domingo, 20 de septiembre de 2009

El fin del silencio

Hoy, 20 de septiembre, se cumplen 52 años del fallecimiento de Jean Sibelius.

Los últimos años del maestro fueron los del llamado "silencio de Ainola". Desde principios de la década de 1930 había abandonado progresivamente su actividad musical. En aquellos años daba vueltas a una composición imposible, una Octava Sinfonía que jamás vio la luz, aunque diversos testimonios relatan que se escribió íntegra al menos en borrador, y dos movimientos se completaron. Pero el sentido hipercrítico de nuestro músico acabó con aquella última gran obra, y según se cree sus pentagramas ardieron tristemente en una hoguera durante los años de la Segunda Guerra Mundial.

Con la excepción de dos pequeños coros escritos en 1946 para ser añadidos a su Música masónica opus 113, Sibelius no volvería a componer. Sí revisó y orquestó numerosas obras, trabajando con exhaustividad y absoluta pulcritud. Si embargo incluso esta actividad fue declinando progresivamente. En su avanzada ancianidad el maestro paseaba por los jardines de su casa de Ainola y las proximidades del lago Tuusula. Su familia estaba siempre con él. Y aunque sus hijas poco a poco se fueron casando y abandonando el hogar, visitaban a su padre continuamente, lo que le supuso siempre una gran alegría. Las visitas de admiradores eran también frecuentes, aunque también con los años empezó a rehuirlas. Por Ainola pasaron muchos grandes músicos y artistas, gentes de la cultura y las máximas autoridades políticas. Sibelius era un mito viviente, condición con la que él mismo, siempre tímido, no se sentía cómodo. Prefirió la compañía de los suyos y de la naturaleza, con la sentía cada vez más y más unido.

Su gran longevidad le permitió disfrutan con una relativamente buena salud de una vida muy extensa. Pero el pesimista Sibelius recordaba con lamentos que todos sus amigos había muerto, no sólo los de sus generación, como Kajanus o Gallén-Kallela, sino incluso los más jóvenes, vecinos del lago como el compositor Melartin o el pintor Halonen. Él había estado muy cerca de la muerte en 1908, cuando le tuvo que ser extirpado (con notable éxito) un tumor de la garganta, y había creído desde entonces que su muerte no tardaría mucho en llegar... pero casi cinco décadas después aún no se habían cumplido sus negativos augurios.



El lago Tuusula, cercano a la localidad de Järvenpää, por Cornelin
 
Ese mismo año de 1957 había sido especialmente activo musicalmente, con el arreglo de dos piezas para el bajo-barítono Kim Borg, con acompañamiento de pequeña orquesta, el
"Lamento de Kullervo" y "Kom nu hit, död" ("Aléjate, Muerte") opus 60 nº1, una canción escrita para una representación de "Noche de Reyes" de Shakespeare en 1909. El poema del genio inglés no podía ser más premonitorio en esos días.

La mañana del miércoles 18 de septiembre numerosas bandadas de grullas sobrevolaron Ainola. Hacía años que nuestro compositor no las veía. "¡Ahí vienen, los pájaros de mi juventud"!", comentó entusiasmado a su hija Margaretta. Mientras contemplaba a los pájaros desde el balcón, uno de ellos se separó del grupo y voló alrededor de la casa antes de volver a reunirse con los suyos.

Al día siguiente tuvo dos interesantes conversaciones telefónicas. Con el director Martti Similä discutió sobre la Tercera Sinfonía. Con Malcolm Sargent, presente en Helsinki, habló sobre la Quinta, que interpretaría al día siguiente con la Orquesta Filarmónica, y que sería radiada. Por la noche se fue inusualmente pronto a la cama, hecho que sorprendió a su entorno.

El viernes 20 por la mañana transcurrió como todos los días. Leyó los periódicos en la cama, se vistió solo... Pero a la una de la tarde, mientras comía, colapsó. Su médico personal acudió con presteza y lo encontró apoyado a la mesa, y con ayuda de la doncella y la cocinera lo llevaron a la cama. Había sufrido una hemorragia cerebral. Aino y dos de sus hijas no se movieron de su lado. Katarina se dirigió hacia él: "padre, Eva y Kai [Katarina] están aquí". "Eva y Kai" respondió. Aquellas fueron sus últimas palabras.

A las cuatro perdió la conciencia, falleciendo a las a las nueve. En ese mismo momento Sargent dirigía la Quinta Sinfonía del genio finlandés, y su esposa Aino encendió la radio, al máximo de volumen, con la ilusión de que sus magistrales notas pudieran despertarle. Pero no se despertó. La Quinta Sinfonía había sido una triunfal "lucha con Dios" por la superación de lo que había confesado en la Cuarta, la reflexión sobre su propia muerte. Pero esta vez no hubo victoria.

Siguiendo los deseos de su marido, Aino publicó su obituario con el título "Mi canción está hecha de sufrimientos" el día 24. Se anunció que no existía la Octava Sinfonía, ni había obras inéditas, esbozos o fragmentos (en 1982 la familia confesó que sí existían numerosos pentagramas inéditos, que donaron a la Universidad de Helsinki, pero ciertamente entre ellos no estaba la Octava Sinfonía).

El 29 se ofició una ceremonia privada en Ainola, y al día siguiente en Helsinki se celebró un auténtico funeral de estado, dirigido por el Arzobispo. El compositor Yrjö Kilpinen, el presidente de la República de Finlandia Urho Kekkonen y Aino pronunciaron los discursos. En la iglesia sonaron fragmentos de La Tempestad opus 109, El Cisne de Tuonela, e Il tempo largo de la Cuarta Sinfonía.

Einojuhani Rautavaara, Uumo Klami y otros músicos sacaron el féretro de la catedral bajo las notas de su marcha fúnebre, In memoriam opus 59 (1909), que el propio compositor escribió bajo la impresión de su enfermedad.




La marcha fúnebre orquestal "In memoriam" opus 59, en su versión original (1909, no publicada), en versión de la Orquesta Sinfónica de Lahti dirigida por Osmo Vänskä. La obra se revisó al año siguiente, y es la versión final la editada e interpretada el día del sepelio. 

Los homenajes en la calle y durante el trayecto a Ainola fueron multitudinarios, y la música no dejó de sonar en homenaje del gran compositor . Sobreviven numerosas imágenes de aquel momento (podéis descargaros el fragmento de un noticiero en finés de la página de sibelius.fi, hacia la mitad del mismo están los enlaces).

Un lugar favorito de Jean y de Aino en su propio jardín fue el lugar indicado para que el cuerpo del compositor fuera enterrado. Un sencillísimo epitafio metálico indica el lugar exacto.

Aino siguió residiendo en la casa hasta su muerte en 1969. Visitaba todos los días la tumba de su marido, donde ella misma también reposaría.

Tumba de Jean y Aino Sibelius. Foto propia.
 
Desde este humilde blog nos unimos al recuerdo del gran genio de la música finlandesa.

6 comentarios:

Quinøff dijo...

Magnífica semblanza, sobre todo tu facilidad para hacerlo a uno partícipe del relato.

El silencio de Ainola siempre me sabe a amargo, porque una voz única como la de Sibelius se apagó demasiado pronto. Casi diría que el músico murió primero que el hombre. Tendría sus razones para callar tan radicalmente, pero ojalá hubiera perdonado su Octava...

José Manuel Brea dijo...

Me uno al homenaje, amigo David. La cima alcanzada con la Séptima sinfonía –número mágico– me parece un maravilloso colofón para cerrar un ciclo sinfónico inolvidable. ¡El arte de Sibelius sea in aeternum!

mara dijo...

Formidable reseña a la memoria de Sibelius.
Gracias David por compartir tan generosamente tu pasión.

Elgatosierra dijo...

No tengo palabras para calificar este emocionado ensayo y me inclino ante Sibelius y ante ti, David.
Salud, paz y un entrañable recuerdo y una sonrisa para Sibelius por favor.
Elgatosierra

marco dijo...

Que buen post. Muy sentido desde el fondo de tu alma, por eso te felicito. Un saludo cordial.

David Revilla Velasco dijo...

Muchas gracias a todos por vuestras palabras. Todo en honor al maestro.