lunes, 20 de septiembre de 2010

El silencio de Ainola

Hoy 20 de septiembre, conmemoramos la muerte de Jean Sibelius, que nos dejó en 1957, en su casa de Ainola.

El año pasado ya narramos cómo transcurrió la trágica circunstancia, y lo que ocurrió esos días que siguieron al deceso.

En estos días sin embargo aprovecharemos la efeméride para hablar de dos interrogantes relativos a las últimas décadas de la vida del genio finlandés, que constituyen auténticos misterios dentro de la biografía y la figura del personaje. Y lo hacemos en atención a diversas consultas de lectores. Aunque ambas preguntas bien podrían generar sendas series de artículos, procuraremos en cambio dedicar una síntesis a cada una de las problemáticas planteadas, respondiendo de forma resumida pero suficiente a las cuestiones.

Las preguntas, relacionadas entre sí, son las siguientes: ¿por qué Sibelius dejó de componer las últimas décadas de su vida? ¿Compuso realmente Sibelius una Octava Sinfonía?

Dedicaremos el post presente al primer interrogante, mientras que el segundo tendrá que esperar unos días.
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- En primer lugar los hechos: en torno a 1930 nuestro compositor cesa su constante actividad creadora. Un único coro sale de su pluma ("Karjalan osa" o "El destino de Karelia" JS.108 para coro masculino y piano). En 1931 dos pequeñas obras son el único testimonio de su creatividad: la Marcha fúnebre para órgano opus 111b y Rakkaalle Ainolle (A mi amada Aino) JS.161, un regalo de cumpleaños para su mujer en forma de pieza para piano a cuatro manos. En aquellos años nuestro autor parece concentrado casi en exclusiva en lo que habría sido su Octava Sinfonía, que promete a varios directores para su estreno, pero que jamás vio la luz. Desde entonces hasta el final de vida, con la pequeña excepción de coros añadidos a su Música masónica opus 113 en 1946, no volverá a componer nada. Es la circunstancia que se conoce como "el silencio de Ainola" (o "de Järvenpää", localidad a la que pertenece Ainola).

Lo cierto que el silencio no fue total. Además de la citada y misteriosa sinfonía, es posible que el músico trabajara en más obras que no vieran la luz, y en cualquier caso estuvo ocupado hasta el último día de su vida realizando transcripciones de sus propios trabajos y revisando otros. En ocasiones este labor tuvo que ser incluso más laborioso que la composición misma, como las versiones finales de dos de los poemas sinfónicos de Lemminkäinen opus 22. Pero en cualquier caso aunque el silencio no fue total, silencio fue.

El misterio reside en que el autor jamás dio una explicación del por qué de ese cese de su actividad compositiva. En los primeros años de ese silencio prometió como decíamos la Octava Sinfonía y otras obras. Después sencillamente calló sobre el tema.

- Hay que dar cuenta claramente de la situación de Jean Sibelius en aquellos años para intentar averiguar la razón. El genio finlandés en 1930 ya era aclamado como la máxima figura cultural del país, un orgullo para la nación nórdica, "la voz de Finlandia". Desde hacía décadas percibía ayudas del gobierno, primero autónomo y después independiente, pero es especialmente cuando Finlandia se emancipa del Imperio Ruso cuando la cuantía de esa ayuda, aumentada por donaciones particulares, le permite vivir muy cómodamente sin tener que preocuparse de los encargos, al menos unos años después.


A la vez su fama internacional ha crecido hasta tal punto que en los años 30 se convierte en uno de los compositores vivos más reputados, al menos en gran parte del mundo occidental. La Sociedad Filarmónica de Nueva York hace una encuesta entre los asistentes de sus conciertos que lo sitúa en un indiscutible primer puesto. El crítico americano Olin Downes le convierte en el máximo baluarte de la tradición musical frente a la vacuidad de las vanguardias.

Sin pretenderlo el compositor, esa fama acaba teniendo su cara b como reacción. Los nazis aprovechan esa fama para fundar una Sociedad Sibelius en Alemania inaugurada por el propio Joseph Goebbels. Aunque nuestro músico manifestó en privado su repulsa al mundo y a la ideología nazi, especialmente por su racismo, era esclavo de la situación política. Finlandia se alió con el Reich para combatir a los soviéticos, y Sibelius no quería entrar a discutir las decisiones de las autoridades finlandesas (aunque evidentemente la Sociedad fuera fundada con fines más propagandísticos que reales). Este hecho y el haberse convertido - por acción de Downes y otros entusiastas sibelianos - en símbolo del "conservadurismo tonal", una especie de "reaccionario" orgulloso de serlo, causó el rechazo militante de Theodor Adorno, el famoso filósofo y esteta. Y este rechazo arrastró a nuestro compositor al extremo contrario de la fama en sus últimos años de vida, aunque por supuesto el sibelianismo continuó muy vivo.

Fotografía de Olin Downes, de la revista norteamericana Life.

- En ese clima, y ante la falta de explicaciones del compositor, surgieron los primeros rumores sobre la razón del silencio. Se dijo que al estar Sibelius mantenido económicamente por fondos ajenos no tenía necesidad de componer. Se dijo también que el alcoholismo le había derrotado, o bien que estaba demasiado enfermo y pronto iba a morir.

Tales rumores no se corresponden a grandes rasgos con las verdaderas razones, que veremos más abajo, pero algo de verdad contienen. Económicamente no pasó Sibelius grandes dificultades, quizá algunos apuros durante la Segunda Guerra Mundial. Pero eso no es causa suficiente, lo cierto es que en décadas anteriores las penurias económicas secaban su inspiración y al contrario, los momentos más tranquilos y distendidos correspondían con grandes obras.

Tras su operación de garganta en 1908, nuestro autor suprimió el alcohol y el tabaco a rajatabla. Pero hacia 1915 volvió a retomar los nocivos hábitos, llegando también a ocasionales excesos de las épocas anteriores. En efecto, parecía que el alcohol hacía mella en su productividad (en cuanto al número de obras, nunca respecto a su calidad). Pero por las pocas referencias que tenemos de ese retiro en el hogar junto a su familia, el consumo de alcohol disminuyó con los años, y nunca pareció afectarle demasiado en aquella vejez tan prolongada. Lo cierto es que nuestro genio no sufrió muchas enfermedades en el retiro del lago Tuusula, mucho más allá de los achaques de la edad (como el temblor de manos). La tranquilidad de esa vida le permitió una longevidad extraordinaria, teniendo en cuenta sus antecedentes, nada más ni nada menos que 91 años.

- Pero en verdad esa prolongada edad fue inesperada, y desde la citada operación de garganta, el pesimista Sibelius siempre creyó que su fin no estaría demasiado lejos y sus grandes obras ya estaban compuestas. Este miedo a la muerte sí puede situarse como una de las razones más importantes para su silencio compositivo. A finales de 1929 nuestro músico cumplía 64 años, una edad ya por encima de la esperanza de vida de la época. Poco a poco vio a sus amigos y coetáneos morir mientras él permanecía en el mundo esperando. Era el superviviente de una generación casi extinta.

- También estilísticamente Sibelius se sentía un tanto desplazado. Nuestro músico sintió siempre interés por la vanguardia artística de sus últimas décadas, pero no las compartió en su mayor parte. Seguía los estrenos (en directo y en los últimos años a través de la radio y de grabaciones), admiró especialmente a Hindemith o a Bartók. Sin ser aquel reaccionario tonal que pintaba Olin Downes, nuestro compositor nunca quiso llegar a la ruptura con los parámetros musicales de la tradición, aunque ciertamente en su
último periodo se acercó a elementos más arriesgados. Como hemos afirmado en más de una ocasión el gran compositor nórdico no fue ni un tardorromántico ni un vanguardista, sino que se situó en el justo medio, en un "modernismo" que le permitía establecer una armonía nueva (modal y/o de progresiones propias) sin perder la base de la comprensibilidad.

En cualquier caso su camino era solitario, quizá demasiado, y tal vez por ello nuestro músico se sintiera incapaz de traer algo nuevo a un mundo del que cada vez se sentía más desprendido.

- Como dijimos anteriormente, en el momento en que Sibelius se retira en Ainola, su fama está en su punto más álgido. Pero nuestro músico, de carácter tímido e introvertido, se sintió sobrepasado por ella. Ya a final de la década de los 20 empezó a recibir homenajes constantes, y no sólo en su Finlandia natal sino de todo el mundo. Según avanzó su retiro, eran muchas las autoridades (políticas, sociales y culturales) que querían visitarle en señal de admiración. Nuestro autor aceptaba a regañadientes esos honores - salvo algún encuentro extraordinario -, pero poco a poco empezó a excusarse de ellos, y evitarlos salvo que le fuera imposible.

Al tiempo, como habíamos adelantado también, había comenzado una reacción contra esa fama en forma de una continua crítica, provocada por ese posicionamiento antivanguardista (más propios de los sibelianos que del propio autor). Sibelius fue especialmente sensible siempre a las malas críticas y a los comentarios maliciosos sobre su obra. Por tanto, no sería sorprendente que una de las causas de su aislamiento fuera escapar tanto de la fama como de la crítica. Sus obras ya estaban ahí, no necesitaba seguir prendiendo ni la luz ni la hoguera...

En las últimas obras de la década de los 20 (como Tapiola opus 112 o la música escénica para "La tempestad" opus 109) había introducido algunos elementos más vanguardistas, sobre todo armonías más disonantes y texturas más atrevidas. ¿Qué camino había tras esas obras? ¿Llegar más lejos? Quizá Sibelius tuvo miedo de ello, de llegar a un punto con el que no iba a estar de acuerdo. Tras aquellos trabajos no había más pasos para adelante, ni para atrás. No se podía traicionar a sí mismo. Era el momento de dejar las cosas en el punto en el que estaban.

- Hemos hablado en más de una ocasión del obsesivo perfeccionismo de nuestro autor. La década de los 20 Sibelius nos dejó obras de un refinamiento absoluto, como la Séptima Sinfonía opus 105 y su Tapiola opus 112. ¿Eran superables? ¿Se sentía el compositor de escribir algo que lo superara? En ese empeño estuvo sin duda su Octava Sinfonía, de la que hablaremos próximamente. Es muy posible que ese sentido autocrítico le acabara paralizando, máxime en un momento en que se esperaba tanto de él.

En este sentido, la exigencia era demasiada como para no decepcionar, tanto a su público como a sí mismo. ¿Y si esta Octava Sinfonía era peor que la anterior? ¿No era ya la Séptima el broche de oro a su ciclo? ¿Sería más "moderna" y por tanto más ajena a él? Y si fracasaba, ¿no habría que escribir una más aún, una más majestuosa e inolvidable? Una personalidad tan pesimista como la de nuestro autor se enfrentaba al abismo con estas dudas. Y optó por el silencio antes de decir una palabra equivocada.




Jean Sibelius en sus últimos años
 
Conclusiones

Hemos descrito el ambiente en el que Sibelius comenzó su silencio, y hemos planteado distintas respuestas. Lo que en este blog apuntamos, según nuestra opinión, es que esta decisión fue un cúmulo de todas ellas, especialmente de las que hemos descrito al final: su miedo a la muerte, su posicionamiento frente a la música de su tiempo, la fama y la crítica, y su excesivo sentido perfeccionista.

Siguiendo al detalle (cosa de momento no haremos) esos años, uno percibe en cualquier caso que no fue una decisión tomada como tal. Simplemente sucedió naturalmente, poco a poco, un abandono progresivo que tuvo mucho que ver con el trabajo imposible de la Octava Sinfonía.

Sin duda este silencio nos privó de la oportunidad de grandes nuevas obras. ¿Fue una decisión acertada? En cualquier caso fue el broche final para esa personalidad misteriosa y callada de Jean Sibelius, que despedimos hace ya 53 años.

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Entre los bocetos de la Universidad de Helsinki recientemente se encuentran tres/cuatro fragmentos que algunos expertos han atribuido a la Octava sinfonía, aunque es una propuesta muy discutida y arriesgada. Ampliamos la información en este post, escrito un tiempo más .tarde

3 comentarios:

José Manuel Brea dijo...

Al contemplar esa fotografía de la magnífica cabeza de Sibelius, con el músico sumido en la introspección, como vislumbrando la música que todavía lleva dentro, pero diciéndose al mismo tiempo que no tiene más que decir, que melódicamente ya lo ha dicho todo, que no merece la pena dar a conocer nada que no alcance el nivel de lo ya creado, comprendo la dignidad del gran artista. Además, su obsesión de perfeccionismo habría detenido sus impulsos creativos… En fin, hubiésemos querido más, pero creo que es suficientemente significativa la obra la obra que nos ha dejado.

Un saludo, amigo David, envuelto en los compases finales de la simpar séptima sinfonía.

David Revilla Velasco dijo...

Ciertamente es triste esa decisión, que nos hubiera dado un poco a su pesar otras grandes obras (otras que él rechazó son geniales), pero una decisión singular y que le define como alguien muy comprometido con el arte con mayúsculas. Más de algún artista o literato tendría que haber hecho lo mismo, sin duda.

Otro saludo a tí, José Manuel.

manu angel dijo...

hola
yo como amante de la musica de sibelius... y otra mucha.
diria que si hay miedo hay angustia, aun si es forma leve.
y si hay angustia ya no hay riesgo de elocuencia.
es asombroso, las putadas que la mente puede hacernos, verdad?. el no fue una excepcion, desgraciadamente.

hasta luego
ma.a