jueves, 25 de julio de 2013

Cuarteto de cuerda en re menor opus 56 "Voces intimae" (1909): 5. IV. Allegro (ma pesante) (análisis)

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El cuarto movimiento del Cuarteto "Voces intimae" se despliega como un segundo scherzo de la pieza, igualmente breve. Sin embargo, al contrario que el caso del primero (el segundo tiempo), que sí tenía carácter propio de scherzo - en el sentido más mendelssohniano del término - este segundo nos lleva más bien a a la dimensión de la danza, a un minueto de corte clásico. Aunque sólo formalmente, ya su atmósfera será plenamente moderna, oscura, una especie de danza mefistofélica. Con este cuarto movimiento se logra una perfecta simetría entre los cinco movimientos del cuarteto, produciéndose una necesaria transición anímica entre el trascendental tercer movimiento y el agitado final. 

El tema principal se presenta directamente, sin preparación, ofreciendo así toda su rotundidad:
En el re menor básico del cuarteto, tiene un claro sabor a menuetto, con su acentuación característica y su rítmica aristocrática. Básicamente es una melodía con acompañamiento puramente acórdico, que casi encajaría como una pieza para violín y piano como las de su juventud, o las que escribiría los años siguientes. Su principal rasgo son las apoyaturas que se producen en la parte fuerte del compás, así como su rápida expansión a la menor, lo que le da un colorido marcadamente dórico, nada raro a lo largo del cuarteto.

El tema es repetido, como se demanda en una danza clásica, pero será sumergido en su final bajo síncopas y dobles cuerdas (en el primer violín). De repente la firmeza del minueto se ahoga, retorcida por un breve motivo cromático, seguido de una corriente ascendente de tresillos de corcheas:
Tenemos aquí una cadena de dos motivos que junto con el tema principal constituirá el material fundamental del tiempo. Como decíamos consta de un breve pero definitorio motivo cromático, de carácter trágico, seguido por una informe masa de corcheas, que corresponde con lo que hemos llamado "aura" a la perfección, un retazo armónico y rítmico que en principio podría parece un material acompañante o de transición, pero que más bien es el verdadero protagonista de la música.

La danza vuelve brevemente, más turbia, pero el motivo cromático y el aura de tresillos se adueñan del discurso musical, pasando al tono de sol menor, con esa cuarta aumentada del motivo que le da su singularidad. Esta lucha será constante a lo largo del movimiento. El motivo cromático se presenta en diálogo entre el primer violín y el cello (a veces con un unísono), lo que nos lleva a la conversación "íntima" con la que se inauguraba el cuarteto, transformada aquí en discusión sin resolución posible. 

La danza se recupera, pero ahora es mucho más apasionada, y en verdad pasamos del aristocrático minué hacia un ritmo próximo al vals (primer violín):

Estos sones de vals se desarrollan libremente, frenéticamente mezclados con recuerdos del tema principal. Retorna después el motivo cromático y las olas de corcheas, con su diálogo entre violín y cello, ahora con mayor nerviosismo, hasta fusionarse apasionadamente en un poderoso unísono. Con la vuelta del vals, se recupera también el aura de tresillos, unido ahora al frenesí total, que parece llevarnos a una coda que nunca llega realmente.

Más bien se produce un significativo cambio en el discurso musical. Se llega al tono de Re Mayor / si menor y la textura se adelgaza con fragmentos motívicos, en una sección que en principio haría las veces de trío:
Se nos presenta un simple motivo de quintas descendentes (que nos lleva a materiales de los movimientos anteriores), pasando de un instrumento a otro, alternando con la cabeza del tema principal (Ej. IVa). La atmósfera es más etérea, en principio tranquila, hasta que las síncopas de la viola acrecientan poco a poco la tensión. 

Sin embargo todo parece quedar en suspenso (indicación de poco ritardando), apagándose en pianissimo. Llega el turno de la reexposición del tema principal, tras este elíptico trío, que por su duración casi no merecía llamarse así, aunque anímicamente sí que parece tener esa función. El minueto se retoma primero en fragmentos, hasta cantarlo el primer violín con una melancolía otoñal, más callada.

En el motivo cromático tendrá una presencia más significativa de la subsiguiente aura, aunque bajo una dinámica en general más suave, hasta desembocar en el vals, recuperando toda la fuerza y la tensión. Tras él reaparece el motivo cromático en un impactante unísono entre los dos protagonistas instrumentales.

El vals, protagonizado por un desesperado primer violín en registro agudo, nos conduce poco a poco a una acumulación de nerviosismo, en la tonalidad de la tónica, destinado a explotar en una coda que de nuevo parece no alcanzarse jamás, hasta alcanzar un clímax de unísonos de los cuatro arcos y dobles cuerdas.

Todo es interrumpido por el motivo del "trío", dolce, en el primer violín acompañado por tenues pizzicati del resto del cuarteto, para devenir en una nota solitaria y alargada que frustra (un remedo del acorde de sexta napolitana) el final. Y extrañamente nos lleva a un stretto, constituido por un diseño que nos es de alguna forma familiar (primer violín): 

El dibujo presenta una forma distorsionada del comienzo del tema inicial del cuarteto (Ej. Ia), que además anuncia la variante que será a su vez inicio del movimiento final. En este momento Sibelius no es quizá lo suficientemente sutil, pero asegura ciertamente la unidad del cuarteto. A Erik Tawaststjerna el pasaje le recuerda uno análogo en el Andante de la Segunda sinfonía.

Retornan los unísonos para conducirnos a trazos del tema principal y del aura de tresillos de corchea, amalgamados magistralmente, hasta que el material principal se fragmenta, deshaciéndose finalmente en un pesante y vencido violoncello en solitario. Esta coda es muy semejante a la del primer o la del segundo tiempo (recalcamos la idea de que las pausas entre los movimientos, excepto quizá entre el tercero y el cuarto, deberían ser mínimas), creando expectativa así para la brillante conclusión de la partitura. 
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Proseguimos ilustrando sonoramente el análisis con el registro del Cuarteto Melos:
(enlace)

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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido amigo, déjeme felicitarle por este blog que es un regalo para cualquier melómano y no digamos para los sibelianos.
Modestamente, yo también he hecho lo que he podido (más bien poco, como verá) por expandir el genio de Sibelius. Le paso un enlace de mi blog donde colgué un artículo publicado en su día en El Mundo. Puede que le sea de utilidad si no conoce el libro de relatos La mesa limón de Julian Barnes, el último de los cuales está dedicado a Sibelius
Un abrazo y felicidades por el blog
David Torres

Anónimo dijo...

El enlace:

http://www.hotelkafka.com/blogs/david_torres/?p=87

David Revilla Velasco dijo...

Hola, David, encantado de haberte conocido y muchas gracias por tus palabras. perdona por no haber contestado antes.

No conocía el dato del libro de Barnes, lo apunto.

Y felicitarte por tu artículo sobre Sibelius, lo cierto es que me parece una visión más que correcta en el espacio de tu columna, francamente acertado. Y con muy buena información, lo que dada la tónica habitual que se suele encontrar sobre el compositor (datos incorrectos, de segunda mano, cuando no prejuicios heredados y tópicos hace tiempo superados)ya es un punto positivo. Muchas gracias por poner tu granito de arena en la difusión de la música del maestro.

Espero contar con tu presencia habitual, a partir de esta semana proseguiremos publicando nuevas entradas para que todos los sibelianos puedan seguir disfrurtando con su lectura.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Leo con retraso tu contestación, David. Tenemos un amigo común, me parece.
Un abrazo

David