jueves, 17 de octubre de 2013

1918-19: Guerra Civil. Blancos y rojos. La República de Finlandia

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En el año de 1918 encontramos de nuevo un año vital de la historia Finlandia, que el 1 de enero se enfrentaba al mundo en sus primeras semanas de independencia. Pero las circunstancias sociales y políticas no eran ni mucho menos positivas. El nacimiento de la nueva nación había sido traumático, y aun ese dolor se incrementaría con el suceso quizá más negro de toda su historia, la Guerra Civil. La situación económica amenazaba el desastre total, lo que a su vez  tuvo como efecto un caos de infraestructuras y transporte que impedían un abastecimiento normal.

El enfrentamiento hacía muchos meses que se consideraba inevitable, con una situación tan polarizada, y desde luego no fue ninguna sorpresa para ninguno de los dos bandos que ya claramente se habían construido, obviando las diferencias internas, a primera vista muy grandes. 

Monumento a P.  E. Svinhufvud, entre otros cargos primer ministro de Finlandia desde la independencia hasta el final de la Guerra Civil, junto al actual Parlamento. Foto propia

El gobierno, sostenido por el bloque no socialista, tenía ante sí la amenaza real de la presencia de tropas rusas en el territorio nacional, tropas muchas veces descontroladas y que a su vez sufrían luchas internas en paralelo al conflicto interno de la recién formada U.R.S.S. El primer ministro Svinhufvud inició contactos con Alemania - que comenzaría a ejercer una gran influencia, aunque poco visible para la mayor parte de la población - para salvaguardar la independencia, y quiso a formar una policía y un ejército propios, cuerpos de los que Finlandia había carecido durante el reinado del último zar. Su núcleo en principio debía estar formado por los Jäger, pero su regreso se retrasaría, y entonces el gobierno se centró en antiguos oficiales finlandeses que constituyeron parte del ejército imperial ruso, como Carl Gustaf Emil Mannerheim. El general Mannerheim, de ascendencia noble y muy conservador, recibió el 15 de enero la orden final del parlamento de organizar y comandar las fuerzas armadas, con la lógica oposición del bloque de izquierdas.

Monumento al general Carl Gustaf Emil Mannerheim (1867-1951), como comandante en jefe del ejército blanco finlandés, en la calle de Helsinki que lleva su nombre. Foto propia

El Partido Social-Demócrata se enfrentaba a una doble presión. Por una parte estaba la del gobierno, que ya sea por estrategia o por peso real, lo aisló políticamente. Por la otra parte en sus propias bases se sentía una progresiva radicalización, en especial proveniente de los antiguos componentes de la Guardia Roja, descontentos por no haber ido más allá tras la última huelga general de noviembre de 1917. La dirección del partido se fue inclinando gradualmente hacia el extremismo y planteamientos revolucionarios. Yrjö Sirola, que a la postre sería uno de los fundadores del Partido Comunista, afirmaba que abandonar a las masas sería un suicidio moral para el partido.

Los socialistas, en efecto, pensaban que si tomaban las armas e intentaban apoderarse del gobierno a la fuerza la mayor parte de la población les apoyaría, harta de aguantar la represión de los partidos burgueses. Contaban realmente con el apoyo del campo y de los obreros finoparlantes de la ciudad, unidos en una furia anticapitalista de obvia inspiración soviética. Se formalizó entonces el bando "rojo", que comenzó a luchar en Karelia entre el 17 y el 18 de enero. Al frente del mismo se había situado el general Ali Aaltonen, que como Mannerheim perteneció al ejército ruso, pero militaba en el partido.

Dibujo de Ali Aaltonen (1884-1918), comandante de la Guardia Roja al comienzo de la Guerra Civil

Por otra parte el gobierno se marcó el objetivo esencial de establecer el orden, poner en marcha la economía, acabar con la rebelión, las huelgas y protestas sociales, y liberarse completamente de la influencia rusa - a la que curiosamente habían llegado a acudir meses antes - . El gobierno se apoyaba en las clases media y alta suecoparlante, además de los granjeros y campesinos de todo el norte agrícola, dos tercios del país, y se radicalizaron hacia un conservadurismo a ultranza. Era el bando "blanco".

Mientras la lucha en torno a Viipuri se convertía en un enfrentamiento abierto, el día 25 la "Guardia Blanca" se convertía en el ejército del gobierno, y recibió la orden oficial de enfrentarse a la Guardia Roja. Esta fecha se ha situado como la del comienzo de la Guerra Civil Finlandesa.  

Guerra Civil

El bando de izquierdas intentó desde el primer momento apoderarse de Helsinki, formándose, a imitación de la revolución rusa, un Consejo del Pueblo. Mientras, Mannerheim tomaba posiciones en Vaasa (Ostrobotnia, la costa oeste, suecoparlante, del país), donde se establecieron algunos miembros del gobierno. 

En el comienzo de la guerra, que duraría unos tres meses, las fuerzas rojas controlaron la mayor parte del sur de Finlandia, la zona industrial y de los mayores latifundios agrícolas, incluyendo las principales ciudades del país: Tampere, Viipuri, Åbo / Turku, y muy pronto Helsinki. Esta armada tenía a su favor su mayor número de efectivos, pero siempre mal organizados, entrenados y dirigidos, y careciendo de un objetivo militar claro más allá de la pura defensa. El mando del ejército pasó por distintas manos durante las pocas semanas de la guerra. Además, la dirección socialista no coincidía plenamente con el Comisariado del Pueblo de Finlandia, establecido el 29 de enero, que trató de impulsar medidas revolucionarias como la liberación de las obligaciones de los granjeros frente a los propietarios. El Comisariado fue presidido por Kullervo Manner - que sería el último comandante de la Guardia Roja -, contando entre otros con Otto Ville Kuusinen e Yrjö Sirola, y la aprobación de Lenin, en lejana pero constante vigilancia.

La social-democracia sería acusada posteriormente de querer defender la democracia burguesa, no sin razón, ya que rechazaban tanto la visión bolchevique como la influencia soviética, con una apuesta indiscutible por la independencia total. Esta división acabaría causando tras la guerra la secesión del partido de parte de sus miembros, que crearían el Partido Comunista de Finlandia, dirigido por el ala más claramente revolucionaria. Este sector de la izquierda proclamaría sobre el territorio controlado la República Socialista de los Trabajadores de Finlandia ("Suomen sosialistinen työväentasavalta" en finés, "Finlands socialistiska arbetarrepublik" en sueco). 

El bando rojo contó con el apoyo efectivo de tropas bolcheviques, si bien su número y su importancia real serían mínimos, y tras la firma de tratado de Brest-Litovsk el 3 de marzo, la U.R.S.S. sólo pudo aportar armas y suministros. Mientras, las tropas alemanas sí que ejercerían un gran poder sobre el bando blanco, aunque su número fue igualmente mínimo.

Los nacionalistas no sufrían de las divisiones internas de la izquierda, y tenían claro su objetivo de aplastar la rebelión e implantar un gobierno legal. Mannerheim se puso al frente de un ejército más profesional y organizado, incrementado pronto por los Jäger, que gozaban de gran apoyo popular, y de milicianos voluntarios suecos. El general tuvo continuas discusiones con los Jäger - que como dijimos tenían ideas próximas al supremacismo - por la utilización de oficiales suecoparlantes y/o provenientes como él del ejército imperial. 

Las disensiones en el interior del movimiento blanco no afectaron a la fuerza común: los más conservadores pretendieron acabar con el parlamentarismo que había mostrado sus problemas el año anterior, e implantar una monarquía con apoyo de Alemania, mientras que el ala moderada no quiso renunciar a la democracia y abominaba de la ayuda exterior, aunque en éste último aspecto modificaron su postura a la luz de los acontecimientos. En cualquier caso, durante la guerra llegó a funcionar un parlamento exclusivamente del bando de derechas, en Vaasa. 

El ejército rojo apenas consiguió victorias defensivas, exceptuando las batallas de finales de abril contra las fuerzas alemanas en retirada. Pero para entonces la guerra estaba ya perdida. El punto de inflexión se había producido entre finales de marzo y principios de abril en la Batalla de Tampere, considerada la más importante del conflicto. Y en efecto, fue el mayor encuentro armado de los países nórdicos hasta ese momento, y el más sangriento: más de 2000 muertos y más de 10000 prisioneros, acarreando además la destrucción de buena parte de la ciudad. En la batalla no hubo participación extranjera, lo que para la memoria posterior ejemplificó a la perfección la guerra de "hermano contra hermano". El 6 de abril las tropas rojas fueron derrotadas finalmente, trasladando los últimos esfuerzos a la capital y a Viipuri. 

Durante toda la guerra hubo numerosas matanzas en ambos bandos, hablando los historiadores tanto de un "terror rojo" como de un "terror blanco". Aunque desde el principio de la guerra se habían establecido reglas de compromiso que en teoría no toleraban dichos actos, las investigaciones más recientes señalan que ambos estados mayores no sólo permitieron los actos de violencia, sino que los contemplaron como parte de la acción bélica. Auténticos escuadrones de la muerte, formados por pequeñas unidades irregulares y rápidas de caballería fueron en busca de sus objetivos a lo largo de todo el territorio que dominaban. Mientras que los rojos ejecutaban a "enemigos de clase" (grandes propietarios, industriales, etc.), las matanzas blancas se centraron en militantes y oficiales de izquierda. Aunque tras la guerra el bando vencedor elevó las matanzas de blancos como las principales, las cifras reales se fueron conociendo con el tiempo, y la balanza se desequilibró hacia el lado contrario, con 1400 a 1650 blancos contra 7000 a 10000 rojos asesinados fuera del combate.

A finales de abril se tomó Helsinki, y el 5 de mayo se eliminaron las últimas fuerzas de importancia del bando rojo por parte de Mannerheim. Aun tropas rusas resistieron hasta el 14 y el 15, pero finalmente fueron expulsadas. El 16 de mayo se proclama la victoria de los blancos, con un gran desfile en Helsinki.

Vencidos y vencedores

Pero para Finlandia la guerra había sido un drama. Murieron unas 37000 personas, aunque se calcula que sólo poco más de una cuarta parte lo habían hecho en combate abierto, siendo el resto víctimas de los actos de terror y las condiciones de los campos de prisioneros. Gran parte de las víctimas eran adolescentes: una generación entera diezmada.
Al acabar la guerra había unos 80000 prisioneros, y el gobierno vencedor decidió aplicar juicios caso por caso. Aunque soltó inicialmente a unos 5000 encarcelados, principalmente mujeres y niños, finalmente unos 70000 fueron declarados culpables de traición. Sin embargo la mayor parte obtuvo libertad condicional. 555 fueron condenados a muerte, siendo aplicada finalmente la sentencia a 113 ejecutados. En realidad durante los procesos muchos habían muerto, ya por la indiferencia de las autoridades, que dejaron a los prisioneros en manos del hacinamiento, ya por hambre o enfermedad. El resentimiento, tanto por las matanzas, la derrota y la represión posterior dejó una huella de rencor y odio en la izquierda durante décadas, rencor y odio que sintieron a su vez el resto de la población por ellos. Políticamente la social-democracia fue alejada del poder máximo durante casi dos décadas, y el incipiente comunismo finlandés se exilió en gran parte a la U.R.S.S.


El campo de prisioneros de Suomenlinna 

En el bando blanco lo cierto es que la situación tampoco fue triunfal. Con la guerra ganada, las diferencias hasta entonces enterradas salieron a la luz, incrementadas por el radicalismo propio de una postguerra. El general Mannerheim, días después de ser el centro de los honores en el desfile de la victoria, dimitió furioso por sus conflictos con el gobierno: el poder analizaba con los alemanes la reorganización del ejército finés. La ideología Jäger además se imponía, queriendo expulsar de la armada a todos lo que se alejaran de su concepto de "verdadero finlandés" y patriota (Mannerheim desconocía prácticamente el finés en aquella época). A lo largo de la siguiente década lograron su objetivo, adueñándose de un ejército de clara orientación ultranacionalista.

Juho Kusti Paasikivi (1870-1956) sucede a Svinhufvud en la presidencia de la eduskunta (presidente de Finlandia al efecto), y se forma un nuevo parlamento, en el que se vetaría la entrada aquellos políticos que formaron parte de la rebelión. Por lógica el Senado resultante será de mayoría conservadora, con un único diputado social-demócrata, tres finalmente con el transcurrir de los días. La institución pide formalmente que las tropas alemanas permanezcan en el país, ante la amenaza rusa y de una guerra mundial que aún no había terminado.

El reino imaginado

La victoria blanca ha instalado en el poder lo que ha sido denominado por historiadores actuales el "partido alemán", que apoya en público al Reich y negocia en secreto con él. Se sospecha incluso que en muchas de las decisiones tomadas en este periodo los gobernantes locales no fueron más que títeres de los tejemanejes de Alemania.

La mayoría de estos políticos conciben el futuro de Finlandia como una monarquía, a semejanza del resto de las naciones nórdicas (y como postulaban en aquellos momentos también los recientemente independizados territorios bálticos). Bajo la influencia germánica empiezan a contemplar un nombre: el príncipe Federico Carlos de Hesse, a la sazón cuñado del emperador alemán, Guillermo II. El 9 de octubre el senado lo propone finalmente como futuro rey de Finlandia. 
Pero el peso del Reich pronto se hundirá, al ser derrotada Alemania en la Guerra Mundial en noviembre, con la abdicación del emperador el día 8 y la firma del armisticio el día 11. El partido "alemán" pierde su influencia, y el monarquismo inicia un lento declive. Lauri Ingman (1868–1934) es elegido nuevo primer ministro, mientras el país permanece en el impasse de dirimir qué sucedería respecto a la jefatura del estado. El príncipe Federico Carlos no llegaría a reinar, ni siquiera llegó a pisar el país nórdico. El 14 de diciembre renuncia oficialmente al trono, al parecer presionado por los aliados, triunfadores de la Gran Guerra.

El día 18 de diciembre el gobierno pasa de nuevo a manos del general Mannerheim en calidad de "regente", con Ingman mantenido en el cargo, legítimamente emanado del parlamento. El
barón suecoparlante, antiguo general del zar,  trata de conseguir el apoyo del antiguo entente imperial ruso, elaborando un plan con los exiliados para invadir Petrogrado y expulsar a los bolcheviques. Se pretendía que una vez se disolviera el parlamento, tras la aprobación de la nueva constitución que se estaba redactando, se aprovechara el interregnum para convocar la intervención. 

El gobierno de regencia presidido por Mannerheim, quien está sentado en la cabecera de la mesa. 
El retrato del zar Alejandro I aún sigue presente, aunque Mannerheim ya no se sienta en el antiguo trono, que utilizaban los zares cuando acudían a Helsinki.

Mannerheim era apoyado por Gran Bretaña, pero EE.UU. y Francia desconfiaban de él. El gobierno social-demócrata habían comprado víveres a EE.UU. en 1917, y sólo podían llegar al país desde América y con el apoyo de la Conferencia de Paz de París. El general detentaba en la práctica un poder absoluto, dictatorial, y muchos creían que debía abandonar el poder cuanto antes. Él mismo tenía muchas dudas sobre la guerra planificada, y decidió finalmente anular la iniciativa.

En los siguientes meses los cambios políticos fueron rápidos, pero firmes y definitivos. Entre el 17 y el 28 de diciembre se celebran elecciones locales, por primera vez bajo sufragio universal. Entre el 1 y el 3 de marzo de 1919 llega la hora de las elecciones a la eduskunta, que arrojan una mayoría relativa de los social-demócratas, con 80 sobre los 200 escaños, aunque sus oponentes se coaligaron para que perdieran la mayor parte de sus propuestas y no tocaran el poder. 

Se pone  entonces en marcha el proceso constitucional, presidido por Kaarlo Juho Ståhlberg, perfilándose progresivamente la opción de una república presidencialistacomo forma de gobierno, frente a la idea monárquica del sector más conservador, o el parlamentarismo que propugnaban los social-demócratas.

La República de Finlandia

Mannerheim ratifica la nueva constitución antes de que se realizara la primera elección del presidente de Finlandia en el parlamento (no fue hasta la Constitución del año 2000 cuando el presidente sería elegido por sufragio universal). El barón se presentó a la votación con el apoyo del Partido Coalición Nacional y el Partido Sueco, esperando arrastrar más votos y ganar. Pero no obtuvo los votos suficientes y se alejó de la vida pública, convirtiéndose en un mito viviente de la Finlandia conservadora y nacionalista. Aunque no sería para siempre.

El elegido
el 25 de julio de 1919, por 143 a 50 votos, fue un jurista de renombre, con una fuerte capacidad de concordia y poco ambicioso, Kaarlo Juho Ståhlberg, candidato de su formación, el Partido Nacional del Progreso, de carácter liberal, y del Partido Agrario.

Monumento a K. J. Ståhlberg (1865-1952), primer presidente constitucional (1919-1925) de la 
República Finlandesa, junto al actual Parlamento. Foto propia

Entonces comienza verdaderamente el siglo XX en Finlandia. Ha pasado lo peor, pero los primeros años serán difíciles, con una nación en gran parte aislada por decisión propia, temerosa de sus vecinos rusos y de la influencia de otros países, buscando su propia identidad. Es un tiempo nuevo, pero no escapa a su pasado reciente. La violencia seguirá pesando en las conciencias de los finlandeses. Los hombres y los grupos radicales que habían detentado el poder, aunque fuera durante semanas, tratarían de recuperarlo. Los herederos de los bandos de la guerra seguirán reprochándose los males de la misma durante los discursos políticos, atribuyendo a la acción del contrario las nuevas penurias. La recién fundada República de Finlandia vivirá unos años de entreguerras complicados, llenos de tensiones ocultas, crisis, y todo tipo de obstáculos. Pero fueron los primeros años de la largo tiempo anhelada libertad.
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Para el presente artículo se ha consultado principalmente de los libros "Historia de Finlandia" de David Kirkby (2006, edición española de Akal, 2010), y "Los países nórdicos en los siglos XIX y XX" de Jean-Jacques Fol (1978, edición española en Nueva Clío, 1984). 
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