miércoles, 26 de septiembre de 2012

Tercera sinfonía en Do Mayor opus 52 (1904-07): 2. Visión general

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La posición de la Tercera Sinfonía de Jean Sibelius dentro de su obra es una posición muy particular. A priori parece la más modesta de todo su ciclo sinfónico, tanto por sus dimensiones como por sus aspiraciones intrínsecamente musicales. Se quedaría muy lejos de la exuberancia romántica y nacionalista de las dos primeras, del misterioso y oscuro mundo de la Cuarta, de la exaltación de la Quinta, el lirismo de la Sexta o la mística de la Séptima. La historiografía, la crítica y los intérpretes tradicionalmente la han obviado, cuando no minusvalorado, hasta fechas muy recientes. Para Herbert von Karajan, por ejemplo, gran admirador del maestro (admiración compartida por el compositor), fue la única de sus sinfonías que nunca grabó (y probablemente tampoco interpretó).

 A pesar de su amor por el compositor, el director de Salzburgo jamás grabó la Tercera Sinfonía de Sibelius.

No se puede negar que puede que en efecto, sea a priori la menos atractiva, el "patito feo" de todo el genial ciclo. Sin embargo, como decíamos, la actitud hacia esta obra ha ido cambiando de acuerdo al cambio de actitud hacia el propio compositor, su personalidad musical y su originalidad. No vamos tampoco aquí a cambiar las tornas y proclamarla por encima de sus compañeras - al menos de las sinfonías posteriores -, pero sí vamos a resaltar su posición como una obra que roza lo magistral, revolucionaria a su modo, aunque esas lecciones magistrales y esa revolución se hayan hecho con arreglo a las más pequeñas sutilezas.

Porque ante todo estamos ante una obra sutil, increíblemente sutil, alejada de las dimensiones de la Segunda Sinfonía, tanto en su duración (unos 30 minutos frente a los 45 de la Segunda), en su orquestación (prescindiendo de tuba o arpa, y reclamando una sección de cuerda no muy abultada), como en la naturaleza misma de los temas musicales, mucho más concisos y en apariencia sencillos que los de la sinfonías de 1899-1902.

En parte hay que entender esta sinfonía en el contexto de su época. Por un lado como reacción a la tendencia gigantista del post-romanticismo europeo (la Sinfonía "de los mil" de Mahler, "Ein Heldenleben" de Richard Strauss...) y su propio lenguaje nacionalista anterior. Por otro lado no hay que entender la sencillez (siempre aparente) de la obra como una sencillez reaccionaria. Todo lo contrario: es resultado de la mayor libertad que tenían los creadores en la primera década del siglo XX.

Los expertos sibelianos han apelado frecuentemente al concepto de "Junge Klassizität" ("Joven clasicismo") de su amigo Busoni para referirse a esta apuesta estilística. La "Junge Klassizität" no significa lo mismo que "neoclasicismo", no trata de crear pastiches basados en las obras del pasado, ni emular sus géneros o maneras. Se trata de asumir de nuevo el espíritu de la música absoluta, lejos del programatismo del momento, volver al sentido puro de melodía, ritmo y armonía, pero sin renunciar a las conquistas de su tiempo. Nunca reaccionarismo musical, sino re-novación, y con ello revolución.

Quizá podamos encontrar un paralelo de este sentimiento estético en el último periodo de Beethoven. El maestro alemán buscaba sus referentes en la obra de Händel o Bach, llenando sus composiciones de contrapunto y fugas. No trataba de un retorno a lo escolástico: sus fugas, por ejemplo, son un compendio de "todo aquello que no se puede hacer", sus libertades, demasiadas para las normas académicas. La secuencia de movimientos en sus últimos cuartetos y sonatas para piano se saltaba el esquema clásico, pero al tiempo recuperaba su espíritu de alternancia y unidad (el Cuarteto opus 130 en su versión original, en más de cuatro movimientos, terminaba con una fuga como haría Haydn - aunque el mundo de Haydn está infinitamente alejado de la Grosse Fuge -, la Sonata opus 111 con un "finale" por su tamaño y trascendencia...). Incluso cuando por ejemplo, en el Cuarteto opus 135 la forma parece totalmente haydiana o mozartiana, las incontables sutilezas armónicas, cromatismos y disonancias convierten tal forma en una ilusión casi fantasmagórica...

Resulta curioso cómo los músicos románticos permanecieron un tanto ajenos a esta re-novación beethoveniana. Los situados comúnmente como conservadores (Mendelssohn, Schumann, Brahms...) compartieron géneros, pero no parecieron captar su sentido último. Los compositores más avant la lettre (Berlioz, Liszt, Wagner...) creyeron esos géneros superados, cosa del pasado. 

Retrato de Ludwig van Beethoven en 1823, por Ferdinand Waldmüller

Sibelius coge el guante del genio de Bonn. No en vano ese último periodo beethoveniano seducía hasta el delirio al músico finlandés, y sus lecciones se dejan sentir en toda su creación para quienes sepan verlo (lejos del tópico de un Sibelius dependiente de Grieg y Chaikovsky). Como el último Beethoven, nuestro músico aspira a la abstracción de la forma pura, y busca el mismo sentido platónico y trascendente de la forma, lejos de los ejemplos concretos y reales. No se trata de seguir al pie de la letra las reglas de la forma sonata, sino abordar con su propia personalidad lo que esas reglas quieren significar. Ganar el premio de los maestros cantores como un Walther von Stolzing, con como un Beckmesser.

Por eso, aunque frecuentemente se ha trazado paralelos entre el primer movimiento de esta Tercera Sinfonía y los movimientos análogos de Mozart (como comenta el académico Gerald Abraham), no debemos buscar paralelos concretos en composiciones de otros autores. Sibelius estructura su obra en tres movimientos: pero no era la primera sinfonía en tres movimientos de su época. Antes lo habían hecho César Franck y sus seguidores. Pero Sibelius no se basó en estas partituras, sino en una aspiración común, que como sucedía con los músicos franceses, se remontaba en las intuiciones en el fondo nunca secundadas de Beethoven: renovar a través de la forma.

I. Allegro moderato 
II. Andantino con moto, quasi allegretto
III. Moderato - Allegro (ma non tanto)

Así, los tres tiempos de Sibelius ocultan exploraciones más novedosas. En el primer tiempo, como veremos, tenemos una forma de primer movimiento de sonata, la más clara quizá de todas las sinfonías sibelianas. Pero a la vez, la multiplicidad y organicidad de los elementos hace que la forma no sea más que un marco para un devenir mucho más inestable de lo que podría parecer. 

El segundo tiempo está muy lejos de la cantabilidad de los movimientos lentos del romanticismo, y apela de nuevo a los modelos beethovenianos que fusionaban el segundo tiempo con el carácter de un scherzo, o incluso movimientos lentos de la época de la "galanterie".

El tercero será el más sorprendente, porque en realidad fusiona dos movimientos, un scherzo y un finale. De nuevo encontramos el mundo de los intermedios e introducciones separadas de los últimos cuartetos beethovenianos. Y a pesar del modelo, este movimiento se encuentra dentro de las más firmes aspiraciones sibelianas por la unicidad y organicidad de la forma. Ya en la Segunda había unido dos movimientos, si bien lo había hecho con un puente (a la manera de la Quinta de Beethoven). Aquí se va bastante lejos vertiendo un tiempo en otro sin ruptura o separación, haciendo surgir un tema firme de entre los restos moribundos del material anterior, "la cristalización de un pensamiento desde el caos" como describió el propio autor.

Y es que este modelo de re-novación formal, como decimos, se corresponde con las ambiciones musicales últimas del genio nórdico. "Soy esclavo de mis temas" dirá, y en esta sinfonía por primera vez intenta someter a esos temas para al tiempo liberarlos y desatarlos de su crisol, domeñando su azar y su dispersión con una inefable voluntad de poder. Con esta obra, nuestro autor comienza una tendencia hacia la concisión, la depuración, la concentración, hacia la eliminación de lo superfluo que culminará en la fase oscura de su producción, donde estas características serán llevadas a su máxima expresión.

Por todo ello, la Tercera Sinfonía de Jean Sibelius es una obra única, magistral, revolucionaria aunque su aparente modestia puede llevarnos al engaño. Así, una vez liberados del prejuicio, y embarcados en el propósito de ver con otros ojos la creación del maestro nórdico, concluyamos en que esta partitura está muy por encima de lo que siempre se ha dicho - o mejor dicho, no se ha dicho - sobre ella. 

Y con estos propósitos, abordaremos en próximos capítulos el análisis de esta Tercera Sinfonía, la primera auténtica y genialmente sibeliana.
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jueves, 20 de septiembre de 2012

55 aniversario de la muerte de Jean Sibelius (20 de septiembre de 1957)

En el día de hoy conmemoramos el fallecimiento del protagonista de este blog, Jean Sibelius.

Nos remitimos al detallado post que dedicamos hace tres años al evento, rememorando las circunstancias de aquel triste día.

Para rememorar la genialidad del maestro finlandés, apelamos a la última música que escuchaba al parecer en el momento mismo de su muerte, su propia Quinta Sinfonía. Para ello, acudiremos a un interesante video encontrado en la red, con la sinfonía al completo y el gran director sibeliano Paavo Berglund, fallecido en enero de este mismo año. Se trata de una retransmisión de la Orquesta Filarmónica de Japón de 1971, y una interpretación destacada.


Esperemos que disfruten este brindis en honor a Jean Sibelius, siempre en nuestra memoria.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Tercera sinfonía en Do Mayor opus 52 (1904-07): 1. Historia de la obra

La Tercera Sinfonía de Jean Sibelius constituye un verdadero salto evolutivo en el estilo y dentro del ciclo sinfónico de su autor. Una sinfonía que en principio pudiera parecer mucho más modesta, menos ambiciosa que sus dos predecesoras, pero que en realidad constituye un significativo giro hacia un lenguaje mucho más personal y único. Y aunque es posiblemente la sinfonía menos interpretada del genio finlandés, la que ha pasado más desapercibida incluso para los máximos defensores del compositor, a su vez puede considerarse la primera sinfonía absolutamente sibeliana.

Su historia se extiende a lo largo de casi tres años, si bien la mayor parte del trabajo se concentró a lo largo de las últimas tres estaciones de su realización. No existe demasiada documentación sobre el trabajo en sí que supuso para Sibelius esta sinfonía, aunque todo parece indicar que su camino fue menos problemático de lo que serían las sinfonías posteriores.

La primera noticia data de los días en que nuestro músico se trasladaba a Ainola, su hogar definitivo, lo que supuso un incentivo a su creatividad. En una carta a Carpelan, fechada el 21 de septiembre de 1904, enumera varios proyectos que desarrollaba en esos momentos, como la suite para piano Kyllikki, canciones del opus 38, y "Pelléas et Mélisande", y la anotación "justo comienzo mi Tercera Sinfonía".

Durante el otoño el trabajo no debió de ir más allá de esbozos y planificación, y es aplazado a un segundo plano durante el año siguiente, en el que se concentra sobre todo en otra obra orquestal, su proyecto Luonnotar, como sabemos recompuesta y transmutada de inspiración literaria para convertirse en 1906 en La hija de Pohjola opus 49. 

La composición de la sinfonía misma parece imbricada en Luonnotar / La hija de Pohjola, puesto que en algún momento de su larga deliberación pensó transformarla en una sinfonía. No hay datos sin embargo que nos hagan pensar en la posibilidad de fundir el material de la sinfonía con el de Luonnotar, pero de hecho unos compases del proyecto - que no fueron reutilizados en el poema sinfónico - forman parte de un pequeño episodio del movimiento central de la Tercera Sinfonía. 

 Jean Sibelius en 1905, apoyado en la chimenea de Ainola.

Sibelius contaría más tarde que el tema principal del Finale le fue sugerido durante una improvisación en París (al término de 1905) junto con su amigo Oscar Parviainen, ante una de sus pinturas: la llamada "Plegaria a Dios", que formaría parte de las paredes de Ainola. La improvisación se basó en temas de su desechado oratorio "Marjatta", por lo que de nuevo tenemos una interesante conexión con otra obra inacabada.

No parece que durante la mayor parte de 1906 la sinfonía avanzara mucho más, centrado en La hija de Pohjola y otros proyectos. Fue en cambio desde finales de 1906, compaginándola con "El festín del Belshazzar", sobre todo a comienzos de 1907 cuando sus esfuerzos se centran prácticamente en exclusiva en la obra. "Todas mis energías han sido dedicadas a la Tercera Sinfonía ahora... mi entero ser se consume por ello" escribe a su editor Lienau, que le solicitaba nuevas obras.  

Ha sobrevivido un manuscrito (HUL 0232) con dos comienzos rechazados del primer movimiento, quizá daten de esta fase de la composición o de antes.

Sibelius había recibido la invitación de la Real Sociedad Filarmónica de Londres para estrenar allí su sinfonía, lo que hace presuponer que sus amigos ingleses ya habían sido informados de que su terminación estaba próxima. Y había aceptado. El concierto fue inicialmente previsto para primavera, pero jamás llegó a celebrarse.

"Una de las mejores cosas que he hecho. Sabes que será más brillante que otras de mis obras" escribía en marzo a su Aino, que debe permanecer ingresada por problemas de salud.

A pesar de su entrega, nuestro músico, siempre hipersensible, se queja de varios problemas que dificultan su trabajo, como problemas económicos, malentendidos con Kajanus, su mujer en el hospital y su debilidad por el alcohol. 
De todas formas el trabajo transcurre con paso firme, y en julio puede prometer a Lienau que la sinfonía está "casi acabada", aunque aún queda mucho por hacer en el Finale. El 10 de septiembre su editor le pide ese movimiento, lo que da a entender que los dos primeros ya habían sido impresos (una versión alternativa y muy completa del segundo movimiento se ha conservado en el manuscrito HUL 0230, sin duda una redacción desechada del mismo). El asunto llegará al extremo de no poder enviar la partitura del Finale hasta el último ensayo de la orquesta que la estrenaría. 

No debemos pensar, sin embargo, que esta premura significa un estado de incompletitud de la partitura (todo lo contrario, es el perfeccionismo de Sibelius lo que retrasa las entregas), ya que posteriormente no efectúa ninguna revisión de la misma (más que, como habitualmente, unos pequeños ajustes antes de la impresión).

El concierto donde se estrenaría la Tercera Sinfonía en Do Mayor opus 52, dirigida por el autor, tuvo lugar en el propio Helsinki, compartiendo programa con dos obras había escrito durante ese largo periodo de tiempo que había transcurrido desde 1904: la suite de "El festín de Belshazzar " opus 51 y La hija de Pohjola. 

El público  y la crítica sucumbieron ante el poema sinfónico, pero la sinfonía fue acogida con reservas. No por no ser considerada una partitura de valor, simplemente no provocó entusiasmo. "Fue una desilusión para la audiencia, porque todos esperaban que sería como la Segunda", dijo el autor años más tarde a su yerno Jussi Jalas.

Lo que es un hecho. Pero Sibelius había traspasado las fronteras de ese romanticismo nacional de las dos primeras sinfonías hacia un lenguaje más simplificado, conciso y abstracto. Una obra fuera de todo lo que cabría esperar, un nuevo paso adelante que en ese momento estaba muy lejos de ser entendido. Sólo el crítico Flodin, que había rechazado obras como Lemminkäinen por su romanticismo "patológico" (=wagneriano), pudo entrever el verdadero significado de la obra: "Sibelius es un maestro clásico. Nunca me había dado cuenta tanto de que Jean Sibelius pertenece a los cinco continentes como cuando tuve la buena fortuna de conocer su Tercera Sinfonía. Puede ser - y en verdad lo será - entendida en cada parte del globo donde la gente tenga un sentimiento por la música en su más nueva y sublime forma. La nueva obra tiene todos los requisitos de una sinfonía moderna, pero al mismo tiempo es, a un nivel más profundo, revolucionaria, nueva y verdaderamente sibeliana. Creo que nuestro maestro finlandés no debería más allá de estas fronteras estilísticas."

A finales de año Sibelius dirigirá de nuevo la obra en Rusia, recibiendo las mismas sensaciones y el mismo resultado que en su patria. Y así sucedió poco después en sus estrenos en Estocolmo (bajo la batuta de Armas Järnefelt) y en Londres, donde no levantó ovaciones fuera de la propia orquesta y su círculo de amigos entusiastas (incluyendo el dedicatario de la obra, Granville Bantock). 

La historia de su difusión posterior corresponde a la misma falta de fervor, aunque Sibelius y muchos de los grandes sibelianos siempre la defendieron. La primera grabación llegaría de la mano de Kajanus en 1932 en el primera (y no finalizada) integral de la historia, aunque ésta, como los siguientes registros, no han cambiado demasiado la percepción de la partitura. Quizá sólo más recientemente ha ido encontrando más y más eco y respeto reverencial.

Desde aquí no dudaremos en proclamar como una de las obras maestras de Sibelius, por encima incluso de las conocidísimas dos primeras sinfonías. Dedicaremos nuestra próxima entrega en tratar de entender la posición de esta obra en toda su dimensión, y comprender sus peculiaridades que la convierten en un trabajo muy especial, y sin duda genial.
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miércoles, 29 de agosto de 2012

Biografía (25): la Tercera Sinfonía y el encuentro con Mahler (1907)


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A comienzos de 1907 encontramos a nuestro músico trabajando activamente en varios proyectos. Realiza la suite de "El festín del Belshazzar" opus 51, sobre la música escénica estrenada semanas antes, condensándola en cuatro números instrumentales. También realiza trascripciones para piano de piezas anteriores, como la Danza-Intermezzo opus 45 nº2 (a partir de obrita orquestal de 1904) o de Pan y Eco opus 53 del año anterior.

Pero la gran obra que le centra toda su atención será su Tercera Sinfonía. La había comenzado tres años atrás, aunque había trabajado muy intermitentemente en ella, pensando incluso en fusionar este proyecto con el de La hija de Pohjola. Pero una vez estrenado el poema sinfónico, el compositor se concentra en esta obra, que supondrá un importante giro en su estilo musical.

Tan confiado estaba en su próxima terminación que promete su estreno para aquella primavera a la Real Sociedad Filarmónica de Londres: "será extraño estar en el mismo pódium donde todos, desde Haydn a Chaikovsky han dirigido su propia música". Pero el trabajo, como suele suceder en nuestro autor, no va tan rápido como si quisiera. La composición le resulta especialmente dura , no tanto por la obra en sí (en su etapa final una de las menos problemáticas de las sinfonías de Sibelius), sino por las distracciones. Aino está enferma, y debe pasar un tiempo en el hospital en la capital y, mientras, Jean no puede sustraerse de los restaurantes de Helsinki: "este emborracharse - en sí mismo una placentera ocupación - ha ido demasiado lejos... Tengo más ideas que nunca. También capacidad para trabajar. Y el deseo de lograr mi obra. Pero tiempo... ¡tiempo!", escribe a su amigo Mikko Slöör.

A pesar de las trabas, el trabajo progresa bien, y en agosto el genio nórdico puede llevar a su esposa a un pequeño viaje a Berlín - quizá para cerrar tratos con su editor Lienau -, donde además de conciertos y museos, puede acudir a la partitura, hasta prácticamente acabar el último movimiento. Sin embargo aun en el último ensayo faltan algunas páginas del Finale.

 El estreno se celebrará en Helsinki el 25 de septiembre, compartiendo programa con La hija de Pohjola y la suite de El festín de Belshazzar.

Las reacciones ante una obra tan novedosa son muy variadas. "La Tercera Sinfonía fue una decepción para la audiencia porque todos esperaban que fuera como la Segunda". reconocerá años más tarde el compositor. Quizá sólo el crítico Flodin, adverso en otras ocasiones, entrevió la calidad y el significado del trabajo: "Sibelius es un maestro clásico. Nunca había caído tanto en la cuenta de que Jean Sibelius pertenece a los cinco continentes como cuando tuve la buena fortuna de conocer su Tercera Sinfonía. [....] La nueva obra sacia todos los requerimientos de una sinfonía moderna, pero al mismo tiempo es, a un nivel más profundo, revolucionaria, nueva y verdaderamente sibeliana". El compositor dedicaría la partitura a su amigo Granville Bantock, uno de los grandes paladines británicos de sus partituras.

El compositor inglés Granville Bantock (1868-1946)

A finales del siguiente mes, el genial compositor y director de orquesta Gustav Mahler (1860-1911) realiza una breve visita a Helsinki, donde dirigirá un programa Beethoven-Wagner, y los músicos locales no perderán ocasión para encontrarse con el gigante de la sinfonía. Mahler acudirá a un concierto dirigido por Kajanus, alabando a los músicos y al director, al que encuentra "simpático, serio y no pretencioso".

"En el concierto también pude escuchar algunas piezas de Sibelius [las primeras notas del autor que escuchaba], el compositor nacional finlandés, en torno al cual hay mucho alboroto, no sólo aquí sino también en otras partes del mundo musical. Una de las piezas era sólo ordinario 'kitsch', especiado con ciertos toques orquestales 'nórdicos' como si tratatara de una salsa nacional".



"Mahler en Helsinki", pintado por Gallén-Kallela durante su visita a Finlandia

Desgraciadamente la Canción de primavera opus 16 y el Valse triste no eran la mejor carta de presentación de la profundidad del músico. Mahler, siempre ávido de autores y músicas nuevas, se ofreció a nuestro compositor a dirigir sus obras, pero el finlandés lo rechazó, posiblemente porque pensó en que el ofrecimiento era cortesía (y la tímida negativa también habría ido por el mismo sentido). El genial sinfonista judeo-austriaco permaneció ignorante de las obras maestras del genio finlandés hasta el último año de su vida (1911), cuando planeó dirigir el Concierto para violín. No obstante su precario estado de salud (meses antes de su muerte) hizo que cancelara la actuación.

Si el encuentro entre dos de los grandes sinfonistas del paso de siglo no dio resultados prácticos, sí dio lugar en cambio a una impactante conversación entre ambos, que ha dado pie a una de las ideas estéticas más citadas por los mahlerianos. Años más tarde así la recordaba Sibelius: “cuando nuestra conversación giró sobre la sinfonía, dije que admiraba su estilo y severidad de la forma, y la profunda lógica que creaba una conexión interna entre todos los motivos. Esta era mi experiencia en el curso de mi creación. La opinión de Mahler era justo la contraria. '¡No!', dijo, 'la sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcarlo todo'”. El músico centroeuropeo acaba de terminar su gigantesca Octava Sinfonía, la llamada "de los mil", mientras que el nórdico emprendía el camino de la sobriedad y el refinamiento absoluto con la modesta en cuanto a medios Tercera Sinfonía.

[En un post más extenso desarrollamos esta interesantísima conversación.]

Unos días tras esta inédita experiencia, Sibelius dirigió su música en Turku, y poco después estrenó su sinfonía en San Petersburgo, invitado por Siloti y con la compañía de Aino. Aunque el compositor advertía de la poca calidad de los vientos de la orquesta y que las particellas contenían muchos errores, parecía entusiasmado por trabajar con la orquesta. Pero de nuevo la obra fue acogida con cierta frialdad. Entre los asistentes, un joven Sergey Prokofiev, que al día siguiente comentó con su maestro Rimsky-Korsakov algunos detalles de la brillante orquestación (aunque el viejo maestro permaneció más bien escéptico). La crítica se mostró igualmente dividida.

Mientras los Sibelius estaban en Rusia, la hipocondría de su amigo Carpelan llegaba al extremo de escribir su "último adiós" a Aino, convencido de que su muerte estaba próxima. No era así. En cambio la realidad era otra para el propio Jean, que comunicaba por entonces a su mujer una molesta ronquera en la voz, inconsciente del drama que se iba a desencadenar muy pronto...

Poco después realizó un segundo viaje al corazón del Imperio, esta vez a Moscú y sin la sinfonía. Se planeó incluir el Concierto en el programa, pero el joven solista La hija de Pohjola y otras piezas breves encontraron una buena acogida en la vieja capital de los Romanov, mientras que la sinfonía de nuevo tuvo una acogida desigual. "Moscú es un lugar extraordinario e interesante. Tiene una atmósfera extraña, donde las experiencias de uno rara vez las vive en otro lugar."

Aparte de la Tercera Sinfonía sólo otro trabajo original puede datarse en ese año de 1907, la canción "Hundra vägar" ("Cien caminos") opus 72 nº6, lo que tal vez esté relacionado con la enfermedad que se descubriría en los siguientes meses. Pero eso lo contaremos en la próxima ocasión.
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martes, 31 de julio de 2012

¿Las cenizas de la Octava Sinfonía?

En los recuerdos de Santeri Levas, secretaria personal de Jean Sibelius podemos encontrar esta triste evocación:  "en agosto de 1945 me dijo que había destruido la obra entera. «Mi Octava Sinfonía», dijo, «ha estado 'lista' muchas veces. Incluso fui tan lejos como para ponerla en el fuego»".

Ya dedicamos una extensa entrada al problema que suponía la fantasmal Octava Sinfonía de nuestro maestro, con la larga de discusión entre datos, recuerdos y rumores sobre su existencia. Y apuntamos también que el experto Nors S. Josephson (colaborador con la edición crítica completa de Breitkopf & Härtel de la obra del músico finlandés, "JSW") había sugerido la posibilidad de que algunos fragmentos de entre los cientos depositados por la familia Sibelius en la Universidad de Helsinki (los papeles famosos ctalogado bajo "HUL") podían corresponder a esbozos de la sinfonía destruida.

No quisimos cuando escribimos aquel texto extendernos sobre la polémica afirmación de Josephson, que ha sido en los últimos años un verdadero quebradero de cabeza para los grandes expertos sibelianos, y que ha hecho referirse a esa búsqueda de la sinfonía por parte de muchos de ellos como "la búsqueda del Grial", un ideal imposible rayano en la locura mística.

No obstante es justo observar que en estos años se han aportado conocimientos valiosos y discusiones muy interesantes, y que esa búsqueda del objeto "sagrado" ha aportado dosis de verdadera aventura y elevación artística...

Josephson (“On Some Apparent Sketches for Sibelius’s Eighth Symphony”, 2004) había afirmado que unas 800 páginas de bocetos musicales correspondían sin duda al periodo de la Octava Sinfonía. Y ya que sabíamos que en principio el músico finlandés no trabajó en ninguna otra obra orquestal importante (lo cual no es del todo seguro, por cierto), estábamos ante el material primordial de la obra, salvado del fuego, frente a la versión final que acabó en las llamas. Y lo que es más, que en ese estado era posible reconstruirla, a la manera de la Décima de Gustav Mahler.

El resto de los expertos en seguida mostró su completo desacuerdo con las conclusiones de Josephson, tildando esas ideas como parte de una especulación sin mucho sentido. En primer lugar no existía ninguna anotación que vinculara directamente esas hojas pautadas con la Octava (como sí sucedía con otras sinfonías). En segundo lugar ni siquiera los propios esbozos permitían sacar nada en claro, en muchos casos eran simples motivos o armonías sin indicación de instrumentación ni de intención clara. Y en tercer lugar incluso con los mejores fragmentos poco se podía hacer, máxime conociendo el método compositivo de Sibelius, donde la distancia entre el esbozo y la obra final podía a llegar a ser una verdadera batalla en la que se habían dejado atrás decenas de ideas y bocetos, que los había trabajado y desarrollado de manera muy distinta, que los había empleado en otros lugares, y que incluso había llegado a recomponer por completo la obra "final" (caso por ejemplo de la Quinta). 

Ha sido Timo Virtanen, editor principal de la JSW y posiblemente el mejor investigador en activo sobre la obra Jean Sibelius quien finalmente ha echo bajar los pies a la tierra a Josephson y a los que se entusiasmaron con la idea de una Octava Sinfonía reencontrada e incluso reconstruida. Estudiando los bocetos previamente revisados por Nors S. Josephson llegó fácilmente a ver el grado de fantasía que habían protagonizado sus afirmaciones. La mayor parte de los fragmentos no eran más que algunas líneas instrumentales aisladas con un par de compases y, como decíamos, sin indicación ninguna. Ni siquiera los fragmentos más prometedores era posible asignarlos al momento preciso de composición de la Octava, no más allá del intervalo entre 1924 (fin de la composición de la Séptima Sinfonía) y la década de los 30. 

 La familia Sibelius en Ainola, con nuestro músico apoyado en la chimenea, y Aino y las más pequeñas de sus hijas en la mesa. Por el aspecto de Sibelius, la imagen puede ser de c. 1920 o antes.

Pero si la historia parece acabar en un punto oscuro para los buscadores del Santo Grial, Virtanen les ha dado un punto de esperanza estudiando y transcribiendo algunos de los apuntes más claros y al tiempo significativos. "Estos [otros] esbozos bien podrían apuntar hacia la Octava Sinfonía, e indican que Sibelius había despegado hacia una sorprendente dirección" afirma el estudioso finlandés.

No confirma pues que esos distinguidos fragmentos fuesen empleados en la partitura inmolada, sino que simplemente pertenecen a su mismo mundo musical, una nueva dirección estética (más moderna, disonante pero sin salir del ámbito tonal-modal, dentro del subperiodo que hemos llamado "experimentación final" ). Incluso pueden pertenecer al proceso creativo de la Octava, lo cual no quiere decir que sean para la sinfonía: era habitual en el genio nórdico llenar páginas y páginas de esbozos durante la creación de sus grandes obras, bocetos que podía emplear en esas obras, reutilizarlos en obras posteriores. Aunque  en su mayor parte no pasaban de aquellas perdidas hojas de papel. 

En cualquier caso, Virtanen ha presentado tres de esos esbozos al público, los más interesantes para el gran experto. La transcripción desde el manuscrito hasta el programa de edición de su ordenador ha sido sin duda muy ardua, dado que precisamente no se trata de manuscritos claros y precisos. 

Los tres fragmentos (que la prensa ha denominado "de la Octava Sinfonía", cosa que como decimos no es cierta literalmente) fueron tomados por John Storgårds a la Filarmónica de Helsinki e interpretados por aquellos músicos, obviamente impresionados por la posibilidad de que lo que tocaban pudiera pertenecer en verdad a la partitura desaparecida. La interpretación fue retrasmitida por la radio, y un amable usuario de Youtube nos brinda la posibilidad de escucharlos:


El primer fragmento es sin duda el más interesante, y apela al mismo colorido de Tapiola, La Tempestad y las últimas piezas para piano, con atrevidas disonancias pero de gran belleza y profundidad, y en cualquier caso un fragmento fascinante. Era el más difícil de reconstruir. El segundo en cambio se presentaba más completo, aunque es menos interesante, unos breves compases en el habitual estilo de danza dionisiaca del autor. En el tercero sólo tenemos una línea completa de oboe con indicaciones de la armonía, el esbozo de un esbozo, aunque con características claramente sibelianas, con una melodía de tendencias rúnicas.

Es de imaginar que próximamente estos fragmentos aparecerán en grabación comercial, complementando algún disco de Storgårds.


Con las cautelas que hemos presentado, no podemos al menos negar la posibilidad de que estos tres esbozos que podrán aquí oír por primera vez (si el video sigue activo en el momento que lea estas líneas) pudieran haber sido pensados por Sibelius para la perdida Octava Sinfonía, o al menos ser parte de las ideas que la rodearon, o haber sido escritas en el periodo del "silencio de Ainola". De momento no podemos afirmar ni negar nunca. Y puede que nunca lo sepamos.

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Un descubrimiento más ha venido a animar el misterioso panorama en torno a esta "búsqueda griálica": la aparición de cinco cartas de Sibelius a Paul Voigt, pertenecientes al legado de éste último, quien fue copista del músico durante años. Y fue Voigt precisamente quien se encargó de los materiales de la Octava que Sibelius le mandó en 1933, y que constaban de los dos primeros movimientos, o al menos uno con seguridad absoluta. Precisamente se ha encontrado el texto del encargo, que confirma la existencia de la partitura. Otras de las misivas pueden referirse también a la obra, incluyendo una referencia al coro de la obra (del que existen algún otro indicio) pero que también pueden apelar a otros trabajos que el autor revisaba durante los años de silencio.


Lo que no ha sido encontrado entre esos papeles es la copia de la sinfonía, ante la desilusión del mundo sibeliano, que siempre ha visto las partituras de Voigt como la única posibilidad de que exista algo real y completo de la obra. Riitta Yrjänäinen, que está en posesión de los papeles del copista alemán, cree que debió recibir la orden de destruir también su copia. Pero no tanto en la decisión final del compositor, sino en alguna de las "muchas terminaciones" que dio Sibelius a su partitura.


Sin embargo, aún existe la posibilidad de que esa orden no existiera o incluso que no se cumpliese, máxime si pensamos que Voigt murió en 1943, dos años de la hoguera que acabó con la obra definitivamente.

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Si leen inglés, pueden ampliar más sobre estas historia en el Helsingin Sanomat, que ha dado buena cuenta de estos descubrimientos, si bien tengan en cuenta las cautelas que aquí hemos indicado, y que en la prensa no se presentan claras: 

http://www.hs.fi/english/article/Is+this+the+sound+of+Sibeliuss+lost+Eighth+Symphony/1135269867060 (sobre los esbozos Josephson / Vitanen)


http://www.hs.fi/english/article/Sibelius+letters+unearthed+from+document+case/1135269862584 (sobre las cartas a Paul Voigt).

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Y que duda cabe que el misterio seguirá por muchos años. ¿Renacerá algún día la obra de sus cenizas, cual ave fénix? Improbable, pero no imposible. ¿Pero encontraremos algunas de esas cenizas algún día? Quien sabe, puede que hasta las tengamos delante de nosotros...





miércoles, 11 de julio de 2012

Grabaciones sibelianas para tiempos de crisis

No hay duda de que no estamos en un buen momento para recomendar gastar una parte de nuestros ahorros en música, temiéndonos además que el mundo de la discografía precisamente no va a ser un sector que se libre de recortes y subidas de impuestos... 

Pero siempre existen soluciones. Aparte de nuevos recursos tecnológicos, si seguimos la tradición de adquirir nuestros discos en la tienda de toda la vida (o en tiendas on-line), existe la posibilidad de hacernos con unas cuantas grabaciones de las grandes obras de Jean Sibelius, en especial las sinfonías, los poemas sinfónicos, el Concierto, etc., a un precio razonable o incluso mínimo. 

Algunas de esas grabaciones ya las hemos comentado en su momento. Por ejemplo, podemos encontrar las míticas sesiones de Paavo Berglund, uno de los mejores intérpretes sibelianos, para EMI en cuatro dobles CDs de EMI, incluyendo las sinfonías con la Filarmónica de Helsinki, poemas sinfónicos, música incidental, Kullervo, etc. a un precio realmente sorprendente (unos 12 euros cada estuche). Estos ocho discos ya sirven para formar una pequeña pero buena biblioteca sibeliana.




Por un poco más encontramos al más que solvente Colin Davis con las sinfonías, el Concierto, y un par de regalitos más en la serie Philips Duo, que sigue viéndose en las tiendas (recientemente reeditado en Decca por un estuche cuáduple a 25 euros). Por unos 24 euros podemos encontrar la excelente integral de sinfonías combinada entre Herbert von Karajan y Okko Kamu (en las tres primeras) para Deutsche Grammophon.

Pero para este post voy a destacar dos recientes adquisiciones que me han sorprendido por su increíble relación entre calidad y precio.

En primer lugar mencionamos la integral sinfónica de Sakari Oramo dirigiendo la Orquesta de la Ciudad de Birmingham, un dúo orquesta inglesa - director finlandés que repite el de un par de décadas antes con Berglund. El entonces muy joven Oramo (las grabaciones son de 2000 a 2003, en Erato-Warner Music, que aparecen ahora en una sola caja) tiene un perfecto control de la orquesta, mucho estilo y en muchas ocasiones una inusitada profundidad. Siendo sinceros, existen un veintena de integrales mejores (aunque también peores) que la de Oramo, pero si tenemos en cuenta que los cuatro discos (que incluyen registros más que competentes de Finlandia, Karelia, La Hija de Pohjola, El Bardo y Tapiola) se venden a un precio de unos 20 euros, la oferta escala considerablemente en la lista de prioridades. Lo dicho. Si desean una integral digna y suficiente, con algunos momentos brillantes, y por precio ridículo, esta es su opción (mucho mejor, por ejemplo, que el pack de Brilliant con Segerstam).


La segunda recomendación es un caso aún más alucinante de relación entre calidad y precio, porque en este caso la calidad interpretativa y estilística nos refiere a la "gama alta" de la discografía con un precio de serie económica (8 euros por disco). Se trata de los dos discos del sello "salvavidas" Naxos protagonizados por Petri Sakari dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Islandia, en grabaciones de allá por 1997-2000, y dedicados a los poemas sinfónicos de nuestro genio.



En el primer disco encontramos sensacionales grabaciones de La Hija de Pohjola, Las Oceánidas, Tapiola, En Saga y El Bardo; en el segundo Lemminkäinen al completo, junto a Finlandia y la suite Karelia. La interpretación es generalmente buena, con algunos extremos realmente magistrales (atentos especialmente a unos excepcionales En saga y Tapiola, de lo mejor oído en disco), aunque en ciertos momentos la orquesta no da la talla por falta de pericia de alguno de los profesores. Y por supuesto, unos criterios estilísticos perfectos, con una fuerza telúrica y una luz y oscuridad nórdicas que convierten estas modestas producciones en grabaciones de referencia.

Lo único lamentar es no haberlas conocido antes por parte de quien les escribe, influenciado por una Segunda Sinfonía del mismo director nada destacable. Pero ahora rectifico mi error y les recomiendo más que vivamente estos dos discos, esperando escuchar próximamente el ciclo sinfónico completo con los islandeses...

En fin - y hablando de Islandia -, que para el aficionado sibeliano son muchas las oportunidades de hacerse con buenos discos a bajo precio. Nada nos podrá quitar ese placer, ni aun cuando la oscuridad parece cubrirlo todo como sucede en las proximidades del Círculo Polar, en algún momento tendrá que volver la luz...

martes, 26 de junio de 2012

Rey Cristian II opus 27 (1898): (y 4) discografía recomendada



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A pesar de ser, como hemos dicho, una de las obras - la Suite al menos - más célebres en su momento, Rey Christian II parece haber perdido el interés de los directores con el tiempo. Un hecho incomprensible, dada su inmediato atractivo, comprensibilidad y lirismo, que no tiene mucho que envidiar, por ejemplo, a las suites de Grieg, como las de "Peer Gynt", con las que, por cierto, formaría una excelente pareja. Pero los caminos de la fama de las obras de Jean Sibelius han sido bastante poco explicables, y en su mayor parte vamos a dar cuenta de sesiones debidas a los principales interesados por el mundo de Sibelius.

Existen grabaciones de todas la versiones de la obra, la música incidental completa, la suite (que constituye el grueso de los discos presentados), la Canción presentada aisladamente, así como los arreglos para piano (incluyendo la versión de la canción para voz y piano).



Música incidental completa

La de Vänskä es la única grabación de la música incidental completa. Y es en cualquier caso la mejor interpretación de la obra en cualquiera de sus variantes. El maestro finlandés nos obsequia con una lectura apasionada sin caer en el sentimentalismo y en excesos románticos, camerística sin perder de vista sus posibilidades sinfónicas, intensa, cuidadísima, refinada en los detalles. Sin rival por el momento, sólo un sonido mejor la habría hecho virtualmente perfecta.

La pieza se presenta separada entre las dos producciones del año 1898. La Elegía se mueve entre el lirismo apasionado y una melancolía nórdica casi infinita, acertando de pleno en el dramatismo que Sibelius pretendía con el diálogo entre el violín primero y el cello. La Musette en su versión para dos fagotes y dos clarinetes acentúa su carácter popular, y al mismo tiempo muestra una agitación perfectamente sibeliana. El Minueto es un prodigio del colorido orquestal, explorando los timbres brillantemente (única grabación de este segmento en cualquier caso). La Canción equilibra bien la voz noble del barítono con su acompañamiento, con un acertado uso del arpa.

Si los cuatro números de febrero de 1898 son sensacionales, mucho más lo son los tres compuestos en el verano siguiente. El Nocturno es sencillamente apoteósico: bellísimo el cuidado y el apuntalamiento de la orquesta, el lirismo extático de la cuerda, sostenido por una animación rítmica como si de verdaderos latidos del corazón se trataran, y un sensacional contraste entre secciones, a la vez la fluidez entre unas y otras. Lo mismo cabe decir de la Serenata. La Balada es quizá el mejor número de la grabación, con sus nítidos timbres separados y su ritmo nervioso, electrizante, a la vez que una fuerza épica justa para la pieza, sin caer en la teatralidad pero al tiempo sin sustraer el drama como se hace en otras ocasiones.

Absoluta imprescindible en cualquier discografía sibeliana que se precie.


Raimo Laukka, barítono
Orquesta Sinfónica de Lahti
Osmo Vänskä
BIS (1997-98) [también en Sibelius Edition vol. IV]

Interpretación: 9,5 Estilo: 10 Sonido: 7,5


 Suite
 

La lectura de Berglund es contenida, introspectiva incluso, sin dejar alas excesivas al sentimentalismo pero muy eficiente. Es sin duda la más oscura y esencialista, pero la ejecución es soberbia.
El Nocturno sobrio y melancólico, dramático y sentido, buena comprensión del ritmo. La Elegía se muestra lenta y llena de nobleza y espiritualidad, quizá con una diplomática distancia del sentimentalismo. La Musette es seria, la Serenata contenida pero arrebatadora. La Balada es brillantísima, con ritmos agitados y un electrizante desarrollo. Un clásico que no hay que perderse.

Orquesta Sinfónica de Bournemouth
Paavo Berglund
EMI (1970/78)
Interpretación: 8 Estilo: 8 Sonido: 6,5


Segunda grabación de Järvi de la suite, dentro de la colorística serie sibeliana para Deutsche Grammophon. Frente a lo que hemos comentado otras veces en otros registros de la serie, en esta ocasión el azúcar y los brillos dorados que saturaban otras obras aquí se convierte en un buen aderezo al romanticismo tan propio de la pieza, que plantea con ambición, y llega a superar el reto.
El Nocturno no sólo acierta en el color, sino también en la viveza y el ritmo intravenoso que recorre la partitura, con unos bellos (y chaikovskyanos) pizzicati de los bajos y un estupendo sonido de cuerda y viento. La Elegía suena muy hermosa, aunque quizá demasiado sinfónica. La Musette impecable, más popular que antigua. La Serenata se nos revela como movimiento de sinfonía de gran recorrido, realmente fantástica, de contrastes muy acabados, como la hermosísima coda. La Balada como era de esperar afianza ese sinfonismo espectacular, dando el broche dorado a esta recomendable grabación.

Orquesta Sinfónica de Gotemburgo
Neeme Järvi
DEUSCHE GRAMMOPHON (1996)
Interpretación: 8 Estilo: 7 Sonido: 9



Sakari, años antes de Vänskä, presenta una versión de la partitura para teatro que en realidad es la suma de la suite de concierto (con su correspondiente revisión y orquestación) más los números no incluídos en ella, como son la Canción y el Minueto, del que se anuncia efectivamente que es la "primera grabación". Aunque posee cierta frialdad, la interpretación es romántica y soñadora, muy adecuada para el espíritu de estas músicas, si bien el enfoque es más lírico que dramático. El Nocturno se manifiesta lleno de lirismo y de sentimiento, con unos violoncellos especialmente emocionados. La Elegía es melodiosa, aunque le falta ardor y dolor. La Musette tiene un tono muy scherzante y popular, con buena prestación de las maderas. A continuación el director finlandés inserta el Minueto, solemne, resaltando las sonoridades de los pizzicati, y con cierto aire histórico; y la Canción del Loco, con un barítono muy cantabile pero sin querer transmitir la tragedia que el texto contiene. La Serenata de nuevo contiene bellas propuestas de la cuerda, especialmente ligadas. La Balada carece de potencia dramática, y se centra más bien en el colorido de la instrumentación. Una buena versión, pero con un enfoque que no permite a la obra brillar con intensidad.
Sauli Tiilikainin, barítono
Orquesta Sinfónica de Islandia
Petri Sakari
CHANDOS (1993)

Interpretación: 7 · Estilo: 7 · Sonido: 7,5


La primera grabación de Järvi sin duda tiene el encanto de toda las que realizó para Bis, muy idiomáticas y coloridas. 
El Nocturno muy correcto, recogiendo toda la agitación interior de la pieza, con un clímax a destacar. La Elegía es quejumbrosa y sentida en el color instrumental, aunque algo mecánica en el ritmo. La Musette también desprende su potencial, aunque el fagot no parece especialmente brillante en su solo. La Serenata resulta la joya de este registro, con una sección de cuerda francamente inspirada, mientras que la Balada es de nuevo correcta, pero algo mecánica.
En fin, una grabación buena, aunque contenga varios puntos débiles , que hacen preferir la segunda oportunidad de Järvi para con la obra, como hemos comentado antes.

Orquesta Sinfónica de Gotemburgo
Neeme Järvi
BIS (1984)
Interpretación: 7 Estilo: 7,5 Sonido: 6


Lectura la de Inkinen eficiente pero de trazo algo grueso en ocasiones; poderosa,  pero con falta de brillo y de chispa; idiomática pero sin profundización real en el estilo y en la emoción de una obra tan emocional, que aquí parece "cansada". El mejor número sin duda la Serenata, donde el lirismo alcanza cotas superiores a la media. Recomendable por el precio, pero sabiendo que hay opciones mucho mejores en cuanto a calidad. Pueden escuchar esta versión en el post anterior.

Orquesta  Sinfónica de Nueva Zelanda
Pietari Inkinen
NAXOS (2008)
Interpretación: 6,5 Estilo: 7 Sonido: 6,5


El hijo político de Jean Sibelius nos dejó unas cuantas grabaciones de criterios estilísticos impecables, muy de acuerdo con los deseos del compositor. Sin embargo en el presente no podemos obviar que la baja calidad de la orquesta quizá sepultó un tanto los logros interpretativos. El Nocturno brilla por su intensa agitación interior e intensidad expresiva, al igual que la Elegía, quizá algo rápida. La Musette es sin embargo poco brillante y un tanto mustia. La Serenata vuelve al buen hacer del Nocturno, mientras que en la Balada se explota el concepto de colapso en su sentido más profundamente sibeliano, aunque le falte la "garra" necesaria. A la Suite propiamente dicha, Jalas le añade una interpretación de la Canción puramente orquestal, lo cual en lo puramente musical funciona sin dificultades pero quizá rompe el equilibrio de la Suite y no la añade nada con su tono melancólico después de la contundente Balada. Interesante más por lo histórico del director que por la calidad misma de la interpretación.

Orquesta Sinfónica del Estado Húngaro
Jussi Jalas
DECCA (1974-76, 1996)
Interpretación: 6,5 Estilo: 8,5 Sonido: 6


Gibson es uno de los grandes campeones británicos de la música del finlandés, no obstante en este caso no podemos hablar del alto nivel que en otras obras presta a la música de Sibelius. El registro suena añejo, desigual y rutinario. El Nocturno suena romántico, pero la sección de cuerda permanece algo fría y a ratos desajustada. La Elegía contenida, con toque melódico pero no lo suficientemente emotiva. La Musette se muestra correcta, sin mucho brío. La Serenata es mucho más interesante, explorando sus posibilidades narrativas. La Balada en cambio constituye una oportunidad perdida de lograr un mayor impacto, aligerada para correr más que para vencer.

Orquesta Nacional Escocesa
Alexander Gibson
EMI (1966)
Interpretación: 5,5 Estilo: 6 Sonido: 6
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Canción del Loco sobre la araña: versión original con orquesta


Hynninen es sencillamente la voz perfecta para Sibelius, y aquí, con el acompañamiento sutil y romántico de Segerstam lo demuestra. Apasionada lectura, sin teatralidad, pero con absoluto sentimiento y efectividad. La letra presenta una traducción finesa debida a Aarni Koudan.

Jorma Hynninen, barítono
Orquesta Filarmónica de Tampere
ONDINE (1994)
Interpretación: 8 Estilo: 7,5 Sonido: 9


Canción del Loco sobre la araña: arreglo con piano

La interpretación de Groop muestra cómo la canción funciona perfectamente fuera del ámbito teatral, como canción de concierto, lejos también  del registro baritonal original. La mezzo finlandesa entona la canción con afectación y elegancia, seguridad, perfecta dicción y gran lirismo. Muy recomendable.

Monica Groop, mezzosoprano
Love Derwinger, piano
BIS (1994) (también en Bis Edition vol. VII)
Interpretación: 8  Estilo: 9  Sonido: 7,5

La integral de Decca acertó a incluir el arreglo como una parte no secundaria del cancionero sibeliano. Krause nos ofrece una visión lírica y no carente de brillo de la pieza, nada teatral y con gran nobleza (aunque esto quizá no se ajusta bien al sentido original de la pieza, pero se agradece musicalmente). El piano de Gage pasa por demasiado discreto. Sin ser el mejor del mercado, este registro sin duda eleva el nivel de la discografía.

Tom Krause, barítono
Irwin Gage, piano
DECCA (1984)
Interpretación: 7,5  Estilo: 6,5  Sonido: 7
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Arreglo para piano de los cuatro números de febrero de 1898

Gräsbeck nos propone su interpretación dentro de la amplia integral de la Sibelius Edition de Bis, pero no por ello deja de cuidar cada pieza como única, ofreciéndonos una lectura exquisita y de gran expresividad, haciéndonos olvidar que se trata de un arreglo. La Elegía es atacada con una dulzura y una melancolía infinita, con mucho cuidado por la cantabilidad que se pensaría perdida por el trasvase de la cuerda al piano... El Minueto se toca con mucha animación y una buena dosis de seducción, no dando por sentado que es el número más "débil" de la obra. La Musette se agita como si de un auténtico scherzo sinfónico se tratara. La Canción (aquí sin voz) también expone su lado más mágico y sibeliano. Un registro difícilmente superable, aun teniendo en cuenta la posibilidad de que haya muchos otros más.

Folke Gräsbeck
BIS (2006, 2008)
Interpretación: 9 Estilo: 10 Sonido: 8,5


Erik T. Tawaststjerna, hijo del célebre biógrafo y amigo de Sibelius, lanzó la primera (quasi-) integral del sello Bis, que aunque nos dejó lecturas pioneras, su impericia técnica fue rápidamente rebasada en otros sellos y sobre todo por la integral total de Gräsbeck ya dentro de la Sibelius Edition.
El pianista finlandés acomete el arreglo sin la versión de la Canción y con un técnica poco refinada. La Elegía requiere un uso mayor del legati, que Tawaststjerna obvia, mientras que las danzas suenan quizá demasiado pianísticas y poco animadas al tiempo. Habiendo otras alternativas, creemos que es innecesario recomendar esta lectura.

Erik T. Tawaststjerna
BIS (1987)
Interpretación: 4 Estilo: 6 Sonido: 6
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También ha grabado la pieza Loris Tjeknavorian con la Orquesta Sinfónica de Londres (Regis, 2007),  pero no hemos podido todavía escuchar ese disco. Además existen algunas otras versiones de la suite al piano o de la canción, pero a grandes rasgos la comentada aquí es la discografía esencial.

De esta manera, finalizamos la serie dedica a "Rey Cristian II" opus 27 de Jean Sibelius.
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