miércoles, 7 de mayo de 2014

Sibelius: el problema con el alcohol y el tabaco

Uno de los aspectos que más han llamado la atención a quienes se han acercado a la personalidad y a la biografía de Jean Sibelius refiere a sus malos hábitos en torno al consumo, a veces inmoderado, de alcohol y de tabaco. Sobre ambas costumbres se hace innegable el afirmar una cercanía a la adición, al menos en determinados momentos en su vida, y una influencia en su propia creatividad. Si la limitaron, si la incentivaron o si dotaron a su música de un "color" o de una naturaleza distintiva es desde luego objeto de discusión. Pero en cualquier caso sería injusto tachar a nuestro músico de alcohólico o de dependiente del cigarro, caricatura que le acompañó ya entre sus contemporáneos y que ha sido aprovechada por muchos de los enemigos de su música en décadas más recientes.

Caricatura de finales de los años 20, referida a cada una de las siete sinfonías de Jean Sibelius. Característicamente las vigorosas Tercera y Quinta, además de mostrar al músico con su cigarro, también lo muestra ebrio

El icono de un Sibelius fumador de puros (muy raramente cigarrettes) es antológica, hasta el punto en que ha llegado a existir - desconocemos si existe todavía - una marca de cigarros con su nombre (y firma) en la propia Finlandia. 


Muchas fotografías del autor lo muestran acompañado con un cigarro puro, algo que no se corresponde a un "pose" buscado, sino a un aspecto que podía contemplar con frecuencia cualquiera de sus contemporáneos, al menos si lo encontraban en su casa de Ainola o relajado en algún restaurante de la capital. 

En multitud de entrevistas  los periodistas apuntan efectivamente a charlas transcurridas bañadas en humo, y muchas de las referencias de sus coetáneos confirman esa misma impresión. No deja de ser curioso (y probablemente no sea un hecho casual) el que el genio nórdico conservara en sus recuerdos como casi única imagen de su padre Christian Sibelius, desaparecido cuando él tenía apenas tres años, rodeado también del humo de sus cigarros.

Cuando en los años 30 su fama alcanzó las más altas cotas, sobre todo en el mundo angloparlante, muchos aficionados empezaron a mandarle como regalo de reconocimiento magníficos puros de todo el mundo (en este enlace podemos ver una lista de sus marcas favoritas, encontrando entre ellas la que llevaba su nombre). Durante la Segunda Guerra Mundial el mismo Winston Churchill se aseguró de que le llegaran habanos, su tipo preferido, con su dedicatoria (hecho a destacar ya que Finlandia combatió contra la URSS, aliado de Reino Unido), costumbre que se perpetuó incluso hasta su 90 cumpleaños.

"Tienes que tener una relación personal con un cigarro. Es molesto con un mal fumador y no quiere arder. Si hablas mucho mientras fumas, el cigarro te castiga y para de arder, y tienes que encenderlo de nuevo. Debe ser tratado con respeto y elegancia" - sentenciará con yerno Jussi Jalas en 1943.
El consumo de tabaco y de alcohol parece que se inició en su juventud, durante sus años de estudio en la capital, muy unidos en principio al aspecto más lúdico de su estancia: noches de diversión e imaginativas tertulias con sus amigos.  Sin embargo después de aquello ambos hábitos toman un tamiz distinto. Mientras que el tabaco se convierte en un compañero constante, unido a la cotidianeidad, a momentos de relax o trabajo rutinario, el alcohol adquirirá mayor carga en lo emotivo, una necesidad relativa a determinadas carencias de personalidad o incluso afectivas. Todo ello relacionado además con el hecho de que su abuso del alcohol es fluctuante por épocas y situaciones internas (aunque como veremos más adelante también por circunstancias ajenas).

Sibelius pudo comprobar en numerosas ocasiones que era víctima de un alto grado de miedo escénico cuando empezó a tocar el violín y también a dirigir durante sus años del conservatorio de Helsinki. Y muy pronto también que el alcohol le permitía calmar sus nervios a la hora de actuar, olvidarse del público y centrarse en la música de manera más intuitiva y natural. Cuando interpretaba en total sobriedad era frecuente que las manos le temblaran: con el alcohol el temblor raramente aparecía.

Será frecuente encontrar a nuestro músico visitando los restaurantes de aquellas ciudades en las que dirigía - tanto en Finlandia como en el extranjero - para ingerir una buena cantidad de bebida antes de un concierto, en ocasiones hasta botellas enteras. La anécdota más extrema y conocida al respecto se dio en un concierto en Gotemburgo, en abril de 1923, cuando paró la orquesta hasta dos ocasiones en los primeros compases que tocaban... ¡pensando que estaba en un ensayo! 

El alcohol le daba seguridad en el podio, pero también le daba seguridad en general ante todo tipo de situaciones sociales. Actividad pública y bebida siempre estuvieron unidos. El Sibelius de restaurantes, salones, recepciones, etc. debía estar acompañado de alguna copa, porque en caso contrario su extrema timidez e introversión le hacían aislarse de los demás. A decir verdad muchas de las largas veladas con sus amigos, en las que surgían grandes temas, grandes ideas estéticas, y hasta grandes temas musicales estuvieron regadas con abundante alcohol, como nos recuerda el cuadro de Gallén-Kallela "El simposio", que recoge las etílicas noches de esa época.

Versión final de "El simposio" (1894). 
De derecha a izquierda: Jean Sibelius, Robert Kajanus, Oskar Merikanto, y el propio pintor, Akseli Gallén-Kallela.

Aquellas noches en Helsinki empezaron a ser progresivamente más problemáticas. El músico fue consciente de ello, sobre todo ante el hecho de que constituían una continua fuente de conflictos con su mujer, Aino. Alejarse al alcohol y de los problemas que acarreaba fue una de las principales razones para construir un hogar en la pequeña localidad de Järvenpää, Ainola. Allí podría trabajar sin distracciones, lejos de las sesiones brumosas de la capital.

Pero lo cierto es que el consumo de alcohol no desapareció, aunque quizá sí disminuyó algo. No sólo porque aún aprovecha los viajes a Helsinki para ahondar en los malos hábitos, al igual que en los cada vez más frecuentes viajes al extranjero, sino porque en la propia Ainola había adquirido la costumbre de beber en soledad, ocultándoselo casi siempre a su compañera. ¿Cuáles eran los motivos? Desde luego ya no podía ser el pánico escénico o el socializar. Se había convertido desde luego en un hábito adquirido. Pero además encontraba en el alcohol refugio a su terrible pesimismo, a penas profundas muchas veces injustificadas fuera de sus procesos interiores.

Y también por ser consciente de que el alcohol era un estimulante a su creatividad. No así el trabajo en sí, que de hecho dificultaba, sino a la fase más puramente imaginativa e inspirativa de su composición. Muchos esbozos de temas y bocetos de composiciones parecen haber nacido de su imaginación intoxicada por el alcohol, en medio de improvisaciones y ocurrencias bajo unas cuantas copas. Obras como el Concierto para violín parecen en efecto haber nacido de esta manera.

A esas alturas el músico entendía que aquella situación podía degenerar en algo insostenible, al igual que sus médicos, que profetizaron que lo acabaría pagando. Y así fue. En 1908 se le detecta un tumor en la garganta. Probablemente de carácter benigno, pero debía ser extraído, con el consiguiente peligro para su vida. Si la enfermedad se debía al tabaco o al alcohol, o a una combinación de ambos, es casi imposible decirlo, pero desde luego tanto los médicos como el propio compositor afirmaban que ambos elementos eran los claros culpables. 

El tumor es operado con éxito, no sin dificultades. Tras ello los médicos le prohíben volver a sus vicios, lo cual asume con absoluta disciplina. Por supuesto tuvo que ver el miedo a una muerte próxima, a que el cáncer volviera y acabara con su vida (miedo que jamás lo abandonó a pesar de sobrevivir casi cinco décadas más). 

Durante unos siete años no volvió a probar ni un cigarro ni una gota de alcohol, a pesar de que tuvo oportunidades y tentaciones (sobre todo en viajes al extranjero, donde era continuamente agasajado). Su ánimo cambió hacia un sentimiento aún más introspectivo y cerrado, pesimista a más no poder. Estaba claro que esos estimulantes influían en su carácter. Pero al tiempo la determinación lograda por abandonar por completo esos hábitos muestran claramente que Jean Sibelius no llegó al extremo de ser un adicto al tabaco o un alcohólico, sino más bien poseía hábitos que en demasiadas ocasiones se hacían excesivos.

En primavera de 1915 muestra en su diario las primeras referencias a sus viejas prácticas, primero de forma ocasional, pero progresivamente el retorno al tabaco y al alcohol se producirá con la misma intensidad que antes. Y de nuevo vuelven también los mismos conflictos, aunque ahora las peleas con Aino y sus angustias internas crecen, en gran parte por el sentimiento de culpabilidad que ahora le causaba.

Sin embargo estos años, años de Guerra Mundial primero y de Guerra Civil después, las oportunidades de conseguir abastecer sus hábitos habían disminuido mucho. Especialmente por el hecho de que Sibelius no fue un fumador y un bebedor que se agarrara a cualquier artículo a su disposición, sino que fue un gran sibarita de marcas selectas, siempre buscando las mejores productos (lo que siempre incrementó sus problemas económicos). La obtención de buenos puros y licores era siempre reseñado de manera especial en su diario o en sus cartas, y en los relatos de sus viajes siempre hace referencias a la calidad del tabaco y del alcohol que le ofrecían sus amigos y anfitriones.

Fuera de casa nuestro músico era especialmente aficionado al champán y en general a todo tipo de espumosos. En casa o en veladas con amigos gustaba principalmente de whiskey, de brandy y de vino, no despreciando otros licores como el Benedictine (podemos ver una lista de marcas preferidas en las décadas de los años 20, 30 y 40 en este enlace).



Receta personal (1943) de un ponche que elaboraba el propio músico 
(1 l. de agua + azúcar + mermelada + brandy o aguardiente. Añade 2 botellas de vino cuando todo esté completamente frío. Añade unas pocas gotas de aceite de bergamota en un terrón de azúcar, que debe ser diluido en agua. N. B. Todas las aguas minerales hacen negro al ponche)

Tras la Guerra Civil, cunde entre la población la idea de que los desmanes del conflicto han sido debidos en parte al alcohol, y en cualquier caso, ante las tensiones todavía a flor de piel había que evitar cualquier invitación a comportamientos antisociales.  Leyes en contra del alcohol habían sido promulgadas en los años anteriores en Rusia (reafirmada en la URSS), Islandia y Noruega, promoviendo la prohibición total, y la vecina Suecia un veto parcial. De hecho en teoría en Finlandia la prohibición de Moscú les alcanzaba, pero nunca fue así en la práctica, aunque sentaba por supuesto un precedente legal. Además, dentro del clima conservador que se dio en la postguerra, en el que la voz de muchos personajes considerados como referentes morales era más escuchada que nunca (tras décadas ya de movilización), la llegada de la ley en Finlandia estaba servida.

"Si la prohibición se convirtiera en una realidad [...] Jean no nos deleitaría más con sus divinos tonos". 
Caricatura de Oscar Furuhjelm

Como podemos ver en la imagen de arriba, la propia figura de Sibelius, su afición a la bebida y la relación con sus partituras fue utilizada durante el debate en contra de la ley. En especial el Partido Sueco - que vio siempre a nuestro músico como uno de los suyos - se manifestó belicosamente en contra, argumentando que los suecofineses eran más capaces que los finoparlantes para la autodisciplina, por lo que no necesitaba ninguna ley para ello. Sus enemigos en cambio aprovecharon tal defensa para ponerles una etiqueta de alcohólicos, orgullosos además de serlo...

El 1 de junio de 1919 se aprueba en Finlandia la llamada "Kieltolaki", Ley de Prohibición. Todo alcohol, excepto para uso industrial, médico o científico era prohibido. Pero gran parte de los finlandeses, a pesar de ser un pueblo sumamente acostumbrado a respetar las leyes (aunque quizá en esta época de adquiridas libertades no tanto), y de que las penas legales eran duras, se las arregló para conseguir alcohol. El contrabando y las destilerías caseras fueron harto frecuentes. Por no hablar de otras estratagemas más refinadas, a las que acudió precisamente nuestro protagonista: recibirlo como medicamento por prescripción facultativa. En efecto, por receta de sus doctores, Sibelius pudo conseguir licores medicinales, brandis medicinales, vinos medicinales y otros productos similares que se dispensaban en farmacias...

La tendencia al exceso a la bebida vuelve a notarse hacia principio de los años 20, de nuevo provocando graves riñas con Aino y un sentimiento de culpa aún mayor. El compositor  se siente además desolado en lo personal por el hecho de que muchos de sus contemporáneos van desapareciendo y se queda solo: "el alcohol es el único amigo que nunca me decepciona". Esta frase, escrita en 1924, lo expresa todo.

Es en torno a ese año cuando el consumo de bebidas parece alcanzar un nuevo máximo, y el problema llega hasta tal punto que Aino se niega a acompañarlo a un viaje a Gotemburgo para el estreno de la Séptima Sinfonía, y evitar así el bochorno de contemplar los excesos de su marido en estas visitas.

Con propósito de enmienda, nuestro músico va relajando la bebida con los años, llegando en un par de ocasiones incluso proponerse abandonarla totalmente, aunque sin mucho éxito. Pero simplemente con los años, la vejez, la fama internacional, la mejora económica y el estado de paz interior que en general acompañó a la época conocida como "el silencio de Ainola", los malos hábitos van disminuyendo progresivamente, siendo cada vez más una actividad sibarita que una dependencia real.

En sus últimos años de vida incluso parece ver su propia longevidad como una victoria frente a los efectos negativos de sus vicios: "todos los doctores que me ordenaron no fumar ni beber está hace mucho muertos. Pero yo continúo viviendo" diría al fotógrafo Santeri Levas.
Cabe finalmente preguntarnos: ¿el consumo de tabaco, y sobre todo de alcohol, afecta no ya a su creatividad o a su trabajo, sino a su estilo musical, a la propia naturaleza de su música? No es desde luego una desdeñable pregunta, máxime cuando en los últimos años han aparecido varios estudios que relacionan determinadas enfermedades de grandes compositores con las características de su música.

Justamente podríamos especular al respecto al hacernos la pregunta contraria: ¿la ausencia de esos estimulantes tiene efectos en su estilo? Y de hecho podemos responder contando con hechos nada hipotéticos ya que, como sabemos, entre 1908 y 1915 nuestro músico dejó de beber y de fumar, lo que en efecto se trasladó en un cambio de estilo, al que hemos llamado "periodo oscuro". Pero también hemos apuntado a que quizá no exista una relación causa-efecto en esto, sino indirectamente: el cese del consumo provoca un cambio de ánimo en el músico, y este cambio en el ánimo se traduce en el cambio de estilo.

Estamos no obstante tentados a afirmar, yendo más a detalles musicales a que quizá sí que haya una relación más directa. Precisamente en torno al uso de "auras" en sus texturas, muy presente en épocas de más exuberante imaginación (que también es un periodo de gran consumo de bebidas), ausentes casi en su periodo "oscuro". El aura a veces puede traducirse como una metáfora de lo inconsciente, de lo natural, del misterio de presencias invisibles, de lo intuitivo... algo que a nuestro músico le proporcionaba artificialmente el alcohol...

La cuestión desde luego está abierta. No obstante esperamos con este post haber causado la reflexión y el debate entre los amantes de la música de Jean Sibelius. Y por supuesto no olvidar que aunque Jean Sibelius y su música estén unidos a estos malos hábitos, esos hábitos no dejan de ser nocivos. Recomendar a nuestros lectores que el único vicio sibeliano del que deberían abusar sea justo su música.