jueves, 11 de abril de 2019

Sexta sinfonía opus 104 (1922-1923): 1. Historia de la obra (1912-1923)

La Sexta sinfonía forma parte el trío de sinfonías finales del maestro Sibelius, y que constituyen sin duda el mayor logro de su carrera. Situada entre los dos gigantes en Mi bemol Mayor y Do Mayor, y entremezclada en su génesis, esta sinfonía se muestra misteriosa, lejana, tejida de sonoridades cristalinas y puras, telúricas y ancestrales, y un ánimo solo descriptible como nórdico... 

Si todas las sinfonías sibelianas después de la Tercera son únicas y singulares de su autor, esta es sin duda, junto con la Cuarta, la más sibeliana del ciclo. Y lo es por causas intentas, por un lenguaje sonoro, armónico, tan personal que sería imposible encontrar un trabajo así en manos de otro autor. Su forma queda diluida entre sus temas y su propia evolución interna, que gobierna con sus cambios la esencia de su música.

La Sexta sinfonía fue planeada muchos, realmente muchos años antes de que tuviera una forma escrita, incluso antes de esbozar sus contenidos musicales. Tan pronto como en 1912 encontramos una mención en su diario (en el mes de marzo), en el que adelanta sus dos próximas sinfonías tras la conclusión de la extenuante Cuarta: “una quinta sinfonía. Una sexta sinfonía: "Luonnotar". Queda por ver si estos planes perdurarán.” 

Lo cierto es que perduraron, pero las propias conceptualizaciones de las composiciones de Sibelius son muy a menudo como su propia música: evolucionando a partir de un germen inicial y mutando a diferentes formas hasta adquirir una esencia definitiva, a veces distinta de la original. La Quinta llegaría en efecto en 1915 (encontrando dos revisiones hasta la versión definitiva además). Pero hasta once años más duraría la gestación la Sexta..


Comienzo de la Sexta sinfonía en el manuscrito de Sibelius, situado en el Museo Sibelius de Turku

Es esta primigenia concepción vemos a la sinfonía unida a una idea programática: la de Luonnotar, la principal de la ilmataret o doncellas del aire, y además diosa-madre que en el "Kalevala" da nacimiento al héroe Väinämöinen, en uno de los pasajes más atávicos y mitológicos de los cantos compilados y editados por Elias Lönnrot (runo I). Un primer proyecto con este argumento llegó a ser parcialmente musicado, pero acabó siendo convertido en el poema sinfónico La hija de Pohjola opus 49, también con un programa extraído del "Kalevala". Finalmente, la historia de Luonnotar se separaría del proyecto de la Sexta, para convertirse en el texto base de Luonnotar opus 70, que fusionaba en una misma partitura el poema sinfónico con la canción orquestal.

En 1914 en los cuadernos de bocetos del maestro comienzan a aparecer temas tanto para la Quinta sinfonía como para la SextaDurante el proceso no solo fueron cobrando forma sus temas musicales, sino que la propia obra sufre de transmutaciones formales: el 16 de diciembre anota: “he trabajado en la Fantasia I”. Esa "Fantasía" no es otra que la partitura que acabaría siendo la sinfonía. Y es que sus dos últimas sinfonías fueron más de una vez referidas como "Fantasia sinfonica" en lugar de "sinfonía" propiamente dichas, lo que señala con toda claridad la libertad formal que el autor anheló con el paso de los años. Incluso el autor  jugó con la idea de aislar el primer movimiento de la versión final de la Quinta y llamarlo así, Fantasia sinfonica. No fue el caso tampoco de la Sexta, cuya relación con la denominación no tuvo más recorrido: pero en cambio la Séptima sí llegó a ser estrenada con ese título original (en 1924).

En ese estado los temas no aparecen en general muy definidos, y de hecho, como veremos, algún boceto llegan a intercambiase de una obra a otra, o a una tercera, como la Sonatina para violín y piano opus 80; (dedicaremos nuestro siguiente post a analizar en detalle los principales bocetos de la obra). Solo queda claro que la Sexta tendrá su centro tonal en re, y en re dórico antes que en re menor. 

Tras el estreno de la versión original de la Quinta, no le llegaría el turno inmediato a la Sexta, sino a revisar una vez más y hasta una segunda la Quinta. Aunque en algunos días le concede prioridad (27 de febrero de 1916): “he trabajado en la Sinfonía 6. Maravilloso día. He caminado entre colores de despedida. Los árboles hablaron. Todo estaba vivo”.

La labor propiamente dicha de la Sexta llegaría a superponerse a la de la última revisión de la sinfonía en Mi bemol Mayor. A principios de 1918, en plena Guerra Civil finlandesa, Sibelius se halla trabajando a la vez en los primeros movimientos de sendas obras, aunque con grandes dudas, incluso en si debe de denominarlas "sinfonías". Hasta llega a concebir una Sexta... en Mi mayor, lo que no deja claro si se trataba de un nuevo proyecto, dejando atrás en entorno modal de sus esbozos, o solo un nuevo inicio para esos temas. En todo caso, esos días pesimistas no derribarán las ideas iniciales.

A pesar de ese estado embrionario, parece que en realidad la naturaleza de la partitura ya está en su cabeza mucho más definida que en su diario. En la carta del 20 de mayo de 1918, referida a menudo, en la que Sibelius expone sus pensamientos sobre lo que serán sus tres últimas sinfonías, desde la revisión final de la Quinta a la Séptima, profetiza lo siguiente: “la Sexta sinfonía es de carácter salvaje y apasionado. Oscura, con contrastes pastorales. Probablemente en cuatro movimientos, con un final que se alza sobre un fragor orquestal oscuro en el que el tema principal sea ahogado.” Numerosas anotaciones en ese año demuestran que trabaja plenamente en el primer tiempo.

Pero en 1919 parece que no tenía tan claro qué hacer con los temas, ya más consolidados, de la Sexta sinfonía. Y jugó de nuevo en el entorno de la mitología finlandesa, indefectiblemente está ligada a la génesis de una sinfonía finalmente abstracta. Así, materiales del primer tempo y del finale habrían de integrarse en un poema sinfónico titulado "Kuutar" (la doncella - o espíritu/diosa - de la luna). Los temas escogidos están nombrados en finés: el tema del primer movimiento lleva la indicación de "Talvi" (invierno), y el del Finale "Hongatar ja Tuuli" (la doncella - o espíritu/diosa - del pino, y el viento). Junto a estos, varios de los otros bocetos kalevalianos (que incluyen uno denominado "Sampo") de la misma página acabarán siendo materiales base de la Séptima.


"Paisaje de invierno, Kinahmi", pintura de Pekka Halonen (1923)

Al año siguiente aún prosigue con Kuutar, pero en este estado es difícil concederle una entidad musical propia diferente al de la sinfonía. No obstante, la forma propiamente dicha está lejos de estar clara, y en una anotación del 25 noviembre 1920 esboza títulos alternativos: “dudas sobre la sinfonía o "Runes historiques" ”. Esta nota en sí misma es también muy críptica: ¿era un título alternativo para la sinfonía? ¿Pensaba integrar el material en una suite al estilo de las dos suites de Scènes historiques? ¿O tal vez eran conceptos de una obra diferente? Anotar también que el término francés "runes" más que a referirse a la grafía mágico-simbólica escandinava apelarían más bien a los runot, palabra finesa que equivale tanto a "cantos" y a "poemas", propios de la tradición kalevaliana y popular.

En 1921 nuestro autor, en una entrevista concedida A. O. Väisänen, relata que está escribiendo otro título diferente más sobre el Kalevala. No se trataría ya de Kuutar, sino de "La forja del Sampo": “haré algo sobre eso uno de estos días (aunque siempre haya pensado en el herrero Ilmarinen como un ser estúpido). La belleza de todo ello es que nadie qué es el Sampo. La forja del Sampo sonaría pianissimo — como en la lejanía. Pero todo será concebido sinfónicamente. La música no tiene que aparentar que depende de ningún programa literario. El poema solo es el punto de partida”.

Aunque en principio no se menciona este proyecto en relación a la sinfonía, recordemos que entre los esbozos para Kuutar, que devendrían en temas de la Sexta y la Séptima había un tema - no usado al final en ninguna obra conocida - denominado "Sampo". ¿Estaba reconvirtiendo Kuutar en La forja del Sampo? Tawaststjerna apunta esa posibilidad, en la que el autor desarrollaba los temas al tiempo que los probaba en diferentes marcos formales. 



Relaciones de la Sexta sinfonía con otras obras y proyectos no realizados durante el proceso de composición de la obra

En entre los años 1920 y 1922 Sibelius compuso principalmente obras breves, sobre todo piezas para piano, pero también algunas suites para orquestas de cámara, las dos del opus 98 y la opus 100, cuya escritura de cuerdas (y flautas o arpa) y algunos elementos armónicos dejan sentir la cercanía, en un contexto más ligero, de la Sexta sinfonía. También el maravilloso Andante festivo JS.34 (que fue escrito en su versión original de 1922 para cuarteto de cuerda) tiene sus paralelos en su escritura "coral" con algunos de los pasajes más místicos de la sinfonía, que avanzaba lentamente en ese tiempo.


Junto con esas páginas, la sinfonía comienza a ser una prioridad, a pesar de las numerosas existenciales que lo asaltan (27 de abril de 1922): “el 'nuevo trabajo' está luchando por salir y yo no estoy feliz... Tengo todavía mucho, demasiado que decir. Vivimos en un tiempo en que todos miran al pasado... Yo soy solo tan bueno como eran ellos. Mi orquestación es mejor que la de Beethoven y tengo mejores temas que los suyos. Pero — él nació en un país de vino — yo en un país de leche agria ["surmjölk"]”.

Lo cierto es que, a pesar de estas dudas existenciales - tan exageradas como habitualmente en el genio nórdico - el trabajo en sí estaba ya en su mente, y durante los meses siguientes empezará a tomar forma definitiva de manera sorpresivamente rápida (en términos sibelianos). El 14 de enero de 1923 anota como completados los tres primeros movimientos de la sinfonía, y en un mes se dispondrá a estrenar la obra.


Jean Sibelius posa para una sesión fotográfica en el año 1923

La première tuvo lugar el 19 febrero 1923, con el propio autor dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Helsinki. La sinfonía compartió programa con otros estrenos de obras recientes, todas ellas trabajos de carácter más ligero y menos trascendental, como el Valse chevaleresque opus 96c, la Suite champêtre opus 98b y la Suite caractéristique opus 100, y alguna otra partitura breve. Sin duda la Sexta pudo brillar sin rivales, aunque como decíamos antes las sonoridades de esas otras obras pudieron ser bastante complementarias, no así su carácter. El concierto fue un éxito, y pudo ser repetido tres días más tarde.

Las críticas de la sinfonía fueron muy positivas desde el primer momento, aunque la impresión fue tan calmada como la propia obra: más afable, menos abarcadora, de carácter más frágil. La Quinta era un drama imponente y de celebración, la Sexta es puro idilio. LSexta es también un poema en el marco de una sinfonía... su ánimo global es sereno, destellando como un brillante día del final del verano finlandés, opinaba el crítico del Helsingin Sanomat, destacando su aspecto más naturalista. El director del YL Heikki Klemetti la veía como no de carne, sino de espíritu, también captando la ascesis de la obra. Otras voces, como las de Karl Ekman se quejaban, sin duda por comparación con la Quinta, de la falta de contrastes y clímax dramáticos. 

El compositor confió en la obra y la sintió siempre con orgullo. Al contrario que su predecesora, no tuvo dudas sobre su redacción, y la consideró (aparte de algún ajuste mínimo) definitiva. Al punto que se la llevó directamente en la maleta del viaje de un viaje que emprendió con su mujer a Suecia a la semana siguiente, dando conciertos en Estocolmo y en Uppsala. Junto con sus obras ya consagradas, la capital sueca conoció el 2 de marzo el estreno fuera de Finlandia de la Sexta (y acogida de nuevo con reservado entusiasmo). 

En una entrevista de esos días en el "Svenska Dagbladet", el compositor hablaba de su nuevo trabajo, haciendo una reflexión sobre su propio concepto del género sinfónico: “es de carácter y de perfil muy tranquilos... y construida, como la Quinta, con cimientos más lineales que armónicos. Por otra parte, como la mayor parte de las demás sinfonías, tiene cuatro movimientos; sin embargo formalmente estos son completamente libres. Ninguno de ellos sigue el esquema ordinario de sonata... No concibo una sinfonía solo como música de esta o aquella cantidad de compases, sino más bien como expresión de un credo espiritual, una fase en la vida íntima de uno.

Justamente a finales de ese año su amigo el compositor sueco Wilhelm Stenhammar, le visitó en Finlandia, y se atrevió a solicitar ser del dedicatoria versión publicada de la sinfonía, cuya edición estaba preparando (¡al tiempo que escribía ya la Séptima sinfonía!). Sibelius aceptó complacido la sugerencia, pero por por un error la dedicatoria estuvo ausente en la edición original de Hansen, error que en las publicaciones posteriores se subsanó (aunque el propio Stenhammar, fallecido en 1927, no pudo disfrutar del honor impreso). 

La obra se difundió rápidamente, llegando a Norteamérica en 1926, dirigida por Stokowski (con gran éxito de crítica). Muy pocos años después, con sus siete sinfonías completas - a espera de la utópica Octava - le llegaría el turno para una primigenia grabación. El sibelianismo británico encomendó la tarea de realizar el primer registro del ciclo a Robert Kajanus, continuado a su muerte (1933) por Georg Schnéevoigt, que asumiría las pendientes: la Cuarta y la Sexta sinfonías. El propio Sibelius manifestó sus reservas (no nuevas) hacia los registros de Schnéevoigt, alejados de la fidelidad de su amigo Kajanus, llegando en efecto a desaprobar la publicación de la Cuarta (de la cual se encargaría en último término Beecham), aunque permitió finalmente su versión de la Sexta, grabada en primicia mundial en Londres, el día 3 de junio de 1934.


Su recepción constituye un caso paralelo, aunque no del todo similar, al de la Cuarta. Lo cierto es que esta sinfonía ha sido considerada muy unida al alma finlandés, por ello ha sido favorita de los directores finlandeses, tanto dentro del país como en sus giras internacionales. Después de todo, sus sonoridades níveas, nórdicas, cristalinas, su melancolía, su calma, su fuerza contenida, hasta su "sisu", como también la entonación rúnica de muchos de sus temas, la convierten en una quinta essentia del sentimiento finlandés más profundo. No obstante, también ha sido uno de los puntales de los directores internacionales al abordarla en sus ciclos completos, y a nadie se le escapa que, aunque algo oculta entre la grandiosidad de la Quinta y de la Séptima, esta Sexta sinfonía es una de las obras maestras del último Sibelius. 



Contiene el atractivo de su gran poder de sugestión, su capacidad para evocar contenidos extramusicales en algunos oyentes, a pesar de que otros muchos la contemplan solo como puramente abstracta. Aunque quizá no fuera del todo la intención final del autor, esta obra lleva muy frecuentemente la imaginación del oyente a paisajes naturales, boreales, a la pureza de la nieve, al cielo azul más puro y helador, y a las luces polares. El propio músico finlandés diría en 1943: “siempre me recuerda al perfume de las primeras nieves”. Por ello, y quizá por esa tormenta - no tan furiosa ni directamente descriptiva - del Finale haya llevado a ser denominada (sobre todo en el ámbito anglosajón) como "Sinfonía pastoral del norte", sosias nórdico de la Pastoral de Beethoven, con la que comparte además número. Comparación que quizá habría agradado en parte a Sibelius al unirla a su propio ídolo musical, aunque en cambio no habría aprobado aquello de "más expresión de sentimientos que pintura de sonidos". 

De hecho la obra tiene también connotaciones más profundas, místicas, que trascienden ese aspecto "pastoral", para aproximarse a una conexión íntima con la misma tierra, con una percepción panteística de la naturaleza. La sinfonía evita en último término aun el canto de los pájaros o el sonido de la lluvia por una búsqueda de los espíritus primigenios del mundo, algo subyacente en la propia substancia creativa de la obra (sobre la mitología a la que apelan algunos esbozos y conexiones de la obra dedicaremos un próximo post en el blog). 

Sin embargo, a pesar de esta capacidad sugerente, en su forma final, la Sexta sinfonía no contiene programa literario en absoluto. Tal como recalcaba en la entrevista al diario sueco tras su estreno, los propósitos sibelianos para con esta obra (hemos relatado cómo en efecto hay propósitos de poema sinfónico en sus temas). Con todo, uno de los misterios de la obra, que trataremos más adelante, es cómo parece coexistir sin contradicción en ella una ascesis puramente musical y abstracta con este increíble poder evocador ante la imaginación del oyente.

La enigmática, bellísima, etérea y mágica Sexta sinfonía opus 104 de Sibelius oculta grandes y hermosos secretos en la profundidad de su bosque nórdico inhabitado. Es por ello por lo que dedicaremos una serie extensa, que ha comenzado con este relato sobre su historia.
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Próximos posts [plan previsto]:

2. Esbozos y concepciones primitivas en la trayectoria de la composición
3. Análisis (visión general)
4. I. Allegro molto moderato (análisis)
5. II. Allegretto moderato (análisis)
6. III. Poco vivace (análisis)
7. IV. Allegro molto (análisis)
8. 9. y 10. Discografía

[Anotaciones de transfondo para explicar algunos aspectos relacionados con la Sinfonía]:
Haltijat: (1.) Los espíritus y los chamanes de la Finlandia pagana
Haltijat: (y 2.) El espíritu de la luna y los espíritus de los árboles en el Kalevala

jueves, 28 de marzo de 2019

Sonatina en Mi Mayor para violín y piano opus 80 (1915): y 3 . Discografía

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Como ya decíamos, la pequeña Sonatina para violín no goza de una amplia difusión más allá de los círculos sibelianos. Sin embargo, podemos comentar algunas de esas grabaciones, que han conocido en todo caso el mimo y el apasionamiento de los especialistas y amantes de la música del maestro finlandés:


Kaija Saarikettum, violín
Teppo Koivisto, piano
- ALBA (2003)

Una versión plena de sonoridad, que sin perder nunca los límites camerísticos se acerca a evocaciones orquestales, una contradicción que tendría pleno sentido en la mente del autor. El primer movimiento es animado, vivo y pleno de felicidad incluso. El segundo movimiento es delicado, de emociones contenidas a punto de quebrarse en mil pedazos. Sensacional el hipnótico pasaje final. Una verdadera maravilla de tempo en todo caso. El final tiene un enfoque mágico, recordando aún más de cerca a las Humoresques orquestales, con gran fluidez dramática y anímica. Sin duda una encarnación más lograda de la partitura (aun a falta de la versión con mayúsculas), con un lenguaje absolutamente finés, lleno de elegancia y musicalidad, y de grandiosidad en su hondura intimista.

Interpretación: 8  • Estilo: 9  • Sonido: 7,5



Nils-Erik Sparf, violín
Bengt Forsberg, piano
- BIS (1991), también Sibelius Edition vol VI.

La versión de la integral BIS del dúo sueco nos deja una lectura tenue y clásica en su arranque, mientras se adivinan retazos orquestales en su desarrollo. El segundo movimiento es nostálgico, candoroso, de gran sensibilidad, donde los pasajes cadenciales se vuelven lejanos recuerdos. El final recrea un sentimiento rapsódico, no ajeno a lo popular, aunque también hay momentos de gran abstracción musical, como los previos al primer regreso del tema. Quizá falte, como en otros momentos, un trazo fluido que una todo. Buena versión no obstante, recomendable.

Interpretación: 7   • Estilo: 7,5  • Sonido: 7




Yoshiko Arai, violín
Izumi Tateno, piano
- FINLANDIA RECORDS  (1981)

Aunque de origen japonés, ambos artistas están asentados en sibelianismo local de Finlandia - sobre todo el caso de Taneno, profesor durante décadas en la Sibelius Akatemia -. Arai y Tateno tocan aquí una de las grabaciones más difundidas en su día de la Sonatina, impetuosa, vigorosa, a veces de trazo un poco denso, pero lleno de un sentimiento desbordante. A destacar el rapsodismo bien entendido del tiempo central, y la especial energía kalevaliana del movimiento final, muy plástico y cargado de imágenes. Versión recomendable.

Interpretación: 6,5  • Estilo: 7,5  • Sonido: 5,5




Aaron Rosand, violín
John Covelli, piano
- AUDIOFON (1992)

La Sonatina, como otras piezas para violín y piano, también ha llegado al repertorio de algunos virtuosos foráneos, en especial del ámbito anglosajón. El violinista Rosand nos ofrece aquí una mirada en verdad de carácter virtuosístico, lo que de alguna manera se nos antoja más próximo a las intenciones objetivas del autor que algunas de las "reflexiones" anteriores, pero deja también lejos sus posibilidades más expresivas. Así, el solista norteamericano toca el primer tiempo con urgencia, y entonación segura y nada sentimental. Sentimentalidad de salón que se guarda en el segundo tiempo, dejando siempre en primer plano a las cuerda (muy discreto el piano en toda la grabación, sobre todo por la toma de sonido, que hace buena la sensación de "violín acompañado"). Rosand hace vibrar con belleza elocuente su magnífico Guarneri del Gesù. El final arranca con un clima concertístico, con giros dramáticos y grandes contrastes. A decir verdad aquí sí se echa de menos cierta mayor intimidad. Buena versión, no muy sibeliana, pero que puede hacer las delicias de los amantes de la cuerda frotada.

Interpretación: 6,5 • Estilo: 5,5  • Sonido: 6,5
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Con esto, finalizamos este recorrido por la Sonatina opus 80, una de las obras conectadas con la génesis de la Sexta sinfonía, que abordaremos a su vez próximamente.


jueves, 28 de febrero de 2019

Sonatina en Mi Mayor para violín y piano opus 80 (1915): 2. Análisis

Capítulo anterior (1): historia de la obra
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La Sonatina para violín y piano opus 80 que Sibelius escribiera a comienzos del año 1915 es, como ya hemos señalado, una obra pequeña, pero de cierta importancia dentro del catálogo del autor, no solo por ser una hermosa joya de entre las muchas que escribiera para la formación, sino por inaugurar una nueva sensibilidad en su trayectoria musical, abriendo de forma sencilla el tercer gran periodo compositivo del autor, el de "serenidad sinfónica". Y aunque esta partitura pueda parecer modesta en comparación con las obras maestras de ese periodo, las tres últimas sinfonías, mucho de ellas se adivinan ya aquí. No por casualidad hay incluso alguna conexión directa con aquellas partituras orquestales.

Si hay algo inequívoco en esta obra es su simplicidad diatónica, su armonía que, aunque veces austera, supone una declaración de amor a la tonalidad. Esto hay que entenderlo como punto de inflexión respecto a la época anterior, su "periodo oscuro", que le había llevado a excursiones hacia armonías más alejadas de la tonalidad, teniendo la Cuarta sinfonía como exponente de su quasi expresionismo.

Lejos de la devastación de aquella sinfonía, esta obra aparece como reacción a esas oscuridades, aunque aún quedan ecos del  esencialismo y sobriedad anterior. Todavía no llegamos a la plenitud de la Quinta sinfonía, mucho menos en un formato tan mínimo, pero ya se nos plantea su rotunda claridad tonal, tonalidad compartida con algún pequeño giro modal (como en la próxima sinfonía). Sus armonías son límpidas, pero no por ello necesariamente fáciles o realmente clásicas, como tampoco plenamente románticas, excepto también en algunos giros muy característicos y evocadores. 

Además esta partitura se plantea como un apéndice, un epílogo, a las tres Sonatinas para piano opus 67, obra cumbre del medio más íntimo en el catálogo del autor y uno de los ejemplos más característicos de la fase anterior. Esto se hace más visible en la segunda de ellas, con la que comparte además tonalidad. Pero lo que allí era austeridad, disonancia, elusividad, silencio, aquí se dibuja en armonías plenas y sonoridades saciadas. La polifonía antes insinuada aquí se muestra más sutil e integrada, la melodía incompleta aquí se vuelve un torrente incesante de melodía infinita.

Quizá tenga algo de "neoclásica", si no supiéramos que nunca puede aplicarse este concepto a Sibelius como presupuesto estilístico de manera estricta... Aunque sí que tiene algo de retorno a sus propios clásicos. Al evocar su propio violinismo de los años 1880s, nuestro músico está recordando sus sueños de virtuoso como también esas plácidos recitales en la intimidad, donde toca sonatas y tríos de Mozart, Haydn o Beethoven, y también música de Schubert o Mendelssohn. Hay algo de esos clásicos en la sonata, como también de aquellos propios bises románticos que componía como regalos, como souvenirs... 

Recordemos que esta es una obra personal, subjetiva, muy sentida en el fondo, a pesar de su apariencia alegre, cándida, incluso naïve. Por eso, junto con esas aspiraciones - y formas incluso - clásicas, a su vez la música da sensación de una continua improvisación, de pequeñas fantasías que recrean muy bien lo que debió ser la creatividad más espontánea del músico.

La forma es una académica disposición en tres movimientos, si bien los dos movimientos rápidos plantean sendas breves introducciones lentas. El primer tiempo se articula en la forma arquetípica de primer movimiento de sonata, mientras que el final también se ajusta a un rondó-sonata habitual. Todo ello, con ciertas libertades, pero lejos de la subjetivación de formas que se verá en la Quinta sinfonía, que se escribía también en las mismas fechas. El movimiento central quizá sea el menos "formal", y justamente el más vinculado al periodo oscuro y a la vez a recuerdos de épocas más románticas... 

Sin embargo, la Sonatina tiene fuertes lazos entre los movimientos, a pesar de sus matices distintivos y de carácter entre los movimientos. Gran parte de esa unidad, como suele suceder en las grandes obras sibelianas, se debe a motivos germinales unificadores. En el caso de esta partitura, ese papel lo desempeña una sencilla célula, un simple tetracordo ascendente (siendo además su notas centrales más breves), que entrelazará a los temas principales de los tres movimientos:



Con lo dicho, se podría adivinar que la música desborda a veces el formato para el que está escrito. No por ampulosidad o virtuosismo: el violinismo de la pieza no requiere un virtuoso, y quizá hasta un amateur lo suficientemente dedicado puede abordarla. Pero en algunos rincones, como pasa con tantas piezas para piano solo o para cámara del Sibelius maduro, no estamos demasiado alejados de conceptos orquestales. El piano casi siempre se mueve en un registro medio, y gran parte de la mano izquierda está escrita en clave de sol. El teclado es discreto, dejando protagonismo al violín, pero el acompañamiento se hace necesario como creador de atmósferas y armonías, creando texturas en ciertos momentos casi impresionistas (que sin embargo no lo son porque la tonalidad clara). Algunos pasajes del piano podrían realizarse bien con una orquesta de cuerda, y de hecho algunos pasajes se acercan mucho al singular mundo de las Humoresques, escritas para violín y cuerda (o cuerda con algunos instrumento de viento). 

Pasemos al análisis de los tres movimientos de los que se compone la Sonatina.

I. Lento – Allegro

La partitura comienza con un prólogo, indicado expresamente como Lento, que preludia parte del material del movimiento (y de la atmósfera de la Sonatina). En principio no parece más que una sucesión de terceras en torno a las triadas de las funciones principales, adornadas con notas también en terceras, en diálogo entre el violín y el piano:


(cliquea en los ejemplo para verlos a mayor tamaño)

Esta música inicial crea una atmósfera sutil y abstracta, que recuerda a alguna otra introducción sibeliana, como la de Las oceánidas opus 73 o muy especialmente la de la Quinta sinfonía (en su versión original, en la final después de la fanfarria inicial), donde unos simples trazos van extendiéndose y entrelazándose para formar el motivo principal. Y así sucede también aquí, cuando finalmente el violín entona un pequeño motivo que se corresponde con no solo el arranque de lo que será el primer tema propiamente dicho del movimiento, sino un diseño que se encontrará también en los temas principales de los otros dos movimientos, constituyendo de hecho el motivo germinal de toda la Sonatina, como hemos señalado antes (Ej. 0). 

Tras una pequeña excursión a la tonalidad de la subdominante, el Mi Mayor se asienta firmemente con los acordes del piano en tónica (una nueva textura de "cuerda") y el arranque del Allegro.

El primer tema se enuncia en el violín arropado por un ámbito alto del piano:



El tema es en sí es extenso, un torrente de notas sin fin, aunque compuesto de pequeñas unidades. La primera es una alegre figura, muy clásica, seguida de notas repetidas tan caras al violín, para acabar con una figura de puntillo que enlaza muy claramente  a través de sus saltos con la música de la introducción lenta, mostrándose así como un segundo motivo unificador del movimiento

El tema se repite y deriva a nuevas figuras, que en realidad son derivaciones de las anteriores, como la célula inicial o las notas repetidas, mientras el piano se limita a apoyar muy sutilmente el melodismo rotundo y franco del solista. 

El diatonismo es absoluto, y la llegada del tono de la dominante, Si Mayor (siguiendo la alternancia clásica también), se produce sin una modulación significativa, con toda fuerza. El acompañamiento cambia suavemente a un bajo de Alberti - aunque bien podía adaptarse también a una orquesta de cuerda, lo que profetizaría disposiciones de la Sexta sinfonía -, mientras que el violín hace escalas, alternadas con las notas repetidas, en lo que parece claramente un enlace antes de la llegada del segundo tema. Estas escalas pueden recordar a algunos pasajes virtuosos del Concierto para violín, pero llevadas a un nivel "doméstico" y mucho más modesto:




El segundo tema, más que un tema propiamente dicho es una figuración abstracta puramente violinística, apoyada a veces con una sexta melódica minorizada. El acompañamiento es rítmico, y todavía muy sencillo:



Tras apenas seis compases más uno de enlace (llamativo si tenemos en cuenta que este tema tiene una presencia importante en el discurso), llegamos una breve coda. Aunque quizá demasiado corta también para que lo denominemos como "tercer tema", sí tiene la contundencia motívica de un tema, y su aparición es clara, muy diatónica y clásica de nuevo. Tiene un cierto paralelo también, como si fuera una anécdota recordada, a la exposición tritemática del Concierto para violín:



El desarrollo se delimita con claridad académica gracias a la doble barra que inaugura un nuevo tono: el homónimo mi menor. La sección enlaza con la exposición a través del motivo del puntillo, hasta que el piano, que hasta este momento se había limitado a acompañar, aquí va a enunciar formas del arranque del tema principal, mientras el violín acompaña con dobles cuerdas o recuerda de nuevo el motivo del puntillo. 

Este acaba rememorándonos cada vez más la música de la introducción lenta, y acaba siendo el verdadero protagonista del desarrollo, un procedimiento eco de la Sinfonía inacabada de Schubert, que más de una vez encontramos en nuestro músico:



El desarrollo de este tema de la introducción trae consigo algunas modulaciones y ambigüedades armónicas, que realmente serán las únicas de este movimiento totalmente tonal. 

El Mi Mayor llega cristalino y diáfano de nuevo con una sección perfectamente delimitada, pero que en lo motívico no es más que un recuerdo al motivo del puntillo. Lo más característico sin embargo es que aquí se ve espaciado sobre un amplio arpegio de Mi Mayor del piano, creándose una atmósfera delicada. Estas texturas rememoran algunos momentos más "impresionistas" del autor, como pasajes análogos en la canción finesa "Kaiutar" opus 72 nº4:



El motivo germinal se va disolviendo entre los etéreos arpegios del acompañamiento, sumándose más tarde el violín con el mismo dibujo, hasta que finalmente se llega a la reexposición del primer tema. Al contrario que en la presentación, aquí cuerda y teclado se alternarán en sus diversas presentaciones, con nuevas formulaciones del mismo. Tanto el puente como el segundo tema siguen más de cerca la exposición, aunque este último presente una repetición variada, solo que trasladados al tono principal: ¡de nuevo siguiendo la norma clásica! Raramente el Sibelius maduro será tan "fiel" a estas normas académicas.

La coda en cambio se extenderá mucho más en el final de movimiento, de hecho es realmente extensa, para reafirmar hasta la éxtasis el tono de Mi Mayor, y en suma, proclamando la fuerza de la propia armonía tonal. De nuevo podemos trazar un paralelo con la Quinta sinfonía, en especial con sus rotundos acordes finales, aunque aquí no existan las mismas superposiciones, más bien claras tríadas. Y así, con una cadencia perfecta, termina el movimiento.

II. Andantino

Frente al normativo primer tiempo, el segundo tiempo de la obra presenta más bien un carácter y una forma más rapsódicos. Mucho de este tiempo nos remite a algunos fragmentos de las Sonatinas para piano opus 67, en especial por su discurso diluido y evanescente, aunque también podría remontarse a algunos intermedios de las últimas sonatas para piano o los cuartetos de Beethoven, trabajos tan afectos a Sibelius.

El movimiento se definiría como improvisación sobre un único tema, evocado con una indudable nostalgia romántica, incluyendo algunos pasajes más virtuosísticos, cadenzas. Toda la nostalgia de los años de joven Sibelius violinista se palpan aquí como nunca.

Este Andantino comienza con un motivo entrecortado en el piano solo, entonado en octavas:



La tonalidad inicial es ambigua por ese ámbito de tritono desde el do# al sol♮ (que nos lleva tiempo atrás, de nuevo a la Cuarta sinfonía), pero justo arrancando de ese sol encontramos la célula principal (Ej. 0) de la sonatina. Al final de ese segundo compás encontramos un acorde de dos quintas superpuestas, con lo que sería un acorde mayor (en la futura tónica de Si mayor) con una sexta mayor añadida, una sonoridad totalmente sibeliana, presente por ejemplo en Lemminkäinen y las doncellas de la isla opus 22 nº1, o de nuevo en la Quinta sinfonía, justamente con su acorde inicial

El motivo es repetido en secuencia a través de diferentes tonos, hasta encontrar el Si Mayor del movimiento. El piano crea un nuevo manto de acordes, muy semejante al del primer tiempo (y de nuevo cercano a la orquesta de cuerda: pensemos el acompañamiento del arranque del Concierto para violín opus 47). Sobre él, se impone el melódico tema de este Andantino:


Todo el tema es un desarrollo repetido de la célula germinal del global de la sonatina, de hecho casi parece una improvisación sobre ese motivo, repetido en distintos grados (eco de la introducción, aunque aquí sin modulación), y coronado por un típico tresillo sibeliano. Finalmente la melodía cuadra en una estructura de ocho compases, de nuevo muy clásica.

El tema deriva en esa nostalgia a los toques más salonísticos y al clima de un quasi-valse,  primero presentado en el piano, que alterna compases de 9 y 6/4:

El tema pasa de en registro en registro del violín, mientras el piano despliega amplios arpegios que esbozan un clima de nocturno. Ese toque romántico nos retrotrae aún más el recuerdo de las piezas de juventud cuando entre los toques de vals se entremezclan cadencias improvisatorias del violín. El clímax del movimiento llega precisamente en esta cadenza, completamente libre:


A pesar del intento de la melodía para gobernar la música, el movimiento se congela cuando en el piano llega a una repetición de la duda inicial, una repetición que no solo tiene un factor dramático, sino que parece casi ritual y mística, con su toque rúnico de mi dórico, adelantando, probablemente de manera consciente, el siguiente movimiento. 

El violín se superpone con retazos del tema (y dobles cuerdas) a esta vehemencia pesimista, pero no lo logra. La música finalmente culmina en un nostálgico si menor, modo menor que se unirá de manera natural con el arranque del Finale.

III. Lento – Allegretto

El último movimiento de la Sonatina se inicia con un tema rúnico (ritmo dactílico, notas silábicas y ámbito estrecho), en mi menor, que es armonizado por el piano como un coral. Este tema arranca de nuevo con la célula germinal de la obra (Ej. 0), y a su vez es una forma variada del tema principal del movimiento.

En el tercer compás se muestra dispuesto a modular a Do Mayor, antes de iniciar un nuevo ascenso en mi menor, hasta la cumbre climática, donde retoma el Mi Mayor principal de la obra, bajo un potente acompañamiento del piano:



Toda esta breve y magnífica introducción sirve para dar empuje al mágico tema principal del movimiento, que como anunciábamos fuera concebido primigeniamente para la Sexta sinfonía, posiblemente también para su Finale:


Los ritmos de este tema también son dactílicos, pero de figuras más breves y repetitivas, como los de una danza popular finlandesa (aunque como sabemos, Sibelius evoca antes que utilizar folclore auténtico). El diseño del tema se inicia, como es de esperar, con la célula base de la obra, y dado que este tema posiblemente fuese anterior a la composición en sí de la Sonatina, hemos de pensar que el compositor la concibió a partir precisamente de este dibujo. 

La unión de introducción y tema parece un anuncio de una relación semejante entre el tema rúnico inicial del final de la Sexta y su meteórico tema principal, y no por casualidad, porque queda clara la conexión no solo temática, si no también espiritual - a muy pequeña escala, eso sí -.

El tema (representado en el ejemplo 13 solo por sus primeros compases), se prolonga indefinidamente como un perpetuum mobile  muy sibeliano. Sus acompañamientos son figuras en ostinato alrededor de la melodía, una perfecta aura de nuevo muy orquestal, que se llega a apoderar del discurso cuando sus figuras en el teclado se convierten en las del violín también.

Como decíamos anteriormente la forma de este movimiento es la de un rondó-sonata. Pero al mismo tiempo es quizá el más personal y sibeliano de los tres tiempos, debido a su carácter más "finés" y primitivo, como por sus mayores libertades formales. El tema que se va a oponer al inicial se inicia con un forte, paradójicamente indicado como "affetuoso", una emocionante alegría plena:



El diseño es el de una melodía que en curva en el clásico Si Mayor, que se ve contestada en la cuerda grave con un diseño que llega hasta un sol# menor (sexta minorizada: una de las relaciones favoritas de Sibelius) y un acompañamiento más rítmico y telúrico. Este segundo tema también tiene su particular mini-desarrollo, disuelto también en figuras abstractas y atmosféricas (un nuevo paralelo con la Sexta sinfonía, aunque también con "Kaiutar").

Al retomar el tema principal pasamos, sin distinción clara, al brevísimo desarrollo, basado en formulaciones modulantes de dicho tema. 

Este se reexpone ya en un ámbito más agudo, expandiéndose de manera distinta en esta aparición. Tras un nuevo pasaje modulante, la música adopta otra vez diseños abstractos, hasta encontramos un nuevo pasaje de "detención del tiempo", con amplios acordes del piano que, de alguna manera, pueden evocar los cisnes del finale de la Quinta (tema ya escrito, aunque la sinfonía completa esperará a hasta casi un año después), con un bellísima armonía modulante. El pasaje podría ser perfectamente orquestal, aunque de por sí el violín y el piano logran darle un contorno majestuoso:



Tras esta secuencia le llega el turno a la reexposición (en el tono principal) del segundo tema, bastante análogo a su aparición inicial, incluyendo su expansión entre arpegios.

El tema principal hace aparición una vez más, para abarcar todo el resto del movimiento. La diferencia es que ahora se va a mostrar desdibujado en un 6/8 de notas iguales. Poco a poco, cuando el piano le acompañe nota contra nota, adquirirá el aspecto de una tarantela o de una jiga. El diseño adquiere así un toque frenético, en especial cuando se apodere de él un frenesí modulante:



Se recupera finalmente el tono principal sin abandonar el discurso y el impulso del 6/8, y como en el primer tiempo el Mi Mayor se fijará de manera clara hasta el final, ¡sin un solo cromatismo!, para proclamar una vez más la victoria de la tonalidad. Y así, con la firmeza de las triadas perfectas, termina esta pequeña obra maestra.

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Para ilustrar el análisis les proponemos la escucha de la versión de Yoshiko Arai con Eero Heinonen al piano, extraído de un disco del sello Ondine. A cada movimiento le corresponde un video distinto:


I. Lento – Allegro



II. Andantino


III. Lento – Allegretto


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