alegría dionisíaca, repleta de oscuridades y de matices de pesimismo nórdico. En la descomposición se obtiene un aspecto muy moderno de la música, casi minimalista, desembocando con el adecuado drama en el final triunfal, algo mejorable sin embargo.
La sensación de belleza límpida e idílica domina el segundo tiempo, que en lo rítmico (un tempo algo lento, pero nunca demasiado) sabe conjugar cierta contención con la suficiente animación, dejando en las sonoridades bruñidas y doradas todo el colorido de la partitura. Quizá la sección de las cuerdas resulte algo más débil en general en toda la sinfonía, pero al ser esta una partitura en la que pesan tanto los vientos no llega a ser un detalle decisivo. Las variaciones más animadas muestran un pulso nervioso, de arrebatadoras dinámicas, frente a la delicada dulzura del final.
El final nos lleva al Sibelius más frenético, aunque el sonido quizá sea más masivo de lo necesario, mientras que el tema de los cisnes llega con un gran peso en los graves, lo que le transforma ciertamente en un poderoso martillo celestial, que esculpe con su fuerza telúrica montañas y valles. El contratema permanece muy discreto en cambio. La repetición de los temas se hace de forma mucho más lograda, dando cuenta el director finlandés de un agudo sentido por la "magia" y la orquestación más original y moderna del compositor. El pasaje en modo menor se repleta con un tono depresivo y abrumador, sin llegar a ser absolutamente fatalista, pero sí rodeando el carácter dramático de la interpretación, que terminan con un pasaje de altura celeste, y un sentido grandioso y absoluto. ¡Buena versión!

Interpretación: 8  • Estilo: 8,5  • Sonido: 7




Orquesta Sinfónica de Boston
Colin Davis
- DECCA (1975) [alguna edición en Philips]

Gran grabación la del artista británico, consumado sibeliano que aquí da una lección de toda la grandeza de la que es capaz esta obra, de una belleza desbordante. La orquesta es además una de los conjuntos internacionales que desde más años llevaba tocando esta obra (ver más arriba el disco de Koussevitzky), por lo que no debe sorprendernos su total entrega a ella.
El arranque de Davis del primer movimiento es una declaración de elevación y espíritu trascendente, con su tempo lento y solemne, que se recrea en los distintos planos orquestales. Así, el tema cromático suena desolador pero no trágico, y reserva todo el fuego dramático para el tema ondulante, pasional y enérgico. Este último traslada su movimiento al desarrollo, que acierta considerablemente dando el peso correspondiente a sus auras, sobre las que se deslizan vitalmente los distintos temas, hasta que de nuevo el tema ondulante cobra el protagonismo de toda la emocionalidad. El director británico trata además muy bien las combinaciones instrumentales, siempre destacadas por parte de la magnífica orquesta americana. Las auras, ahora inquietantes y tenebrosas, vuelven a envolver el devenir musical, sosteniendo un lamento del fagot especialmente atmosférico y espectral. El tema cromático se retuerce también de manera casi sobrenatural, aunque aquí Davis quizá gesticule un tanto. La reexposición comienza con una masiva fanfarria de los metales, aún más solemnes que al comienzo, logrando un notable paso a la ligereza danzable del scherzo, del que se acentúan muchos de sus claroscuros de nuevo con atracción por las sonoridades más tenebrosas que esconden. Especialmente sobresaliente es la descomposición temática final, que con sus toque apianados y sus tensiones subterráneas cobran todo su sentido, disueltas en la de nuevo mayestática coda.
La solemnidad del primer tiempo se vuelve en el segundo lirismo contenido, con su toque clásico y atento a lo más delicado, con cierto sabor beethoveniano incluso. Davis se esfuerza en ser contenido y no caer lo excesivo, dando al movimiento la necesaria sencillez y equilibrio, sin buscar "escenas" en las distintas variaciones (el británico, incansable director de ópera, siempre supo diferenciar muy bien las obras orquestales de las de teatro). Gran sensibilidad la que concluye este movimiento central.
Para el tercero el director inglés impone una fuerte disciplina y fuerza, aunque algo de mayor separación de líneas no habría ido mal... El segundo tema, algo más rápido de lo habitual, prosigue la misma energía, y es firme y muy telúrico, un poderoso martillo nórdico. El impulso inicial se vuelve extraordinariamente enérgico en la reexposición, que sabe hacer brillar a las cuerdas, y crear un incesante palpitar en el "tema de los cisnes". La fluidez hacia el gran tema en menor es memorable, aunque este último padece de cierta urgencia. El ahogamiento del "tema de los cisnes" es también muy intenso, lleno de oscuridades tardías, que se resuelven adecuadamente en los acordes finales, por supuesto rotundos y majestuosos. Grandísima versión.

Interpretación: 8  • Estilo: 7  • Sonido: 7,5




Orquesta Filarmónica de Berlín
Herbert von Karajan
DEUTSCHE GRAMMOPHON (1965) - varias reed.

La tercera de las grabaciones de las varias que hizo el maestro de Salzburgo es sin duda la más brillante, en su justo punto entre la juventud de las primeras y el manierismo de la última. Esta muestra su gran compromiso por el autor pero con su propio concepto sonoro, no obstante no demasiado ajeno al colorido de la obra. Su enfoque es el del gran sinfonismo (por supuesto), y extrae de la partitura una monumental lectura, grandiosa e impactante, sin faltar nunca la lucha entre lo luminoso y los rincones más oscuros, aunque todo a través de cierto tamiz aterciopelado. Quizá lo más interesante de la grabación sea la calidad excepcional de director y de orquesta, cuya unión resulta de por sí garantía de estar ante un registro magnífico... aunque no sea del todo sibeliano. 
El comienzo escoge un camino recogido, de cierta grandiosidad y espíritu mítico desde el principio, que se convierte en exaltado con las primeras proclamas de cuerda y metal. Los clímax alcanzan un espíritu bruckeriano, pero llenos de un ánimo mucho más positivo, aunque en el pasaje cromático todo se retuerce en un drama cósmico, con un canto del fagot especialmente cantabile bajo este Karajan. La transición es de nuevo grandiosa, grandilocuente incluso, efectiva pero sin aprovechar todo su potencial hacia un scherzo más amable que frenético. 
El movimiento lento es un verdadero festival de sensaciones y de colorido, con bellísimos juegos de staccati contra ligados, y un pulso firme pero al tiempo arrebatador. Karajan además quiere hacer contar a la música una historia, y exige una fluidez dramática entre cada mínimo cambio de dinámica o de atmósfera. Aunque no permite demasiadas individualidades (con los timbres poco separados), hay pocos instrumentistas que no destaquen en este registro. A destacar también las sonoridades de los pizzicati, que resultan suaves y resonantes, pequeños golpes de corazón, muy románticos siempre... como las cuerdas del final, de legati extremados. 
El pulso del final es moderado, pero adecuado, no tanto como la poca separación entre notas y timbres, que logra un efecto demasiado tumultuoso (¿pretendido?). Karajan atiende al himno de los cisnes como el centro espiritual de la sinfonía, dando a su carrillón una fuerza impactante, frente al hímnico contratema, que de nuevo nos eleva a dimensiones colosales. La repetición del primer tema resulta un poco confusa, aunque de nuevo sospechamos que Karajan quería crear drama con ello, mientras que el pasaje en mi bemol menor se tiñe de melancolía y nostalgia pesimista. La versión oscura del tema de los cisnes resulta desgarradora, mostrando un nivel de tragedia insospechado, casi mahleriano y sin duda soberbio. El final es mayestático, y los acordes finales no dejan nada duda con su martilleante pero dorado sonido. Karajan es un rey del estéreo, y esta sinfonía lo demuestra. Con sus excesos de personalismos, pero muy recomendable.

Interpretación: 8  • Estilo: 6,5  • Sonido: 6,5




Orquesta de Cámara de Europa
Paavo Berglund
- FINLANDIA / WARNER MUSIC (1996)

En la cuarta y última grabación en estudio del gran director finlandés (que nos legó alguna grabación más en vivo) podemos escuchar su apuesta más camerística y clásica, lo que hace brillar algunos pasajes de la partitura, no tanto otros. Desde los primeros y sobrios compases se nota el fino planteamiento, dejando apreciar las individualidades de los vientos, que no se ven sobrepasadas con la llegada de las tremolantes cuerdas y su retorcido tema cromático, hasta alcanzar una exultante profecía del motivo del Finale. Metal y madera dialogan con simpatía y alegría, hasta que un siniestro y deambulante fagot trae una agitación insospechada hasta ahora, una tragedia profunda que las cuerdas recogen con gran fuerza y su sonoridad contenida. La transición llega con su poder liberador a la vez que con ritmo ligero y de alegría popular. El scherzo aparece algo pálido, pero espera hasta la vuelta de los compases más inquietantes para ofrecernos toda la hondura y el ascetismo berglundianos. La coda es intensa también, pero aquí sí que se echa de menos una orquesta más poderosa y numerosa, en el movimiento más débil de la interpretación.
El segundo tiempo se muestra traslúcido, transparente, etéreo... con la llegada de la cuerda Berglund imprime pulso y contraste, llegando a unos hallazgos sonoros realmente sorprendentes, acompañados de ciertas desnudeces quizá no deseadas. En total el movimiento parece una odisea por multitud de escenarios y atmósferas a las que se llega con total fluidez. 
El finale comienza con un impulso torrencial bajo el frenesí de la cuerda y el caleidoscópico color de los apuntes de las maderas y cobres, muy perceptibles. Brillan también con intensidad en el tema del carrillón, bajo un poder pero con gran y sobria nobleza. La delicadeza de la orquesta se deja notar en los juegos de cuerda centrales, antes de dejar paso al tema "de la alegría" que resuena callado y melancólico, dando paso al extenso pasaje en menor que hace regresar a las sombras más funestas de la Cuarta sinfonía, dejando a los metales las mayores sombras. Los acordes finales resultan precisos, con timbres finalmente masivos y martilleantes. Muy buena versión, con las "extrañezas" que la salpimientan.

Interpretación: 8  • Estilo: 8  • Sonido: 7,5




Orquesta Filarmónica de Nueva York
Leonard Bernstein
- SONY (1961)

El maestro norteamericano nos brindó dos excelentes registros de esta sinfonía, el primero en con su orquesta neoyorquina en los sesenta, y la segunda dentro de su incompleto ciclo al final de su vida en Viena, como hemos visto antes. Esta es un versión más desigual y bastante más pálida, pero ya deja entrever el potencial que veía Bernstein en esta obra, ofreciendo una versión monumental y de gran fuerza dramática, no sin personalismos, al igual que la de cuarto de siglo después.
La serenidad inicial pronto desvela una gran agitación interior, que se muestra como extraordinariamente tensa y dramática en el segundo tema, resuelto con grandiosidad en el tema espejo al tema del finale. La tensión es casi agónica bajo el lamento del fagot, transformado en un apocalíptico segundo tema con toda la cuerda, de una gravedad mahleriana, desembocando con enorme energía en la transición, triunfal y solemne, hasta un scherzo jubiloso pero firme (las dos partes del movimiento están indicadas con pistas distintas en el disco, cosa que también sucede en la grabación con la orquesta vienesa). La música se pliega pronto a la tragedia, de la que de nuevo Bernstein saca todo el partido, con figuras retorcidas y burlonas, casi grotescas. Pero la triunfal coda despeja la oscuridad y asusta a todos los espectros con la jovial luz del día. 
El segundo movimiento contiene cierto espíritu de danza lenta, con sus stacatti de flautas (y pizzicati) bien destacados y sus balanceantes ritmos, revelando incluso ensoñaciones de perdidos valses o minuetos, y un clima de amabilidad apenas ensombrecida por ciertos galanteos y curiosas oscuridades (atentos a algunos toques del metal). Innegable la capacidad plástica del movimiento, aunque el director americano aquí "interprete" en exceso el carácter del mismo (todo lo contrario que en su visión de cuarto de siglo después). 
El tercero se inaugura con festival de aéreas figuras de la orquesta, pero todo el fuego en realidad se reserva para el tema de los cisnes, que eleva por unos momentos la interpretación a la altura de lo sublime, con una emoción infinita, plena de ascensión mística a las excelsas alturas. Un momento magnífico (que solo el propio Bernstein será capaz de superar). El espíritu más ligero y más apegado a la tierra vuelve con el tema inicial, pero de nuevo, con las cuerdas asordinadas, la mística se impone, dando lugar a momentos de gran profundidad. El pasaje en menor vuelve a sumergirnos en abismos mahlerianos, en los que se plasma un enorme pesimismo, ante de la redención con claroscuros del himno. Las sombras ceden finalmente a las luces, contorneadas con unos impresionantes metales que hacen sonar otra vez a la música a su nivel más glorioso. Los acordes finales resultan demasiado breves y poco definidos por desgracia. Pero en suma, un gran grabación.

Interpretación: 8  • Estilo: 6,5  • Sonido: 6,5


Orquesta Sinfónica Nacional Danesa
Leif Segerstam
- CHANDOS (1991) - reed. BRILLIANT (2008)

Leif Segerstam es un director sibeliano un tanto irregular, capaz de algunos de los mejores registros sibelianos como de algunas grabaciones que caen por el peso de sus manierismos y un exceso de tonos pastel. Sin embargo, y no sin cierta sorpresa, aquí nos deja una lectura excelente (quizá sea cosa del enamoramiento por esta partitura), aun cuando forma parte de un ciclo en general menor respecto a su segunda integral con la Filarmónica de Helsinki. La orquesta danesa, por lo general menos virtuosa y más fría, hace aquí un trabajo notable.
El tempo inicial impone su gran colorido y todo su aliento vital con una mezcla muy romántica de toques serenos y apasionados, remarcados por la limpieza de los timbres y un tono siempre muy poderoso, majestuoso incluso. El solo de fagot fluye diluido en las auras que lo rodean fantasmalmente, y que triunfan en el pasaje del tema en las cuerdas, con un silencio muy expresivo. Se da paso entonces a una transición bien llevada, aunque algunos metales de la orquesta parecieran algo agotados. No obstante el director finlandés impone su versión en el scherzo, fantasiosa y repleta de color, que se arruga de nuevo por los viejos fantasmas antes de la coda, en un pasaje excelentemente resaltado, que resulta sepultado por la victoriosa coda.
El movimiento lento debuta con un sentido de paz y belleza, profundo, que se va afianzando en cada variación, bien contrastada sin perder nunca un sensacional impulso rítmico y una emoción contenida pero siempre intensa. 
Todo el sentimiento se desborda en el movimiento final, desde el impulso inicial lleno de fantasía, hasta el cósmico motivo de los cisnes, con texturas plenas y bien equilibradas, que llega a ser nuevamente mágico en su repetición con las texturas de la cuerda. La música crece en el drama hasta términos absolutos, quizá algo excesivos pero sin duda repletos de una intensidad que nos puede arrebatar completamente. Sobresaliente e inesperada lectura.

Interpretación: 8 • Estilo: 7 • Sonido: 7



Orquesta Sinfónica de Bournemouth
Paavo Berglund
- EMI (1973)

La dirección oscura y poderosa del mítico director sibeliano quizá no sea la mejor opción estética para esta obra, pero no obstante el saber de Berglund consigue un fresco de considerable altura, unido con el buen sonido de la orquesta británica, en la segunda opción en cuanto a calidad de este tándem entre obra y director, mucho más sinfónica y tradicional que la anteriormente comentada.
Desde el comienzo la visión de Berglund se manifiesta plenamente, con un arranque poderoso, una atmósfera vibrante y comedida, que deja escapar trazos poderosos a la más mínima oportunidad con el tema cromático y sus gestos arrebatados (atentos a su timbal), que culminan en un tema ondulante, como un luminoso rayo solar entre el repentino claro de las nubes. La atmósfera vibrante no se pierde ni un momento en el denso comienzo del desarrollo, hasta culminar en un tema ondulante espectacularmente delineado. Casi se podía adivinar, pero lo más impactante de este movimiento para el director finlandés va a ser el pasaje del fagot, vacilante y desolador, y su contrapartida en las cuerdas, fatalistas e infinitas. Y tras la honda tragedia, llena de nuevo la luz en la tormenta, con una transición que pasa genialmente de la gloria triunfal a la alegría sana, casi infantil del scherzo, llena no obstante de sus pequeños dolores... Pero esos dolores se convierten en agudos en la descomposición final, de ritmos muy nerviosos y ciertamente desconcertantes. Y la coda finalmente sirve de liberadora, en este increíble juego de tensiones que crea el músico finlandés.
El segundo movimiento comienza con cierta sequedad, dejando claro que no va a haber oportunidad para el lirismo y la inocencia... más bien Berglund saca del movimiento toda su agitación y drama posible (sin acelerar el tiempo, muy correcto por otra parte), dándole oportunidad para expresar toda su emocionalidad. Los pasajes en menor son especialmente vigorosos, lo que da un aspecto algo sombrío a este tiempo usualmente diáfano.
La tensión nace también con el comienzo del final, exaltado y robusto, y el tema de los cisnes glorioso, casi olímpico. El devenir musical nunca se detiene, mostrando todas las formas posibles de sus dibujos y colores. De nuevo es el gran tema en menor donde este registro lo da todo, con un clima trascendental y muy doliente, hasta el ahogamiento del tema de los cisnes, cósmico y de por sí uno de los momentos sublimes de la discografía de esta obra, redondeado por unos acordes finales absolutos. Recomendable, aunque con alguna reserva.

Interpretación: 8  • Estilo: 8  • Sonido: 7



Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo
Vladimir Ashkenazy
- EXTON (2007)

El registro se enmarca dentro del segundo ciclo sinfónico de Ashkenazy, grabado con la centenaria orquesta sueca para el sello japonés Exton (internacionalismo en estado puro). Director y orquesta condensan muchos años de sibelianismo, y se nota con esta versión poderosa y emotiva.
El comienzo de la sinfonía tiene para el director de origen ruso un color sereno y dorado, que es capaz de trasmutar en negritud rápidamente con la llegada del tema cromático, y un júbilo exaltado con el tema ondulante. Con el desarrollo, Ashkenazy afina aún más con el cuidado de las auras y la separación de timbres que se las superponen, intensificando a su vez su fuerza hasta llegar al paroxismo con la reaparición del tema ondulante. La dirección ha sabido contrastar con gran acierto las dinámicas (aunque a veces el timbal casi no se oye, quizá más por la grabación), de las más sutiles a los masivos tutti. La segunda parte del desarrollo es doliente, muy expresiva, y tiene al fagot como cantor de un lied fantasmal. Toda la fuerza se reserva para el gran tema de la cuerda, que aprovecha cada matiz expresivo para entonar todo su lamento. Con esa intensidad la transición y comienzo de exposición resultan gloriosos y liberadores, como una cortina descorrida de repente que deja entrar toda la luz y todo el aire a una habitación cerrada. El scherzo resulta nervioso, liviano pero de modo feérico, poco terrenal, que aprovecha muchos las diferentes combinaciones instrumentales y sus luchas. El caos previo al final resulta sensacional, hasta una coda que suena amable y de limpia alegría.
El segundo continúa siendo cándido y feliz, con una alegría casi de infancia, sin sombras y llena de gracia. El tempo es bastante acelerado, lo que se percibe en los momentos más frenéticos, que llegan ser muy emocionales. Ashkenazy ha visto más cierto espíritu de intermezzo que de movimiento lento, aunque no faltan ni el lirismo ni el gran sinfonismo en los momentos justos. Especialmente brillantes está la sección de cuerda de la orquesta sueca, con pizzicati precisos y elegantes. 
El movimiento del finale resulta contenido en su arranque, queriendo resaltar los timbres de los arcos y el caleidoscopio de sonidos que lo acompaña, hasta el verdadero centro que son las trompas solemnes y grandiosas del tema "de los cisnes", mayestático con un punto de reconfortante alegría. Las sordinas de la reexposición tienen un bello timbre, que el director resalta con mucha pulcritud. El tema en mi bemol menor resulta altamente expresivo, lleno de pasión y derrota, hasta la hondura del ahogamiento del tema de los cisnes, agarrotado y con toques tremendistas que conducen hasta el paroxismo la música, que llega a la cumbre con los acordes finales, precisos sin más. Muy buena versión, aunque el propio director lo hizo mejor en su primera grabación. Recomendada en cualquier caso.

Interpretación: 8  • Estilo: 8  • Sonido: 7,5 (directo, SACD)

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